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Breve
Historia de la
Cerámica de Mata Oritz
En
1976, el antropólogo Spencer McCallum se encontró
con dos sorprendentes vasijas en un bazar de la ciudad fronteriza
de Deming en Nuevo México. Las compró a un precio
ridículo e intrigado se regresó a su casa, en Los
Angeles, llevando consigo su recién obtenido tesoro.
Después
de preguntar en diferentes partes de Estados Unidos acerca del creador,
se dirigió al estado de Chihuahua con la esperanza de encontrarlo.
Inquirió entre los habitantes de la ciudad de Nuevo Casas
Grandes, en el pueblo de Casa Grandes y en las comunidades mormonas
hasta averiguar el nombre del pueblo donde habían sido elaboradas:
Mata Ortiz. Un pueblo inexistente en los mapas y cuyo nombre nadie
conocía. Al pasar cerca de la hacienda de San Diego, tuvo
un encuentro con el alfarero Manuel Olivas quien lo llevó
con Juan Quezada a la comunidad que todo mundo conocía como
Pearson, actualmente Mata Ortiz.
Pearson
era el apellido de un canadiense que a principios del siglo pasado
estableció un aserradero para explotar los bosques de pino
de los alrededores. En su momento, Pearson era el aserradero más
grande al sur de la frontera canadiense. Don Luis Terrazas, dueño
de la hacienda de San Diego y accionista del ferrocarril, construyó
una vía ferroviaria que iniciaba en La Junta y terminaba
en Ciudad Juárez. Entre el aserradero y el ferrocarril le
dieron vida a la nueva comunidad. Pero con la llegada de la Revolución
el aserradero dejó de funcionar y cerca de medio siglo después,
el ferrocarril dejó de operar en la región. Las industrias
que le dieron vida al pueblo, ahora lo condenaban a la muerte mientras
la gente sobrevivía en una agricultura y ganadería
de subsistencia.
Cuando
niño, Juan Quezada, se ganaba unos cuantos pesos cortando
leña, cargándola en un burro y la vendía en
el pueblo. En el monte, era común que encontrara residuos
de cerámica policroma de la cultura Paquimé y los
inspeccionaba con curiosidad. Este fue un ligero despertar cultural
y se entretenía haciendo dibujos y figuras de barro sin siquiera
pensar en lo que le deparaba el futuro. Ya como un joven adulto,
al emperorar la situación económica en la comunidad,
Juan decidió experimentar con el barro; los pocos estadounidenses
que visitaban Paquimé estaban interesados en comprar "souvenirs".
Sin
haber visto trabajar a un alfarero, desconociendo la existencia
del torno, la naturaleza del barro, los pigmentos, los pinceles,
el proceso de quemado, Juan decidió comenzar desde cero siguiendo
un proceso de error y acierto. Experimentó con varias técnicas
de elaboración y varias mezclas de barro y poco a poco llegó
a conocer la textura apropiada de la tierra que le daría
un buen barro. Los viejos le dijeron que un buen pigmento rojo era
la sangre de mula: un fracaso. Después, los pinceles comerciales
no eran apropiados para los materiales de pigmentación que
le habían dado buenos resultados. Experimentó con
un mechón de cabellos de su hijo mayor: un éxito.
La quema era otro reto que tenía que resolver después
de una larga búsqueda encontró la respuesta en el
fuego rápido e intenso que despedía el excremento
seco del ganado.
Para
cuando lo encuentra McCallum, Juan Quezada ya había alcanzado
un notable grado de sofisticación. Todo gracias al sistema
de error y acierto obligado por la necesidad de satisfacer su creatividad.
Artesano
y antropólogo inician una relación muy productiva
para ambos, pero sobretodo para la raquítica economía
de la comunidad de Mata Oritz. Mc Callum le dará una cantidad
mensual de dinero y Juan acepta el único compromiso de hacer
vasijas cada vez mejores y continuar el proceso de experimentación.
Después de un tiempo, McCallum inicia la comercialización
de la obra de Juan y a dar a conocer al mundo el nacimiento de un
nuevo artista. En 1977 tuvo lugar su primer exhibición en
el Museo del Estado de Arizona de Tucson. Luego se lanzó
en el exitoso "Tour Cinco Galerías" de 1979 a 1980;
después, exhibiciones en el Instituto Smithsonian, Museo
Man de San Diego, Museo Metropolitano de Arte Contemporáneo
de Nueva York, un contrato exclusivo con Mitsubishi, visitas a museos
en Japón, Francia, Alemania y gran parte de Estados Unidos.
Más recientemente la exhibición en México de
la cerámica de Mata Ortiz en el Museo Franz Meyer con vasijas
de varios artistas.
Pero
tal vez la más grande obra de Juan Quezada no haya sido el
éxito en la búsqueda personal de la maestría
para manejar el barro sino la generosidad con la que compartió
sus conocimientos con vecinos, parientes y amigos.
En
1999 Juan Quezada Celado recibe el Premio Nacional de las Artes.
El tributo nacional por fin había llegado.
Una explosión de creatividad
Existen
además tres estilos más o menos bien definidos en
diseño: Estilo Quezada, Estilo Porvenir y Estilo Innovador.
Dentro de cada estilo es obvia la diferenciación entre un
artista y otro.
Actualmente
más de trescientas familias se dedican a la elaboración
de cerámica y son muchos los que tienen una gran demanda
en el mercado internacional con precios de hasta diez mil dólares:
Juan, Damián, Mauro y Noé Quezada, Macario y Nicolás
Ortiz, Gerardo Tena, Humberto y Blanca Ponce, Lidia Quezada y Rito
Talavera, Elí Navarrete, Laura Bugarini, César y Gaby
Domínguez, Leonel López, Porfirio Mora, Manuel Rodríguez,
Taurina Baca, Héctor y Graciela Gallegos; entre muchos otros.
Algunos tienen una lista de pedidos prepagados de hasta seis meses
¡Las galerías de arte no han visto la pieza y ya la
pagaron!
La
originalidad
Este
movimiento artístico está considerado en el mundo
del arte como fenómeno por su originalidad en las diferentes
etapas de elaboración. Esta radica sobretodo en el aislamiento
en el que se mantuvo durante su evolución.
No
se utiliza el torno, la perfección en el modelado de las
piezas es alcanzado con la práctica partiendo de un molde
para la base de "tortilla" seguido de una "tripa"
de barro alargada que se agrega y se le da forma conforme avanza
la elaboración. Después del secado natural, viene
el lijado y el pulido. Para lijar se utiliza papel lija comercial.
Para el pulido existe la preferencia por una piedra de ágata
después de que la vasija ha recibido una ligera capa de aceite
seguida de un poco de agua.
Luego
viene la aplicación del diseño utilizando pinceles
de cabello humano elaborados a mano y pigmentos obtenidos de rocas
de la región conteniendo diferentes minerales de acuerdo
al color a utilizar; óxidos de cobre, manganeso para el negro,
óxidos de fierro, etc.
El
quemado se lleva a cabo en el patio abierto de la casa del artesano
y se utiliza el excremento del ganado como combustible. Se coloca
la vasija boca abajo, ligeramente elevada del suelo, se cubre con
un macetero de cerámica del sur de México y comprado
en Chihuahua o Nuevo Casas Grandes. Se cubre todo con estiércol,
se le impregna con keroseno y se le prende fuego. Después
de cuarenta minutos a una temperatura de alrededor de 800º
C, se levanta la tapa y las vasijas son llevadas con rapidez a un
precalentado horno de estufa para obtener un enfriamiento lento.
En
la polvorienta calle y sentado sobre un despliegue de paciencia
espera algún coleccionista extranjero.
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