Free Web space and hosting from freehomepage.com
Search the Web

 

PROGRAMAS DE CIVILIZACION INDIGENA

DE ESPAÑA, MEXICO Y ESTADOS UNIDOS

 

PARTE I

INTRODUCCION

La expansión de España en el nuevo mundo, al igual que la expansión de otras naciones europeas en América, Africa y Asia, fue una serie de hechos cuyo registro permanecerá incompleto para siempre. No se puede establecer la completa naturaleza de los hechos. No es que hubiera falta de comentaristas europeos -hubo muchos. Pero los nativos de las regiones invadidas eran analfabetas y por ello, lo que pensaban y decían acerca de lo que les estaba sucediendo no fue registrado adecuadamente. Especialmente de los primeros periodos, no existen fuentes de nativos acerca de sus reacciones al contacto con los invasores. Es cierto que las palabras de algunos líderes y que ocasionalmente el comentario del hombre común fueron registrados, pero estos registros fueron hechos por europeos y por ello es que las fuentes llevan la marca de la interpretación europea. Una vez tras otra, lo que parece ser un registro del punto de vista de los nativos es en realidad lo que los escritores europeos pensaron que los nativos estaban pensando.


Esta situación prevalece en los registros de contacto en la región que concierne a este volumen. Era raro el cronista español que estaba preparado para ejecutar la tarea de hacer un reporte moderadamente objetivo. Aunque a veces con simpatía, las fuentes españolas llevan el inevitable prejuicio de escritores de una cultura viendo a otros a través de las barreras de cultura y lenguaje. No existe forma de corregir este prejuicio. Es cuando salta la duda acerca de lo que los indígenas pensaban de la cultura española y de los españoles. Este vacío incapacita nuestra comprensión en algunos momentos del desarrollo humano.


Es particularmente en las primeras fases de contacto que el registro es totalmente unilateral. Uno busca en vano los registros de las primeras impresiones de los indígenas acerca de los españoles para compararlas con las primeras impresiones de los españoles acerca de los indígenas. Al continuar los contactos, los españoles aprendieron algo acerca de los indígenas, pero aun así en pocas ocasiones mencionan más allá de descripciones externas como ropa y las reacciones al comportamiento español -reacciones que se entendían como comportamiento normal del indígena. Por fortuna algunos indígenas fueron presentados en la corte -para testificar en contra de algún misionero acusado de maltrato, para responder ellos mismos ante el cargo de insubordinación o insurrección, para testificar en contra de algún gobernador en cargos de algún misionero, o para cualquier otra cuestión. En lo que se refiere al noroeste de Nueva España, es ahí donde las auténticas voces de los indígenas se pueden escuchar. Sin embargo esa situación era tan extraña, tan encuadrada en términos de cultura española, que muy poca información es revelada. En realidad, es hasta bien entrado el siglo XIX que los registros dejan de ser mudos y se expresan los sentimientos de los indígenas acerca de la transformación de sus vidas.


Se registraron los nombres de unos cuantos indígenas y algún escritor ocasional intentó hacer un boceto de simpatía -tal como el sorprendente boceto del líder ópata Sisibotari de Andrés Pérez de Ribas. Pero en realidad no existe una historia de los indígenas, solo la historia de los españoles y sus contactos con ellos. Algo se puede ver acerca de lo que estaba pasando y solo a través de un oscuro lente. En cuanto a lo que a los indígenas respecta, es historia sin cartas de sus principales, sin un solo documento estatal, sin diarios, sin cuadernos, sin periódicos ni memorándums. Solo los últimos cien años de nuestra época pueden ser considerados como fuentes de información de la vida indígena de manera comparable a las fuentes de la historia de los invasores.


Se puede hacer muy poco para aclarar este lente, pero por lo menos se debe mantener en mente la existencia de la distorsión. Nada ilustra los hechos de mejor manera que el recordar que ninguna de las tribus entra o mantiene un lugar en la historia con su propio nombre. Sus nombres les fueron aplicados de manera arbitraria por los españoles o por los angloamericanos. Hasta las comunidades de los indígenas pueblo donde uno podría esperar que los invasores adoptaran el nombre nativo, fueron renombradas y con una o dos excepciones, su nombre fue registrado de manera incorrecta.


Es con el pleno reconocimiento de que la información acerca de los indígenas mismos es de segunda mano y con terribles prejuicios, que en las páginas siguientes se expone la "historia" de los contactos de los indígenas con los españoles en el noroeste de Nueva España.


La historia de los contactos españoles e indígenas presentada aquí inicia en la última década del siglo XVI. Han pasado sesenta años desde el viaje de exploración de Coronado y la subyugación de los indígenas. Las exploraciones de Francisco de Ibarra y muchos otros dejaron en claro que existían suficientes indígenas en el noroeste como para que valiera la pena que los misioneros fueran a ellos y que también existía suficiente plata para los aventureros y los no-eclesiásticos. Desde el descubrimiento de plata en Zacatecas en 1546, misioneros y mineros avanzaron al norte hasta territorio indígena. Desde Compostela y Culiacán, misioneros y soldados avanzaron por la costa del oeste fundando presidios y misiones al progresar de tribu en tribu. La orden de los jesuitas llegó a México en la década de 1570 y comenzaron a explotar para sí la región del noroeste de Nueva España como su campo de trabajo misional. En veinticinco años los jesuitas se establecieron firmemente entre los indígenas de las montañas de la Sierra Madre y tan lejos como la frontera norte del estado de Chihuahua. Esta región había sido cristianizada como la Nueva Vizcaya, la provincia más al norte de España en el Nuevo Mundo. Toda una línea de vetas de plata fue descubierta en el lado este de la Sierra Madre, con doce minerales desde Zacatecas a Durango y finalmente Santa Bárbara.


Las tribus indígenas habían sido derrotadas o atemorizadas hasta ser subyugadas y estaban bajo la tutela de los misioneros. Los jesuitas se establecieron sólidamente entre los tepehuanes y estaban planeando su próximo movimiento en territorio de los tarahumaras, vecinos de los tepehuanes. En 1600 este era su avance más al norte de la Nueva Vizcaya. En la costa, un hábil líder militar, el capitán Diego de Hurdaide avanzaba armado de su espada y su firmeza hasta el río Sinaloa, donde fundó un pueblo español. Su plan era el de trabajar con los hostiles indígenas de la región desde su cuartel, y abrir el camino para los misioneros. Hurdaide, era el protector de los jesuitas y lo tenían en alta estima; su celo estaba a la altura del de sus protegidos y lanzó una fuerte campaña para el continuo avance de la espada y la cruz al interior que ahora se comenzaba a llamar Sonora. Fue de esta manera que los jesuitas bien provistos de protección militar empujaron más allá de las misiones de las montañas del oeste de Durango al interior de las poco conocidas regiones de Nueva Vizcaya y Sonora.


Mientras tanto, en 1598, y en contraste con el avance jesuita de tribu en tribu, se llevó a cabo un salto más allá de territorio conocido entre Durango y "Tiguex", el sitio de campamento de invierno de Coronado en 1540-41. Juan de Oñate y trescientos colonos, protegidos por soldados y acompañados por unos cuantos misioneros franciscanos, salieron a establecerse en el río Bravo en lo que pronto sería conocido como Nuevo México. De esta manera se había iniciado el proceso para establecer dos fronteras al mismo tiempo, una en el sur donde el lado misionero del avance español estaba bajo la dirección de los jesuitas y otro en el norte donde los franciscanos comandaban las misiones.