Free Web space and hosting from freehomepage.com
Search the Web

PARTE II

LOS PROGRAMAS DE CIVILIZACION INDIGENA
DE ESPAÑA, MEXICO Y ESTADOS UNIDOS


INTRODUCCION

Los sucesos de contacto que han sido revisados para cada tribu son el resultado de programas que fueron puestos en operación por los conquistadores. Cada uno de los grupos dominantes en la región -españoles, mexicanos y anglosajones- trabajó en programas para convertir a los indígenas y en alcanzar el éxito de sus intereses económicos. Los planes se elaboraban con base en sus propios valores culturales, reflejaban sus intereses y sus objetivos entraban en conflicto con la cosmovisión indígena. En algunos puntos importantes los españoles, los mexicanos y los angloamericanos tenían diferentes conceptos de la naturaleza humana y estas diferencias los llevaron a elaborar programas y a construir cimientos opuestos. En la siguiente parte intentaremos resumir las principales características de los programas de civilización indígena de españoles, mexicanos y anglosajones.

El programa español era el más cuidadosamente concebido y el más consistente. Hacia principios del siglo XVII los españoles ya tenían experiencia en modificar la vida de los indígenas y el programa para el norte de Nueva España descansaba sobre un patrón de ensayo y error con su aplicación en las guerras chichimecas y otros conflictos. En contraste la fase mexicana fue inestable por más de cien años y aunque se elaboró un brillante programa como continuación del programa español los mexicanos no estaba unidos para aplicarlo de manera efectiva. Fue hasta la tercera década del siglo veinte que un nuevo programa comenzó a tomar forma. basado en el conocimiento de los errores y aciertos de los programas españoles y anglosajones pero comenzó a ser efectivo hasta la década de 1960 bajo la dirección del Instituto Nacional Indigenista. Mientras tanto los angloamericanos se movieron en todas direcciones al mismo tiempo por más de cien años con un programa que era inconsistente con su propósito. Estas inconsistencias fueron institucionalizadas en el programa de reservaciones muy elaborado y estaba bien establecido en 1890.

La planeación por parte del grupo dominante fue un factor determinante en lo sucedido. Los programas para la civilización fueron el elemento que dio rumbo a los hechos posteriores a los contactos entre blancos e indígenas. Sin embargo mucho de lo planeado estaba basado en conceptos equivocados de la vida indígena y consecuentemente no funcionó como se esperaba y aunque los programas establecieron un marco de trabajo mucho de lo que sucedió no era lo deseado ni por blancos ni por indígenas.

EL PROGRAMA ESPAÑOL

Los indígenas estaban menos preparados que los españoles para sus primeros encuentros. A pesar de que tenían mitos en relación con la llegada de extraños -tal vez de barbados supernaturales- no tenían idea de cómo concebir a los españoles; en base de experiencia fueron forzados a conocer la naturaleza de los recién llegados y gradualmente se formaron un concepto de ellos. Por otro lado los españoles tenían un grupo de ideas que les permitía estar bien preparados desde el principio y ya sabían, aún antes de encontrar a cualquier miembro de cualquier tribu, que se encontrarían con grupos bárbaros. Como resultado de esta etiqueta aprendieron menos de los indígenas durante los primeros cien años que éstos de los españoles La antigua distinción europea entre la gente salvaje y civilizada estaba lista para ser aplicada. Al principio se tenía la esperanza de encontrar gente con grandes ciudades y riquezas pero esto fue desechado después de que una expedición tras otra se encontrara solamente a pequeñas villas y a la gente nómada del noroeste.

El concepto de bárbaro se oponía al concepto de civilizado. Descansaba en la idea de que los españoles disfrutaban de un estilo de vida que era de una calidad completamente diferente y por supuesto inconmensurablemente superior a la de los bárbaros. Entre los españoles esta idea estaba también ligada al sentimiento de obligación de civilizar a los bárbaros y era tan fuerte entre la jerarquía civil y religiosa que se reflejaba en las leyes que gobernarían las relaciones con los indígenas. Era el principio dominante dentro de la organización de la iglesia católica. Los laicos y algunos clérigos se convencieron de que varios grupos no podrían ser civilizados a pesar de que el programa general radicara sobre este sentimiento de obligación. El programa nunca fue cuestionado como la raison de'etre de la conquista española.

Además no se tenía la certeza acerca de qué era lo que los españoles podían ofrecer a los indígenas. Las autoridades civiles y eclesiásticas estuvieron de acuerdo desde el principio en que se debería obligar que aceptaran los elementos fundamentales de la civilización. Se acordó que la autoridad real y la ley deberían enmarcar la vida de los indígenas. También estaban de acuerdo en que el elemento primario de civilización debería ser la vida en pueblos. Además deberían vestir a semejanza de los españoles: los hombres deberían usar pantalón y camisa y las mujeres blusa y falda; practicar la monogamia y hacer uso de ceremonias de matrimonio y vivir en casas de piedra o adobe. Es dudable que cualquier español que pensara acerca de un programa de civilización no incluyera cualquiera de estos elementos aunque había diferencias de opinión acerca de cuáles aspectos eran esenciales.

No pensaban que la introducción de cualquiera de estos elementos sustituyera o desplazara sus equivalentes indígenas. Al contrario, la opinión española prevaleciente era que los bárbaros carecían de leyes y autoridad, que no tenían religión o que eran idólatras, que sus poblaciones no eran comunidades organizadas, que sus vidas sexuales no eran reguladas, que su forma de cubrir el cuerpo no era considerada como vestimenta y que carecían de hogares apropiados para los humanos. El punto de vista español no era que estaban reemplazando las instituciones y los rasgos culturales existentes, sino que le estaban dando cosas que no tenían: un sistema de gobierno, una religión y una moral y además deberían estar agradecidos.

La efectividad del programa descansaba en la imposición de estos fundamentos culturales. Las autoridades civiles y religiosas estaban más o menos unidas al introducir e imponer los aspectos no-materiales del programa: la organización política y social; las creencias cristianas y el comportamiento en rituales. Había otros aspectos de la cultura española en relación con la falta de unidad aunque no eran considerados por algunos como esenciales. El vehículo primario de la cultura española, el lenguaje, no fue impuesto consistentemente ni fue considerado por las órdenes de misioneros como un aspecto esencial de civilización. Los jesuitas estaban en desacuerdo en este punto y después de 1600 estaban en desacuerdo con los franciscanos. Aún mas, era obvio que las autoridades civiles locales o nacionales, no concebían el aprendizaje del idioma español como esencial en su programa y en ningún momento hicieron algo al respecto.

Otro elemento que era motivo de divergencia era el trabajo de economía. Ciertamente las autoridades civiles y eclesiásticas estaban de acuerdo en la gran importancia de la disciplina del trabajo diario como se indicaba frecuentemente en sus pronunciamientos acerca de la flojera de los indígenas. Pero las diferencias en circunstancias de trabajo eran profundas entre las autoridades; estaban relacionadas a los intereses de los misioneros y a los patrones civiles. En general los misioneros buscaron inculcar hábitos de trabajo con un enfoque al beneficio de la comunidad y no en términos del sistema de salario individual. Por otra parte los mineros que conformaban las leyes del trabajo voluntario utilizaron el sistema de pagos con base en el interés personal y para los inconformes con las leyes se introdujo el trabajo forzado sin beneficio personal o comunitario. La esclavitud introdujo un concepto de trabajo aún más diferente. Los indígenas seguramente se habían formado la idea que los españoles disfrutaban en poner a la gente a trabajar pero no se formaron un concepto unificado acerca del significado del trabajo en la vida de los españoles ya que no era presentado con la unidad de definición que caracterizaba a los rituales cristianos.


La Cultura de la Conquista

No se justifica asumir que la cultura española del siglo XVI fue transportada a América en toda su complejidad europea ni que fue digerida por los indígenas. Su cultura mostró grandes variaciones de clase así como de región. Lo que sabemos de la transformación cultural en México indica que sólo pudieron traer una pequeña selección de la multitud de herramientas, organizaciones, rituales y creencias y en esta transferencia se dio una "refinación" o destilación de la cultura española. Esto significa que trajeron una selección de elementos que servían para los propósitos que tenían en mente.

Los misioneros y autoridades españolas vinieron con un plan constituido de formas simplificadas de varios aspectos de su cultura. Para los administradores coloniales había un plan de reglas para la organización de los pueblos y para las relaciones entre comunidades indígenas y los representantes del rey. En estos planes también se describían las funciones económicas y las relaciones entre nativos y españoles. Pero los planes de los administradores no eran copias de las instituciones españolas. La forma física de las comunidades en la organización de las calles y la plaza central prescrita para las "congregaciones" y otras comunidades en Nueva España no reproducían la forma física de los pueblos en España. Para los nuevos pueblos se intentaba utilizar los planos usados para las colonias romanas en España. Similarmente, el número y tipo de autoridades asignadas para los pueblos indígenas no eran una réplica de las formas españolas existentes y aunque eran derivadas de la organización española sus funciones fueron adaptadas a las necesidades de misioneros o militares en el nuevo mundo. No se puede decir tampoco que la vida de la iglesia y su organización en España se duplicaban en la Nueva España. Los misioneros tenían en mente un ideal de comunidad-iglesia y este era modificado y adaptado a las diferentes situaciones en la organización y vida en una misión. Solo una porción de la rica variedad de observancias de una parroquia española era llevada a cabo por cualquier misionero o sacerdote secular y por muchos años se concentraron solo en lo que consideraron esencial en la enseñanza de la doctrina y el ritual. Esta condición se aplicó también en las herramientas; de la gran variedad de arados desarrollados en España, solo la forma más simple fue introducida a México y en realidad a toda Latinoamérica.

La cultura española traída a México consistía de un número de elementos considerados esenciales para el proceso de civilización. Estos elementos constituían una selección de la cultura española del siglo XVI y era una selección basada en dos principios: primero lo indispensable para el cambio del barbarismo a la civilización o esencial para el bienestar indígena como lo concebían los españoles y segundo su operatividad en el desarrollo de la sociedad americana. El primer principio se aplicó firmemente en el programa durante los primeros años de la conquista en el noroeste. El segundo principio fue más importante en el siglo XVIII y su operación estuvo determinada por la existencia o carencia de instituciones fronterizas bajo el primer principio.

Además de los elementos considerados como esenciales y que constituían una forma "refinada" de cultura, había una miscelánea de elementos que llegaron a través de individuos de variados antecedentes culturales. La forma de una herramienta en una parte de México fue influenciada por el hecho que el herrero provenía de Cataluña. De la misma forma un festival religioso era establecido en alguna comunidad porque el misionero lo conoció en su natal Estremadura y los nativos lo celebraron en forma similar; en alguna otra región este festival no aparecía en la vida indígena porque otros misioneros provenían de otras provincias españolas y aún de otros países de Europa. De esta forma fueron transferidos y combinados los elementos de la cultura española que no fueron planeados y que variaban desde herramientas hasta prácticas religiosas.

El término "Cultura de la Conquista" en lugar de "La Cultura Española" es apropiado porque lo que fue presentado fue más amplio en su base (especialmente a través de la iglesia) que en la misma España y porque lo que dio unidad a los elementos seleccionados fue que el motivo de la conquista se mantuvo enfocado en la idea de civilizar a los indígenas. Fue este programa lo que amasó los elementos y les dio forma que semejaba un estilo de vida. Suficientes elementos de la cultura europea fueron presentados para obtener la transformación de la de vida de los indígenas y la selección incluía todo el rango en el vivir. Fue la conquista -el impulso español de cambiar a los indígenas- lo que proporcionó el empuje que estos elementos necesitaban para penetrar en la vida de los nativos. Al debilitarse el empuje a finales del siglo XVIII el avance de la conquista española se hizo lento y casi se detuvo. Lo que se transfirió no era la cultura española sino una destilación europea llevada a cabo principalmente por españoles.

No es posible enfatizar demasiado que el boceto de la nueva cultura a la que hemos llamado Cultura de la Conquista tenía que ser complementado con muchos elementos de la cultura indígena. Aún si los españoles hubieran tenido éxito en conseguir la aceptación de cada cultura presentada por ellos el relleno de la vida diaria hubiera tenido que ser indígena en origen, especialmente en el noroeste donde la colonización se dio más lenta y mucho del contacto se dio con autoridades civiles y religiosas.


Las Instituciones Fronterizas

El contenido de las conferencias de alto nivel en las que el programa fue concebido no fue conocido por los indígenas y permanecieron al margen. Un indígena nunca pudo llegar al rey para discutir aspectos del programa y solo unos pocos pudieron entrevistarse con el virrey en todo el periodo colonial y aunque muchos entraron en contacto con capitanes generales o con gobernadores en las capitales de las provincias el programa no podía ser influenciado a este nivel. El marco de las relaciones entre indígenas y españoles se determinó unilateralmente y a ningún español se le ocurrió que pudo o debió haber sido determinado de alguna otra forma. Aunque el plan de conquista y civilización fue modificado de acuerdo a la experiencia de españoles se puede decir que la experiencia indígena nunca fue tomada en cuenta. El programa español fue una prioridad concebido de manera unilateral para mejorar a los bárbaros considerados incapaces de participar en la creación de un programa para ellos mismos.

En la práctica el programa consistió de dos programas distintos que usaban diferentes recursos y obtenían diferentes resultados. Veamos algunos ejemplos de las circunstancias específicas de los contactos como generalmente sucedieron en áreas de la Nueva Vizcaya o Nuevo México. Hubo dos tipos de contacto con los ópatas del centro de Sonora. Por un lado había indígenas, que vivían de manera parecida a la que lo hicieron antes de la llegada de los españoles, en una comunidad concentrada alrededor de la iglesia de una misión y donde eran forzados a trabajar en proyectos manejados por el misionero. Por otro lado, entre las comunidades de las misiones y lejos de ellas, había distritos mineros como en San Juan Bautista, la capital de Sonora. Ahí había ópatas que vivían y trabajaban dentro o cerca de una comunidad de un tipo inexistente antes de la llegada de los españoles bajo un sistema legal y policial desconocido por ellos y trabajaban por un salario para extraer metales para un uso incomprensible. Estos dos tipos de comunidades representaban dos formas muy distintas para cambiar a los indígenas en gente civilizada; ambos representaban también un estilo diferente de vida y ambos acercamientos fueron aceptados por virreyes y gobernadores -sólo para estar seguros- como partes complementarias del programa. Debido a que funcionaban como instituciones rivales el conflicto entre ambos tipos de programa se hizo cada vez mas obvio. Este conflicto se convirtió en una característica distintiva de las comunidades españolas fronterizas y se le debe reconocer como de gran influencia cultural sobre los indígenas.

El programa de misiones no fue un esfuerzo para transferir individuos de una comunidad indígena a un tipo de comunidad española. Más bien era un esfuerzo para reconstruir las comunidades alrededor de una iglesia con un liderazgo indígena que estaba bajo las órdenes de un jesuita. Una vez logrado el misionero se enfocaba en mantener la unidad social, política y alcanzar la autosuficiencia económica.

Tal vez estemos contrastando este procedimiento de cambiar a los indígenas con el que fue adoptado inconscientemente en los distritos mineros, centros de presidio y aún las haciendas en territorio ópata. Estas eran unidades sociales totalmente controladas por los españoles; eran gobernadas por autoridades españolas, elección en la que los indígenas no tenían voz ni voto, o eran controladas por empleados españoles como contratistas mineros o hacendados que fijaban las condiciones de trabajo de manera unilateral. Un indígena en un pueblo como este estaba completamente fuera del sistema y de las relaciones comunitarias que él conocía en su comunidad natal o en la misión. Fue forzado a un nuevo molde desarrollando tareas que tenían poco significado para él; una cantidad de dinero o de artículos. Es así como los poblados españoles y las comunidades en las misiones eran diferentes mundos sociales.

Los indígenas en ambos extremos deben haber tenido experiencias muy diferentes. Un mundo exigía la modificación de viejas formas en la compañía de personas afines; la otra requería una modificación de las mismas formas bajo la dominación y compañía de extraños. Ambos programas crecieron lado a lado en territorios indígenas como el ópata.

Cualquier otra parte del noroeste de Nueva España era similar. La situación tarahumara se diferenciaba en que las comunidades misionales eran en un lugar diferente al de origen y sus poblaciones eran mucho más heterogéneas, por lo que eran comunidades menos homogéneas que las ópatas; la situación mayo y yaqui se diferenciaba de la ausencia de asentamientos españoles cerca de los indígenas pero las condiciones de la pimería eran muy similares a las de los ópata. En Nuevo México la situación entre los pueblo del este era esencialmente la misma que la de los ópatas pero había algunas diferencias importantes. En primer lugar las comunidades misionales rara vez estaban centradas alrededor de una iglesia como entre las comunidades de las rancherías porque los asentamientos originales ya estaban concentrados y permanecieron en su locación original. En este caso, la iglesia se edificó en las afueras de la comunidad ya existente y se convirtió mas bien en un apéndice en vez de ser el centro de la comunidad. En segundo lugar, el sistema de encomiendas de trabajos forzados se introdujo a muy pequeña escala dentro del valle del río Bravo y en áreas limitadas cerca de los establecimientos indígenas.


La Comunidad Misional

Es posible dar una descripción generalizada que se aplica en gran parte a todas las misiones, ya sea en el sur entre los jesuitas o en el norte entre los franciscanos. Aunque el trabajo de franciscanos y jesuitas dentro de sus misiones se diferenciaba en formas fundamentales las comunidades que crearon fueron producto del mismo concepto o plan. Diferencias muy importantes del contacto cultural produjeron diferencias en las estructuras sociales y culturales de los indígenas en las áreas o en las relaciones entre misiones y asentamientos españoles, pero estos factores operaron dentro de los contextos de las comunidades misionales, que por lo menos en el plan eran del mismo tipo.

El concepto utilizado y deseado por ambos grupos de misioneros era la transformación de una comunidad indígena que siguiera instrucciones en materia secular y espiritual. Para crear tal congregación los cambios utilizados eran inexistentes entre los indígenas y estaban orientados al reemplazo cultural en lugar de la reorganización. El cambio fundamental que ellos proponían fue resumido al concepto de "reducción" debido a que pensaban que los indígenas vivían bajo condiciones de salvajismo, dispersos y sin reglas y serían susceptibles a su ministerio solo si eran asentados en poblados compactos. De esta forma intentaron primero persuadirlos a concentrarse en villas o pueblos e inmediatamente construir un edificio que serviría como iglesia y que estaba diseñada para convertirse en el enfoque de las actividades del nuevo asentamiento. Si los indígenas como los ópatas, pueblos del este y los yaquis ya vivían en establecimientos más o menos compactos intentaron cambiar el enfoque de la comunidad alrededor de la iglesia o dentro del asentamiento existente. En los casos de los grupos más nómadas como los seris, los pimas del oeste y los apaches la reducción implicó una total reorganización de la vida nativa. Se requería de grandes cambios en los casos de los tarahumaras, de la pimería, de los navajos, de algunos ópatas y de los jovas que se encontraban diseminadas sobre grandes áreas de terreno. Lo mismo era cierto para la mayoría de los ópatas, lo mayos y los yaquis, aunque todos estos ya tenían comunidades que eran considerablemente mas compactas que las de los tarahumaras, navajos y pimas. En los casos de los pueblo del este, zunis y hopis las comunidades existentes eran tan compactas como cualquier otra comunidad europea. El programa de reducción tenía varios grados de cambio en el patrón de asentamiento para los diferentes indígenas y no les afectó de manera uniforme.

Independientemente de la cantidad de cambio los misioneros continuaron adelante con la construcción del edificio de la iglesia y con sus esfuerzos para traer a los indígenas a su cercanía. Antes de construir el edificio se lanzaba un sermón y todos los niños que eran ofrecidos recibían el bautismo. Estos niños y sus familias eran considerados el núcleo de la congregación. Los adultos que manifestaran deseos de ser bautizados eran persuadidos inmediatamente a edificar algún tipo de estructura como iglesia provisional. Al mismo tiempo se solicitaba la ayuda para construir un albergue para el misionero quien de inmediato iniciaba su trabajo de instrucción para llevar a cabo más bautizos. Entonces la comunidad crecía sobre la base de trabajo voluntario; en mejorar la iglesia y las condiciones de albergue del misionero, estableciendo corrales para los animales y plantando semillas para el uso del misionero y sus conversos.

Ninguna de estas comunidades ha sido completamente descrita. Lo pensaba un indígena deberá permanecer totalmente como una especulación; las descripciones de los misioneros son fragmentarias y carecen de los detalles de la vida de la gente con quien trabajaban. Algunas descripciones parciales de individuos sobresalen dentro de los manuscritos de los misioneros pero no existe un perfil comunitario aunque algunos misioneros hicieron esfuerzos para hacer un boceto de varias culturas indígenas. Caemos de regreso a una imagen generalizada de la comunidad misional.

En sus inicios la comunidad misional jesuita en el sur con frecuencia era una ramada hecha de palos con techo de arbustos y un lado cerrado que servía de fondo para las imágenes, crucifijos o muebles de la iglesia que el misionero poseía; esta era su iglesia. Cerca de ella estaba el albergue del misionero; generalmente un cuarto de adobe. Alrededor y a varias distancias estaban las casa de aquellos indígenas más interesados en lo que el misionero decía y hacía. También estaban las casas de los que recientemente habían aceptado el bautismo y que tal vez eran de alguna tribu cercana o de una comunidad de la misma tribu con la que el misionero trabajaba. El procedimiento general era traer con ellos a indígenas previamente cristianizados y que de preferencia hablaran o entendieran el lenguaje del nuevo grupo. Los jesuitas intentaban que los acompañaran grupos de familias indígenas que servían no solo como intérpretes sino también preparando alimentos para el misionero, ayudando y supervisando el edificio y otros trabajos del centro misional.

Las primeras actividades del misionero les dio una imagen clara de lo que más valoraba. La inmediata construcción de la iglesia, el rápido inicio de oraciones regulares y la instrucción de la doctrina cristiana no debieron dejar duda de que el misionero era un especialista en rituales y un gran orador. Esto era reforzado por el inmediato reclutamiento de individuos para memorizar las preguntas y respuestas del catecismo y que se convirtieran en maestros de otros. Rápidamente asignaba a individuos para cuidar de la iglesia. En unos pocos días o semanas se establecía una organización primaria que consistía de un temastián y un madore; los primeros asistentes del misionero. El temastián servía como catequista y se le enseñaban las palabras en español necesarias para su función tan rápidamente como fuera posible y traducía las preguntas y respuestas al idioma indígena. Le enseñaba métodos y ambos daban instrucción diaria a todos aquellos que se acercaban a la iglesia. Los misioneros asignados a los mayos y yaquis fueron explícitos al señalar que hubo un inmediato interés general en la instrucción, que los catequistas nativos aprendieron muy rápido y que mostraron habilidad al llevar a cabo el trabajo mucho mas allá del número de personas que el misionero hubiera podido alcanzar por su propia cuenta. Deseos similares de servir, con habilidad para hacerlo, aparentemente se manifestaron también entre los ópatas mientras que con otros grupos la instrucción se dio más lenta. El madore servía como administrador o gobernador de los asuntos de la iglesia, llamando a la gente a reuniones, manteniendo el orden en éstas, era encargado del mantenimiento de la iglesia, supervisaba a los grupos que hacían adobes y llevaba a cabo otras tareas en la construcción de la iglesia y edificios asociados. Un término alternativo para madore era fiscal.

Esta pequeña organización crecía lo antes posible con el entrenamiento de cantantes: la formación de un coro consistente de cuatro hombres y cuatro mujeres era un objetivo importante. Para esto se requería de entrenamiento de gente seleccionada que tuvieran constante interés en los asuntos de la iglesia, que tuvieran alguna habilidad musical y que estuvieran familiarizados con el servicio de la iglesia para poder actuar adecuadamente. Cada comunidad misional tenía una organización de catequistas y un coro de cantantes entrenados, seleccionados y asignados por el misionero. Mientras el edificio permanente de la iglesia era construido y la congregación aumentaba el grupo necesario para manejar los asuntos de la iglesia se hacía más grande y las obligaciones se hacían rutinarias y se caracterizaban por tener responsabilidades más y más definidas. El éxito de cada misionero dependía en su capacidad para elaborar tal organización.

El entrenamiento de esta organización era solo una parte relativamente pequeña de sus labores. También era responsable por crear una organización secular asociada con los españoles. Si el grupo era visitado por el misionero acompañado de una autoridad civil o militar, este último asignaba a algún hombre como gobernador al mismo tiempo que el misionero asignaba al catequista y al fiscal. Si el misionero legaba sin estas autoridades civiles, él mismo asignaba al gobernador y le entregaba un bastón de mando que indicaba su autoridad en la administración civil. Aunque las asignaciones fueran hechas o no por el misionero, este último siempre tuvo el papel de protagonista en la selección, el asunto frecuentemente se le dejaba por completo a su juicio. La forma como se llevaba a cabo la selección continúa siendo un misterio. Parecer ser que los misioneros buscaban individuos influyentes y reforzaban el liderazgo existente con el reconocimiento español. También es cierto que en muchas comunidades como entre los tarahumaras, la pimería alta y baja, los seris y otros la aparición del misionero creaba una división inmediata entre la gente. En tal caso el asignado debió haber sido de una facción favorable y cuya personalidad fuera aceptable para el misionero y no necesariamente alguien con influencia o autoridad ya establecidas. Con frecuencia el misionero asignaba también a jueces (alcaldes) para servir junto con el gobernador en la solución de disputas y en el mantenimiento de la ley y el orden. Una obligación que era de suma importancia para el gobernador, por lo menos hacia el final del siglo XVII, era el castigo por medio de latigazos para los que no acudieran a la iglesia ni se comportaran de una manera cristiana. Que la situación variaba enormemente es cada vez mas claro. No hay duda que en los ojos del gobierno español la responsabilidad del misionero por el desarrollo de la organización secular era considerable.

Los misioneros también se interesaron en establecer una organización económica que incluía actividades completamente nuevas para los indígenas. Aunque la organización de la iglesia era prioridad y tomó forma más rápidamente también era necesario encauzar la misión hacia una base económica. Los misioneros trajeron ganado vacuno, lanar y caprino así como caballos y burros. Donde fuera necesario comenzaron a hacer mejoras en los sistemas de agricultura indígena, introduciendo la irrigación y el cuidado de nuevas cosechas. La organización para desempañar este trabajo consistía en un grupo asignado por el misionero y compuesto por un responsable del ganado, un supervisor general de labores, tal vez un encargado de canales de irrigación y grupos de vaqueros, pastores, adoberos y otros jornaleros. Este aspecto del trabajo en la misión requería de tanto entrenamiento y supervisión como las actividades religiosas. Hatos, arados, caballos, construcción de adobe y madera y en algunos casos instancias de irrigación, todo era nuevo para los indígenas. Además las nuevas cosechas introducidas por los misioneros, especialmente trigo y las hortalizas, requerían de nuevas técnicas. El misionero era auxiliado por indígenas cristianizados que con frecuencia no estaban familiarizados con las nuevas técnicas y tenía que asumir la responsabilidad de despertar el interés de sus neófitos. Tenía que dar instrucciones en el manejo del ganado, en las épocas y métodos de siembra y seleccionar a los individuos que tomarían la responsabilidad para instruir a otros y organizar el trabajo de manera eficiente. El éxito de una misión dependía de la habilidad del misionero como agricultor y constructor ya que el tamaño de la congregación estaba relacionado a los beneficios que ésta ofrecía -como comida- y el tamaño de la iglesia.

Mientras la misión se desarrollaba en una sólida base económica crecía la necesidad por especialistas en varias manualidades europeas. Los arados, herraduras y el equipo para los caballos se desgastaban y se quebraban y un herrero era cada vez más indispensable. La mayoría de las misiones establecieron herrerías y entrenaron a los indígenas como herreros. Bajo la presión del misionero creció la demanda de ropa y mejoró el tejido nativo o fue introducido a los grupos que no lo practicaban; a veces se importaron tejedores para dar instrucciones y se fundaron talleres de tejido. Ya que los edificios eran elaborados fue necesario entrenar albañiles y carpinteros de la congregación para satisfacer esa necesidad. Las especialidades desarrollaron la base económica en la vida de las comunidades hasta el grado que se parecían más y más a las comunidades de españoles.

Cada misionero era responsable no sólo por establecer las organizaciones religiosas, seculares y económicas de la comunidad; también se esperaba que fundara dos visitas. Estas eran otras comunidades ya existentes que el misionero debería organizar. También habían sido planeadas alrededor de una iglesia a donde el misionero acudía en cuanto le era posible tratando de seguir una agenda de visitas mensuales. En cada una intentaba organizar a las autoridades de la iglesia en la misma forma que en la cabecera o en la comunidad misional. Así mismo asignaba gobernadores y a hombres responsables de los nuevos hatos de ganado. Algunas veces las visitas crecían y florecían mejor que la misión misma pero generalmente ésta última crecía en tamaño e importancia gracias al cuidado directo del misionero. Una comunidad misional era entonces un grupo de tres o más comunidades indígenas transformadas por medio de:

1 El reasentamiento en unidades compactas.
2 El mejoramiento y aumento de la alimentación y labores manuales
3 Una nueva comunidad centrada alrededor de una iglesia bajo la supervisión del misionero.

La comunidad era un nuevo fenómeno en la vida de los indígenas aunque conservaron gran parte de sus antiguas costumbres y de su forma de vida. Bajo la dirección del misionero las granjas y los hatos eran fuentes de abastecimiento no solo para la misma comunidad sino también para las comunidades en la región. Cada una intentaba producir un exceso que era utilizado por el misionero para profundizar en su trabajo atrayendo más gente o ayudando a la fundación de otras misiones. El mejoramiento de la agricultura y la producción de excesos eran parte integral del programa jesuita y produjeron una importante transformación en la vida económica de la mayoría de los indígenas de Sonora. La introducción de hatos, el mejoramiento de las cosechas y el desarrollo de la especialización de manualidades indicó que el concepto del misionero era el de desarrollar a las comunidades hasta el punto que pudieran continuar indefinidamente como unidades económicas independientes.

Sin embargo las comunidades misionales eran parte del imperio español. El rey de España estaba de acuerdo en que los indígenas estaban libres del pago de tributo por diez años. Se creía que deberían ser civilizados y cristianizados antes de convertirse en miembros contribuyentes del imperio español. Al principio se pensó que este proceso podría ser completado en diez años y de acuerdo a esto los misioneros iniciaron su trabajo con la seguridad de que tendrían libertad para desarrollar sus nuevas comunidades sin producir para el rey durante el período inicial. Cuando el padre Kino trabajaba en la pimería alta pudo conseguir una prolongación de la excepción por veinte años para Chihuahua y Sonora. Posiblemente esto indicaba el reconocimiento de las dificultades en el proceso de civilización. En 1621 el rey concedió una prolongación indefinida de la excepción para zunis y hopis porque estaban en "áreas de frontera" a pesar de que un misionero comenzado a trabajar entre ellos. Después de la excepción de los diez años los pueblo del este se hicieron acreedores de la regla de pago de tributo y les fue extraído a lo largo del siglo XVII. En Sonora el pago de tributo nunca se llevó a cabo primero por las súplicas de los jesuitas y después por la falta de acción del gobierno.

Todos los que vivían bajo el sistema de misiones eran parte del imperio. Las órdenes de jesuitas y franciscanos eran también parte del imperio hasta el grado que eran responsables ante el virrey y el rey. Desde 1591 cuando iniciaron su trabajo misional en el noroeste de México hasta su expulsión del Nuevo Mundo en 1767 los jesuitas desarrollaron una enorme burocracia. Los franciscanos -como una gran organización- hicieron lo mismo. Cada comunidad misional fue afectada a mayor o menor grado por estas organizaciones.

La orden de los jesuitas era una organización impositiva y autoritaria y era una pirámide desde el misionero hasta una sola cabeza de la orden en Roma. Todo el trabajo de los jesuitas en la Nueva España estaba bajo la dirección de un Provincial que duraba tres años en el cargo. Las enormes instituciones educativas, universidades y colegios que proporcionaban la mayor parte de la educación en México así como las misiones estaban bajo la supervisión general del Provincial. Bajo el mandato del Provincial mexicano se desarrollaron seis provincias, o visitas, o misiones entre 1590 y 1767. Tres de las seis estaban en la región que concierne a este escrito: Chínipas, Sonora y Chihuahua. Las otras tres eran Nayarit, Sinaloa y California. Para cada una de éstas, el Provincial mantuvo un Visitador de quien se esperaba que hiciera un recorrido anual de una provincia y rendir un reporte de las actividades en ella y promover las comunicaciones entre los misioneros más remotos y el Provincial en la Ciudad de México. Los Visitadores, como el mismo Provincial, eran cambiados cada tres años y frecuentemente eran misioneros asignados a la provincia que visitaban. Cada provincia consistía de tres o más rectorados que eran grupos de misiones bajo la supervisión de un rector que siempre era uno de los misioneros activos. La rectoría también era cambiada cada tres años, los misioneros de un rectorado frecuentemente se turnaban en el cargo. Había tres o más misioneros bajo la supervisión de cada rector y cada uno estaba encargado de una comunidad misional como las que se han descrito.

Al tiempo de la expulsión de los jesuitas la provincia misionera de Sonora consistía de veintinueve misiones divididas en cuatro rectorados. Estas eran: el Rectorado de San Francisco de Borja formado por seis misiones de pimas de la pimería baja, jovas y ópatas del sur, y se localizaban desde Onavas y Saguaripa hasta Matape; el Rectorado de los Tres Mártires de Japón consistía de siete comunidades misionales de ópatas del norte; el Rectorado de San Francisco Xavier, con siete misiones de ópatas del norte y Eudeves desde Cuquiarachi hasta Opedepe y Cucurpe; y el Rectorado de la Pimería Alta incluyendo ocho misiones de la pimería alta. Las veintinueve misiones estaban compuestas de setenta y tres comunidades y varios ranchos. Uno puede arriesgarse a pensar que una tercera parte de todas las comunidades de la pimería alta, tres cuartos de ópatas y Eudeves y por lo menos tres tercera parte de la pimería baja eran parte de las misiones y las comunidades restantes tenían contacto con las misiones pero sin ser parte de la organización.

Las villas que eran parte de la comunidad misional no eran visitadas anualmente por los Visitadores, mas bien lo hacían a intervalos irregulares aunque la cabecera de la misión era visitada por lo menos cada dos años. El sistema de visitas trajo una intensificación de contactos entre los indígenas de un área ya que cada Visitador era acompañado por un pequeño grupo de su comunidad misional consistente de sus más devotos y otros iban por la curiosidad de viajar. Los rectorados y las visitas rotativas en la provincia de misiones estimulaban los contactos mas allá de los límites de la comunidad en la misión. Los misioneros acompañados de gobernadores y otros acudían a los rectores de sus distritos o al Visitador a exponer problemas o a buscar ayuda para aumentar su ganadería o el equipo de la misión. Esto debió ocasionar un gran intercambio de ideas, de herramientas y de objetos necesarios. En otras palabras, el sistema de gobierno jesuita trajo una intensificación de contacto amistoso dentro y entre los varios grupos tribales. También introdujo un tipo de organización jerárquica con el que no estaban familiarizados y obligó a aquellos que no estaban en contacto con los misioneros a cooperar con ellos en un mundo desconocido. Tomaron conciencia de que ese mundo era una fuente de beneficios y de influencias limitantes, cuando, por ejemplo, se enteraron de que algún misionero recibió una imagen para la iglesia o algún nuevo equipo y estos beneficios le habían negados a su misionero. De una forma similar cada organización misional era una fuente de conocimiento del mundo mayor.

Cada misión era una unidad social organizada para cambiar los aspectos del comportamiento indígena. Las misiones de los jesuitas de Sonora y Chihuahua estaban establecidas como ranchos ganaderos o como grandes campos de cultivo o ambos. El ganado y mucho de la agricultura era también nuevo y los antecedentes europeos de los misioneros los llevaron a insistir en cosechas europeas. El uso de arados y animales de yunta también era algo nuevo la igual que las técnicas de irrigación. También eran innovaciones los edificios de adobes, la mezcla de cal y la construcción con paredes ampliamente separadas que requerían grandes troncos. Como hemos visto el trabajo con estos materiales comenzó inmediatamente y cada misionero tuvo que emplear mucho tiempo enseñando su uso. Si no lo hacía él mismo supervisaba la demostración de su uso hecha por indígenas previamente cristianizados que lo acompañaban. La transferencia cultural por medio de la demostración era una importante actividad en todas las comunidades misionales.

Igual de nuevo para la mayoría de los indígenas fue la insistencia del misionero en la rutina diaria del trabajo en el cultivo, con los hatos y en la construcción. El trabajo era supervisado por el capataz de los pastores y el encargado de los aradores y los misioneros castigaban con latigazos las faltas al trabajo diario. Quejas contra la flojera eran un tema casi constante en las cartas que indicaban un sentimiento de fracaso para cambiar el patrón indígena de trabajo en comparación con un ideal europeo. También hubo misiones que florecieron y la producción fue aumentada considerablemente, las más notables fueron las de los yaquis y al principio las de los tarahumaras. Parece ser que hubo menos quejas del hábito de trabajo de los yaquis que de otros grupos y algunos elogios indican un alto grado de conformidad al trabajo europeo. No hay forma de saber en detalle en cuanto se aumentó la producción, pero parece que se produjeron grandes excesos que ayudaron a sostener a los pueblos de españoles y para cubrir las necesidades del programa de expansión de misiones que se movía de sur a norte.

Además de la demostración de nuevas herramientas, de técnicas de agricultura y reforzamiento de los nuevos hábitos de trabajo, las comunidades misionales eran también escenario de intensas instrucciones de tipo moral. Los misioneros enfatizaban los conceptos de moral europea por medio del sermón semanalmente, pero tal vez con más frecuencia en breves exhortaciones a la gente reunida cerca de la iglesia. Hay registros de los sermones de algunos de los misioneros. Hablaban repetidamente de la existencia de un Dios que era invisible y bueno. Repasaron una y otra vez los diez mandamientos como reglas de la vida y cuya observancia aseguraba la entrada a la gloria y los prevendría del infierno. Describieron los gozos del paraíso y algunos hablaron en gran detalle de los horrores del infierno. Les dijeron y les repitieron las historias de la biblia enfatizando la de Adán y Eva, el diluvio y los hechos del Antiguo Testamento que concretizaban el concepto cristiano de la creación y la historia de los primeros humanos. Los misioneros formularon en términos simples un conjunto mínimo de conceptos que consideraban esenciales. El misionero Castaño utilizó una simple lista de preguntas y respuestas que fue ampliamente adoptada en el trabajo jesuita como catequismo. Con este marco de trabajo sus catequistas instruyeron a todos los que acudían a escuchar.

También usaron demostraciones de las ideas cristianas básicas. Obtuvieron imágenes de la Virgen, varias manifestaciones de Cristo y los santos, así como pinturas tan grandes y tan brillantes como fuera posible y las instalaron en sus iglesias. También asignaron indígenas para decorar la iglesia. Hicieron un gran uso de presentaciones dramáticas y una de las principales era la dramatización de la Pasión de Cristo en Semana Santa, en la que había una participación intensiva. Los formaron en compañías representando a los fariseos y les mostraron como actuar en la persecución de Cristo, la Crucifixión, la Resurrección y otros eventos de los últimos días de Jesús. También los organizaron en grupos para representar la lucha de los Cristianos contra los Moros en España y los animaron a celebrar estos dramas en fiestas regulares de la iglesia. Introdujeron danzas que habían sido desarrolladas en el centro de México para dramatizar la primera conversión de los indígenas mexicas por medio de la historia de la Malinche, Moctezuma y Cortés.

Los misioneros confiaron en los actos repetitivos de oración, canto y ritual centrados en la iglesia. La rutina cristiana de culto era introducida de esta forma. Devociones diarias eran guiadas en cada misión por el misionero o por los temastianes, fiscales o madores. El Credo, el Ave María y el Padre Nuestro fueron rápidamente traducidos a los lenguajes indígenas por los jesuitas y quienes los había aprendido los recitaban juntos una o dos veces al día. La Misa se llevaba a cabo por lo menos una vez al mes y a la gente se le exigía que acudieran a este servicio como mínimo. Los misioneros insistieron en asistir a la iglesia los domingos por medio de latigazos como castigos físico aunque el misionero rara vez lo llevaba a cabo y dejaba el trabajo a las autoridades asignadas.

Era un principio del trabajo jesuita que los niños deberían ser el enfoque principal de su instrucción ritual y doctrinal. Bautizaban a los niños sin instrucción previa pero una vez bautizado dejaban claro que él y sus padres estaban obligados a instruirlo dentro de la doctrina cristiana. Reforzaron la asistencia continua al catecismo con castigos corporales cuando era necesario. Establecieron escuelas en la iglesia o cerca de ella y reunieron a los niños bautizados para su instrucción. Les enseñaron a leer, a escribir y a contar en español, y aunque no todos los jesuitas los hicieron, entrenaron a algunos jóvenes seleccionados como acólitos y cantantes de música sagrada e instrumental. Muchas misiones tenían escuelas al igual que algunas visitas. Usualmente se hacía un esfuerzo para traer a algunos niños a estas escuelas de los lugares cercanos. Además, la educación superior fue promovida como en los seminarios en Navojoa, Torim y Matape en Sonora y Parral en Chihuahua. A estos fueron enviados por lo menos dos niños anualmente de las varias villas dentro de los rectorados cercanos.

Cada misión se convirtió en un lugar donde la gente local y vecina podía acudir, ver y participar de los ritos católicos. El servicio dominical de la Misa con un sermón, las representaciones dramáticas de Semana Santa y las procesiones de Cuaresma, la actuación de dramas como los Moros y Cristianos y cualquier otra ceremonia sagrada enfatizada se le podía considerar como instrucción y entretenimiento. Los misioneros de Chihuahua y Sonora creían que era importante arreglar y disfrutar de grandes fiestas con carne o cualquier otro manjar al mismo tiempo que acudían a las ceremonias de la iglesia. También era considerado importante que las iglesias fueran tan impactantes e impresionantes por dentro y por fuera como les fuera posible. En su interior se colocaba un altar rico en arreglos, pinturas e imágenes y de esta manera convertir las comunidades misionales en centros de interés y actividad para toda el área circundante. También intentaron traer a familias españolas a que se asentaran en ranchos cercanos o en minas y que convivieran con los indígenas y con el ejemplo enseñar a los indígenas a comportarse como cristianos. Con frecuencia los misioneros se sentían decepcionados por estos españoles y se formaban la idea de que no adoptaban el comportamiento promedio de la vida cristiana aunque por otro lado algunos llegaron a ser una influencia en el cambio del comportamiento indígena.

Había una constante presión para alterar algunos aspectos de la vida diaria. Predicaron en contra de la poligamia y las relaciones sexuales fuera del matrimonio; predicaron sobre la necesidad de ceremonias formales de matrimonio. Predicaron en contra de la embriaguez e intentaron introducir la confesión y efectuaron pláticas de moralidad en cuanto se les presentaba la oportunidad. También denunciaron algunas formas de ceremonias nativas que calificaron en conflicto con las creencias y prácticas cristianas. La mayoría de los misioneros jesuitas se comportaron estrictamente de acuerdo con su teoría de continencias sexuales así como de otro tipo y pusieron el ejemplo de acuerdo con sus prédicas. Es claro que en un breve tiempo el efecto de la constante prédica había profundizado en aquellos que se reunían alrededor de la misión.

Queda claro que la comunidad misional fue un dinámico centro de intercambio cultural cuando era manejada por un misionero bien entrenado y competente. Había un mínimo de distracciones externas. En su aislamiento el misionero necesitaba ajustar su comportamiento personal para lograr la aceptación y poder funcionar como los indígenas esperaban. Tenía muchas cosas de valor que ofrecer como comida y herramientas así como misteriosos y sorprendentes objetos de ritual. También tenía un nuevo sistema de magia que ofrecía grandes posibilidades y costaba poco; sólo un poco de disciplina. La disciplina con la que el misionero trabajaba y sus técnicas lo convirtieron en una constante y activa fuerza dentro de la vida de la comunidad. En gran medida en Sonora, aunque menos en Chihuahua y Nuevo México, la aceptación de su persona y de sus ofrendas era un asunto voluntario. Los indígenas venían primero por voluntad propia y si les parecía que imponía una disciplina demasiado dura era perfectamente posible retirarse. Para conservarlos algunos misioneros buscaron a los que se retiraban pero era imposible encontrarlos a todos o aplicar una gran coerción en los encontrados. En lo principal, especialmente durante los primeros años en sonora, la aceptación al sistema de misiones fue un asunto voluntario y parece ser que tenía una fuerte aceptación.

Como unidad autosuficiente un tanto aislada de los poblados españoles la comunidad misional constituyó un lugar donde las fuerzas aculturativas podían ser canalizadas de acuerdo al entendimiento del misionero de su situación inmediata. El momento de cambio era guiado por una sola persona que hablaba la lengua nativa y entendía las limitaciones de lo que podía o no podía hacer. Como resultado la mayoría de las comunidades misionales fueron por largo tiempo escenarios de intercambios culturales pacíficos que no eran de un carácter desorganizador. La imagen de la comunidad misional que ha sido representada aquí ha sido enfatizada como una misión ideal y hubo muchas misiones, especialmente en Sonora, que se acercaron bastante mientras que hubo otras que distaban mucho. La historia de los tarahumaras nos indica que la comunidad misional podía tener características muy diferentes especialmente cuando el reclutamiento para el trabajo español era muy intenso y cuando el patrón de vida comunal era muy resistente a la reducción.

En Nuevo México el patrón de comunidad misional que se desarrolló tenía aspectos que lo apartaban de las comunidades del sur. La iglesia estaba típicamente a un lado de la villa pueblo y nunca fue el corazón de la vida religiosa. Era un centro pero no el foco. Además la iglesia y el albergue del misionero estaban separados del resto de la comunidad por una pared de menor o mayor altura. El misionero vivía en una situación de menor intimidad de lo que era característico en Sonora. Este patrón físico era consistente con otros aspectos de la relación indígena-misionero. Los franciscanos en Nuevo México generalmente vivían con un resguardo militar en las comunidades pueblo y rara vez fueron eficientes en el uso de un lenguaje indígena. Parecía que habían adoptado un programa de prohibición de rituales nativos más riguroso que incluía objetos sagrados como las máscaras y se involucraron en la destrucción de objetos religiosos nativos. También parece ser que sus acciones disciplinarias llevadas a cabo por ellos o sus acompañantes militares, eran generalmente más duras de lo que eran en el sur. Es claro que partiendo de esta pequeña lista de las diferencias más grandes, las comunidades misionales del norte y del sur eran escenarios muy diferentes de contacto cultural.


El Poblado Español

La segunda institución de importancia desde la que se ejercían las influencias europeas era el poblado español; un efímero campo minero, un pequeño establecimiento de agricultura, un puesto militar y ocasionalmente un pueblo totalmente desarrollado y modelado a partir del plano de alguna comunidad de la vieja España. Clasificar todo esto dentro del mismo tipo de influencia cultural está justificado porque cada uno estaba dominado por españoles que definían la estructura institucional dentro de la cual habitaba.

El poblado español no ejerció una influencia uniforme sobre los indígenas como lo hizo la comunidad misional. Había tantos de ellos y su distribución era extremadamente irregular. Crecieron lentamente en algunas partes de la frontera que varios grupos de indígenas no tuvieron contacto con ellos al tiempo del contacto intensivo con la comunidad misional. En Nuevo México el poblado español fue una influencia a partir de 1599 pero no había mas de seis pueblos a finales del siglo XVII, las comunidades mineras estaban muy separadas y los puestos militares continuaban ausentes. Pero el establecimiento español de agricultura en la forma de "encomendero" fue una gran influencia y había algunos de estos en el valle del río Bravo desde Socorro hasta San Juan. En Chihuahua los poblados españoles eran una importante influencia en las orillas del territorio tarahumara en grandes comunidades como Parral y Chihuahua durante el siglo XVII y XVIII. También había campos mineros y numerosos ranchos a lo largo de la frontera este del territorio tarahumara. En Sonora los poblados españoles llegaron lentamente y fueron importantes hasta finales del siglo XVIII, pero alrededor de 1635 había muchos campos mineros, haciendas y ranchos ampliamente dispersos. Pueblos como Ures, Banámichi, San Juan Bautista, Arispe, Alamos y Magdalena florecieron y hacia mediados del siglo XVIII comenzaron a reducirse abruptamente debido a los ataques apaches, seris y de otros grupos.

La influencia del poblado español se ejerció de forma irregular y diferente afectando a tarahumaras, mayos y ópatas de manera profunda mientras que yaquis, hopis, zunis, apaches, navajos y yumas eran menos afectados. Tomando en consideración los efectos del poblado español su influencia fue menos uniforme que la misional. Era una fuerza cuyos efectos son más difíciles de resumir que en el caso anterior. Si los hechos en la comunidad misional eran asistemáticos, aislados y caracterizados por la influencia del misionero, los hechos en el poblado español y la vida en él están aún mas lejos de ser adecuados y completos. No hubo observadores con el tiempo disponible para describir la vida en tales comunidades y nos vemos forzados a confiar en los casos de juicios en cortes y escasos comentarios de los misioneros que los consideraban como una mala influencia sobre los indígenas. Ambas fuentes de información dan una imagen parcial y dirigida a lo negativo de la vida en el poblado.

Mientras avanzaban al norte de Nueva España los españoles planearon edificar pueblos o villas que pudieran ser el centro de la cultura española. En estos poblados estaba el centro del gobierno, un puesto militar, el palacio del gobernador y la cabecera de la administración española, las casas de las autoridades, las casas y tiendas de los pobladores que se dedicaban al comercio y a la manufactura, bodegas, iglesias, seminario y todas las demás estructuras necesarias para las actividades usuales en un centro de civilización española. Se fundaron pueblos hacia el este de la Sierra Madre al tiempo que las minas eran localizadas, el número de pobladores aumentaba y los indígenas se reducían; Zacatecas en 1546, Durango en 1563, Santa Bárbara en 1567, Parral en 1631 y Chihuahua en 1709. Como resultado de la penetración española y adelantándose al firme avance en el sur, Santa Fe se fundó alrededor de 1610 aunque sus ciudadanos fueron obligados a mudarse a El Paso por la rebelión de los pueblo en 1680. En el oeste se llevó a cabo un avance similar a través de Sinaloa que culminó en 1598 con la fundación del presidio y pueblo de San Felipe y Santiago en el río Sinaloa desde donde se procedió a la reducción de Sonora. Alrededor de 1720 San Juan Bautista se convierte en la capital de Sonora y continuó siéndolo hasta que el asiento gubernamental fue cambiado a Arispe en 1768.

Tales poblados eran diseñados como lugares donde las autoridades civiles y militares pudieran vivir tan plenamente como les fuera posible. Desde finales del siglo XVI en adelante los poblados fueron planeados en concierto con las direcciones reales; una plaza central, una gran iglesia al lado, el palacio de gobierno y otros edificios gubernamentales pero frecuentemente, como en los casos de centros mineros como Parral y San Juan Bautista, la topografía no permitía que las calles fueran planeadas en ángulos rectos y el poblado siguió la topografía del terreno como fue el caso de la mayoría de las ciudades en la vieja España. Ninguna de las capitales alcanzó el número de cinco mil habitantes durante el período español y la mayoría eran mucho menor como en el caso de San Juan bautista, Arispe y Santa Fe. A menos que fueran el centro de actividades mineras no tuvieron mucha población indígena. Aún en centro mineros, como San Juan Bautista y Santa Bárbara, la mayoría de la población indígena era más o menos transitoria y preferían mantener sus raíces en sus propios poblados incluyendo a las comunidades misionales.

Los pueblos capitales se convirtieron en lugares de residencia de los pobladores españoles que se dedicaban de una u otra forma a la administración del gobierno y otros involucrados en el comercio o minería. Los indígenas acudían a ellos para comprar artículos pero pocas familias se establecieron permanentemente en ellos. Sin embargo había un tipo de residente indígena. En el siglo XVII, en Santa Fe había todo un barrio de varios de cientos de indígenas traídos por Oñate desde Tlaxcala en el centro de México. Además los españoles reclutaban indígenas como sirvientes en las casas y para las labores generales. Muchos de ellos eran apaches, navajos o tobosos trabajando como sirvientes en cualquier poblado como Santa Fe y en los poblados de Sonora y Chihuahua y el número de ellos debió ser de miles. En todos los poblados había también indígenas que se encontraban pagando algún crimen bajo el sistema judicial español y a quienes se les ponía a trabajar para familias españolas por períodos largos o cortos. Tal vez también había indígenas que por varias razones abandonaron sus poblados y tomaban residencia en los poblados españoles donde pudieran obtener salarios o encontrar otra forma de subsistencia. Aunque muchos de los residentes españoles estaban involucrados generalmente en el comercio o en actividades del gobierno había también una población flotante que después de trabajar en sus minas o en otras ocupaciones se dirigían a los poblados en busca de trabajo. Muchos de ellos fueron registrados como mulatos o mestizos. Fueron descritos como ignorantes, supersticiosos y sin habilidad alguna. Se hicieron esfuerzos para controlar sus movimientos hacia los poblados fronterizos pero con poco éxito a pesar del acuerdo con las autoridades civiles y eclesiásticas de que se les consideraba indeseables y eran una mala influencia para los indígenas.

Bajo estas circunstancias los poblados estaban compuestos por dos grupos: por un lado estaba una población heterogénea y políglota de descendencias española e indígena y las familias de autoridades, comerciantes y mineros. Estos últimos mantenían un alto nivel de vida y ocupaban grandes y espaciosas casas. Por otro lado los indígenas y españoles pobres eran completamente dependientes del grupo de ricos y eran agregados a ellos como sirvientes o trabajadores que vivían en condiciones de contraste. Muchos de la clase alta eran casi población flotante, como los indígenas, y los oficiales asignados por el virrey eran cambiados con frecuencia y donde había minas las fortunas se hacían con rapidez o se agotaban y aquellos en conexión con ellas se mudaban. Debemos analizar los poblados como comunidades muy inestables pero en las que se desarrolló una clase pobre de familias españolas racialmente mixta, empobrecidas e imposibilitadas para mudarse.

Los pueblos mineros que no servían como cabeceras gubernamentales eran por lo general muy similares en características. Un número de ellos, como Parral en Chihuahua y Alamos en Sonora, estaban situados en áreas de minerales que no fueron agotados con rapidez y que continuaron a través del período español y crecieron como comunidades estables con una considerable población española. Los poblados de estas características eran pocos en número pero donde se desarrollaron se convirtieron en modelos visibles de la cultura española. En ellos era muy fuerte el sistema español de clases con grandes diferencias en los niveles de vida entre ricos y pobres. Una distinción aguda se hizo entre gente de razón, o clase alta de gente descendientes de españoles y otros de sangre mixta como indígena y español, negro y español, mezcla de los tres o indígena puro. Solamente la gente de razón participaba en el gobierno y controlaba las minas. Solamente la gente de razón tenía el capital para el desarrollo de negocios. Los matrimonios mixtos entre indígenas y españoles se daba solamente entre la clase mas pobre de los españoles y había muy poco de este intercambio con la excepción del territorio ópata. Cuando los indígenas fueron a los poblados se enfrentaron a un estilo de vida español que los excluía excepto como trabajadores y sirvientes. Se encontraron con distinciones de vestido y casa y no les quedó duda de que no se les exhortaba a vestir y vivir como la clase alta española. También se encontraron con una actitud que sostenía que la distinción entre pobres y ricos era un arreglo permanente sostenido sobre "lo sagrado de la pureza de sangre española" y que por ello no había esperanzas que indígenas y mestizos pudieran llegar a comportarse como los ricos españoles. Encontraron un énfasis en derechos por herencia, un gobierno autoritario y una falta de respeto por el trabajo manual. Muy pocos hicieron contacto con este aspecto de la cultura española mientras que miles eran influenciados por la cultura española en las comunidades misionales.

Los poblados mineros eran una importante influencia a través de Sonora. Existieron a lo largo y ancho del territorio ópata y de la pimería baja y fueron escenario de contactos extensivos e intensivos. Se nos ha dicho que los contactos con los ópatas se dieron sobre una base de igualdad y que como resultado se dio una considerable cantidad de matrimonios mixtos.

Otro tipo de establecimiento español que creció en importancia en Sonora fue el presidio. Este era un puesto militar de treinta a cincuenta soldado bajo un comandante residente sujeto a la dirección de una autoridad civil. Un presidio estaba compuesto de un fuerte de adobe, las casas de los soldados y sus familias si es que las tenían y corrales para los caballos; una parte importante del equipo militar. Los soldados también se involucraban en ocasiones en la siembra de cultivos. Un presidio era una extensión de la cultura española pero era solo un ejemplo de aspectos seleccionados. En Sonora, compañías de ópatas y pimas vivían por largos períodos en el vecindario de los presidios listos para las campañas contra los apaches junto con los soldados españoles y probablemente había bastante contacto de los soldados solteros con las mujeres indígenas y algunos matrimonios como consecuencia.

Fuera de las comunidades misionales los contactos más cercanos fueron con españoles interesados en la agricultura y la ganadería. Estos tomaron diferentes y variadas formas. A lo largo del valle del río Bravo en Nuevo México este tipo de contacto comenzó con el establecimiento de la colonia de Oñate en 1598 y hubo dos tipos de asentamientos. De gran importancia al inicio fueron las encomiendas otorgadas a los españoles que habían participado en la conquista de México que acompañaban a Oñate. Estas eran secciones de suelo entregadas a individuos para ser explotadas en repartimiento, con derecho de utilizar indígenas residentes en el suelo otorgado. No se otorgaron encomiendas en Nuevo México que incluyeran territorio de los principales asentamientos de los pueblo, pero se hicieron encomiendas en territorio de los tewas del norte de Santa Fe, de algunos tewas al sur de Santa Fe y muchos piros y otros al norte de El Paso. Era contra la ley para el receptor de la encomienda el vivir en su territorio entre los indígenas pero esta ley fue sistemáticamente ignorada en Nuevo México especialmente en territorio tewa. Los encomenderos forzaron a los indígenas pueblo a trabajar para ellos sin o con poca compensación y se reportó que se habían alterado las vidas de los indígenas al interferir con sus asuntos internos. Los empleados españoles de los encomenderos se mezclaron en matrimonio con los indígenas y gradualmente se apoderaron de las tierras. Se llevó a cabo una temprana absorción de familias indígenas diseminadas a lo largo y ancho del valle del río Bravo.

Otro tipo de establecimiento español influyó en los indígenas de Nuevo México. Esta fue la colonia de pobladores a quienes se les otorgó una porción de suelo como una porción de villa. Estos asentamientos estaban generalmente compuestos de soldados ordinarios que habían servido en las campañas mexicanas y se les había otorgado una porción de villa a cambio de sus servicios en la conquista. Algunos otorgamientos de este tipo fueron hechos a lo largo de los poblados indígenas existentes; otros se hicieron en áreas deshabitadas donde la irrigación era posible y había suelo de pastizal. Al principio hubo algunos choques con los indígenas sobre los derechos del suelo y algunos fueron obligados a abandonar sus antiguos asentamientos. Pero las relaciones pacíficas prevalecieron y se desarrollaron contactos e intercambios. Iniciaron los matrimonios mixtos con mujeres indígenas que se iban a vivir al asentamiento español y ocasionalmente al revés. De esta manera hubo relaciones amables entre españoles e indígenas y se dieron intercambios sobre una base muy diferente a la de las comunidades misionales y los poblados mineros. Hubo muchos préstamos culturales en técnicas de artesanía, preparación de alimentos, agricultura, lenguaje, curaciones y muchos otros aspectos en condiciones de igualdad. Aquí tal vez hubo tanta influencia de los indígenas a los españoles como al revés.

Situaciones similares se desarrollaron en Sonora y en Chihuahua. En estas áreas la colonización tuvo lugar más lentamente que en Nuevo México y hubo un momento -a finales del siglo XVII- en el que el sistema de encomiendas no estaba operando. Tomó más o menos la forma de ranchos aislados o haciendas muy diseminadas a lo largo del extremo oriental del territorio tarahumara y a través del centro y norte de Sonora en el interior del territorio pima y ópata. También hubo un considerable desarrollo de haciendas en territorio mayo. Los granjeros y rancheros empleaban mano de obra indígena y hasta cautivos comprados pero también trabajadores voluntarios en tiempos de siembra y cosecha a quienes se les pagaba en especie. Al vivir en lugares aislados los propietarios se vieron forzados -hasta un extremo mas allá que los mineros o los residentes de los poblados españoles- a ajustar su comportamiento a un estándar que los indígenas pudieran aceptar sin rebelarse. De ahí que sus ranchos y granjas eran escenario de relaciones pacíficas y de una considerable difusión del estilo español. Los misioneros buscaron incorporar en las comunidades misionales a este tipo de pobladores españoles cuando les fuera posible e insistían que los ranchos y granjas se asentaran cerca de las misiones. Aún así los rancheros y hacendados españoles tuvieron conflictos con los indígenas ya que frecuentemente -como fue el caso en Nuevo México- se apropiaban de tierras que estaban acostumbrados a utilizar y sus hatos de ganado molestaban sus asentamientos o utilizaban las fuentes de agua indígenas.

Las autoridades españolas apoyaban el programa para la incorporación de indígenas en la sociedad española. Su programa contrastaba con el de los misioneros aunque el rey exigía que lo reconocieran como esencial y muchos estaban convencidos de que así era. El programa de los misioneros tal vez se pueda resumir como un intento de incorporar a los indígenas a la sociedad española a través de una modificación gradual de las comunidades indígenas a través de continuas enseñanzas, demostraciones e instrucción y por medio de la aceptación del misionero como guía paternal o a través de la imposición forzada -cuando fuera necesario- de acudir a la iglesia y rutinas de trabajo. En contraste las autoridades civiles urgían la incorporación a través de la organización de indígenas dentro de las unidades políticas formales de España, de forzar los hábitos europeos de trabajo en minas y establecimientos de agricultura manejados por españoles, la producción de un tributo, la distribución de las tierras tribales a individuos indígenas y la fusión de españoles e indígenas a través de matrimonios mixtos y vida común en las mismas comunidades. El decir que los españoles que urgían estas medidas estaban pensando en términos de un programa de integración al Imperio Español en vez de pensar en sus propios intereses sería algo absurdo. La mayoría de las autoridades civiles que insistían en estas medidas estaban pensando en sus intereses personales o respondían al interés de los contratistas mineros, pobladores y otros habitantes españoles de la frontera norte. Pero la justificación oficial de las medidas era que estas eran básicas para la rápida y satisfactoria incorporación como ciudadanos españoles.

El esfuerzo de organizar todas las poblaciones indígenas hacia gobiernos establecidos semejantes a los gobiernos de España fue desde el principio política oficial en el norte de Nueva España. Involucraba la asignación de un gobernador entre los indígenas de cada poblado. Bastones de mando se distribuyeron a los individuos después de haber sido asignados. Entonces eran considerados como responsables de conservar la paz, para aplicar la disciplina cuando el misionero u otra autoridad lo requiera y servía como canal de comunicación con la autoridad española. Había variación a través de la región pero el patrón general era el siguiente: se suponía que cada poblado o villa tenía un gobernador como autoridad civil, un capitán como autoridad militar y policiaca y algunas veces había alcaldes que servían como jueces. Su autoridad derivaba de los españoles y ante ellos eran responsables. A los hombres del concilio (regidores) de los poblados en Nuevo México se les requería que constituyeran un concilio de gobierno para regir la comunidad. Varios tipos de asistentes titulados se introducían en diferentes áreas. Los períodos de gobierno eran por un año y se permitía que se eligieran por medio de elecciones aunque la aprobación española era requerida.

Hemos visto que era frecuente la práctica de autoridades civiles de relegar a los misioneros la asignación y selección de las autoridades de las comunidades y que el misionero asignaba su propio grupo de oficiales para la iglesia. Aparentemente, pocos gobernadores provinciales o aún alcaldes españoles tenían un contacto cercano con el grupo de comunidades bajo su jurisdicción para inspeccionar las asignaciones por lo que la responsabilidad -delegada por las autoridades civiles- cayó sobre el misionero, una situación que debió servir para unir el gobierno civil y eclesiástico en las mentes de los indígenas con una aparente cercanía mayor a la realidad. También sirvió para colocar al misionero en una posición de ventaja para conseguir la cooperación entre las autoridades civiles y religiosas indígenas. El gobernador y sus oficiales estaban bajo la supervisión de los alcaldes españoles que eran los administradores asignados por el gobierno español en su provincia. Hay muy poca información acerca de la poca y fragmentada comunicación entre los gobernadores españoles e indígenas. Sin embargo los canales existieron y fueron usados y se dio la gubernatura indígena o por lo menos se estableció una comunicación entre las autoridades indígenas y españolas fuera de los canales misionales. En Nuevo México las autoridades españolas hicieron uso continuo de los gobernadores nativos y los encargados de la recolección de impuestos. En Sonora y Chihuahua donde el tributo no fue establecido las relaciones entre los gobernadores nativos y las autoridades civiles españolas eran mínimas. Pero podemos decir que se alcanzó un grado de incorporación política a través de esta organización entre los indígenas.

El segundo aspecto del programa civil consistía en poner a los indígenas a trabajar tan pronto como fuera posible en empresas controladas por los españoles. En Nuevo México esto se hizo a través de la encomienda o del sistema de tributos. Se dieron los mismos abusos que en el centro de México forzando a los indígenas al trabajo hasta el extremo de resultar heridos por el exceso de trabajo. El sistema de encomiendas tuvo que ser alterado por la ley en Nuevo México como lo fue en todas partes y fue eliminado solo después de los disturbios en muchas comunidades tewa. El tributo era también una fuente de explotación que provocó que los misioneros de Nuevo México presentaran cargos contra los gobernadores de Nuevo México por obligar a los indígenas no solo a proporcionar tributo sino también textiles, sal, piñones y otros artículos para el comercio privado del gobernador. En Sonora y Chihuahua la principal forma de producción dentro del sistema económico español era principalmente la extracción de oro y plata. El tributo no se aplicaba de igual forma. Para 1725 la extracción del tributo era exigida por el alcalde Manje de Sonora y por otros ciudadanos, pero los jesuitas pudieron evitar que estas recomendaciones pudieran entrar en efecto. Recomendaciones por otros representantes del virrey a finales del siglo XVIII fueron ignoradas, principalmente por el miedo de atizar la hostilidad de yaquis y otros indígenas que permanecían en paz. Aunque el tributo no era utilizado como un medio para poner a los indígenas a trabajar como lo era en el sur, las minas ofrecían la oportunidad para hacerlo. La oferta de trabajo estaba al máximo en el siglo XVII en Chihuahua y a partir de 1680 en Sonora. Los emigrantes españoles no podían satisfacer la oferta. De ahí que las minas en Parral y Santa Bárbara se vieran forzadas a traer indígenas por cualquier medio. Cientos de tarahumaras fueron forzados al interior de las minas y no se les pagó o se les pagó inadecuadamente. Los indígenas de Sinaloa y de Sonora fueron traídos por cientos a las minas de Chihuahua hasta que las minas de Sonora se desarrollaron como en Ostimuri, Soyopa, Alamos, San Juan Bautista y muchos otros lugares y los indígenas de todas las tribus de Sonora, excepto seris y los apaches, fueron reclutados. Los abusos abundaban como siempre -forzarlos a trabajar, negación del salario, pagos atrasados, etc. El único recurso que tenían era el de protestar ante el misionero, esconderse de los grupos reclutadores o la rebelión. Todos estos métodos fueron utilizados y los abusos se redujeron considerablemente y la oferta de trabajo voluntario se incrementó. Los hábitos de trabajo de los europeos -una unidad de trabajo diario por una unidad fija de pago- se había establecido con éxito yaquis y tal vez entre ópatas. Los españoles se expresaban de los yaquis como trabajadores consistentes en las minas y tenían menos elogios para los ópatas pero no había reportes que indicaran que los tarahumaras o cualquier otro grupo satisficiera sus estándares. La incorporación por medio del trabajo tuvo un éxito parcial.

El tercer punto en el programa de las autoridades civiles era la distribución de tierra a individuales. Se había asumido al principio que esto era posible en cualquier momento después del período de diez años de excepción de impuestos. Como lo hemos visto esto no se llevó a cabo en ningún lugar en el noroeste de Nueva España. Comenzó a insistirse en Sonora como una medida para romper la solidaridad tribal desde principios de 1760. Se insistió repetidamente durante el período español y se tomaron medidas entre los yaquis y otros pero muy poca tierra fue titulada a nombre de los indígenas aunque una gran parte se tituló a nombre de los españoles. Las presiones de quienes querían adquirir las ricas tierras alrededor de las tierras indígenas procedieron por métodos ilegales. Fueron dadas garantías a villas indígenas en Nuevo México y unos cuantos títulos fueron entregados a individuales, pero en su mayoría este procedimiento de incorporación fue bloqueado por medio de la resistencia pasiva de los indígenas estimulado por los métodos administrativos de suelo comunal utilizados por los misioneros en la comunidad misional.

El cuarto aspecto del programa civil de integración también fue bloqueado -debido en parte a las dificultades provocadas por las características del medio ambiente en el noroeste. La colonización fue lenta desde el principio y consecuentemente la fusión biológica o cultural se retrasó. Los primeros colonizadores en Nuevo México se regresaron a casa en dos años; hacia principio del siglo XIX había solo cinco pueblos españoles de mas de mil habitantes y el total de la población no-indígena era de alrededor de dieciocho mil. Los pueblos crecieron rápidamente en el este de Chihuahua donde las minas eran ricas, pero estaban fuera del territorio tarahumara y solo una pequeña parte de la tribu fue asimilada. El establecimiento de los españoles fue lento en Sonora y cincuenta años después era difícil sobrevivir frente a los saqueos apaches y la población comenzó a disminuir en vez de aumentar. A través del siglo XVIII los reportes de los visitadores insistían en que debería promoverse la colonización por medio de "un tipo de españoles deseables". Pero los colonizadores no eran atraídos a un territorio en donde las minas se estaban agotando, los indígenas atacaban sin freno y casi todo el desarrollo de la agricultura se llevaba a cabo con altas probabilidades en contra.