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MAYOS Y YAQUIS

Del otro lado de la Sierra Madre, la conquista española fue contrastante. Dos de las principales tribus que mantuvieron sus identidades hasta entrado el siglo XX fueron los mayos y yaquis de la lengua cahita. Tenían un lenguaje y antecedentes culturales casi idénticos, pero sus reacciones a los primeros españoles fueron muy diferentes. Los mayos buscaron una con los españoles por los primeros doscientos años de contacto. Por otro lado, los yaquis se resistieron a la invasión armada casi desde el principio y fueron capaces de poner sus propias condiciones para la entrada de los misioneros.

Los primeros contactos de importancia tuvieron lugar en 1533 cuando subiendo por la costa oeste y tomando esclavos, Diego de Guzmán tuvo una pequeña batalla con los yaquis en las riberas del río Yaqui. Su fuerza dispersó a los indígenas pero perdió los ánimos de conquista y no le dio seguimiento a su victoria. Se impresionó bastante con la fiereza de los yaquis. Uno de sus soldados cimentó la reputación de los yaquis como guerreros al escribir que en ninguna parte de Nueva España había visto tal valentía en el campo de batalla. Cuando Francisco de Ibarra llegó a territorio yaqui después de salir de Zacatecas en una expedición en espera de encontrar nuevas minas de plata. Fue recibido de manera amistosa y pasó parte de 1564 en una de sus rancherías y les pagó su generosidad ayudándoles en una batalla contra los mayos.

Fue de esta manera que los primeros contactos de mayos y yaquis con los españoles fueron tanto amigables como hostiles. En 1583 se fundó la ciudad que se convertiría en el principal centro de operaciones españolas en el noroeste a trescientos cincuenta kilómetros al sur del río Yaqui. A orillas del río Sinaloa, San Felipe y Santiago se convirtió en el cuartel general del capitán Hurdaide en 1599 y desde aquí lanzó una campaña militar que trajo como resultado la total subyugación de los indígenas del río Fuerte -los sinaloas, tehuecos, zuaques, y ahomes. Un poco después del año 1600 estos indígenas estaban bajo dominio español y había jesuitas trabajando entre ellos. Con excepción de los ahomes, todos se habían opuesto y Hurdaide tuvo que hacer gala de su habilidad como comandante militar para poderlos someter. Todos ellos eran cahitas y estaban en contacto cercano con los mayos y yaquis. Al desarrollarse el trabajo de misioneros, los mayos enviaron representantes para inspeccionar las iglesias y para formarse una idea de lo que los misioneros ofrecían. Los líderes mayo se sintieron tan impresionados que pronto había cientos de ellos visitando y familiarizándose con las actividades de los jesuitas. Hacia 1601, los mayos solicitaron que les enviaran misioneros y Hurdaide fue a la Ciudad de México a solicitarlos. Los jesuitas adicionales no estaban disponibles en esos tiempos en que las relaciones entre españoles y mayos seguían siendo favorables. En 1609 Hurdaide hizo un tratado con los mayos para actividades de defensa y de ofensiva.

Con la agresividad que le caracterizaba, Hurdaide continuaba sus operaciones al norte. En 1609 estaba pacificando los ocoronis, otro grupo cahita del norte de Sinaloa. Llegó hasta el río yaqui en búsqueda de una banda de ocoronis, donde los yaquis, con el liderazgo de Anabaletei o Aniabailutek, se negaron a darles permiso para pasar al interior de su territorio. Su firmeza los obligó a llegar a un acuerdo pacífico. Se le convenció de que entregara a dos líderes de los ocoronis. De acuerdo a las fuentes españolas los yaquis no cumplieron el trato de entregar a Lautaro y a Babilomo, en lugar de ello mataron a los indígenas cristianos que fueron enviados a recibirlos.

Hurdaide no estaba preparado para entrar en combate y se regresó para reunir una fuerza más grande. Fue derrotado después de regresar con doscientos indígenas y cuarenta soldados españoles. Entonces reunió todos sus recursos y juntó al más grande ejército jamás reunido en la parte norte de México -cuatro mil indígenas de infantería y cincuenta soldados españoles de caballería. Fue derrotado después de una sangrienta batalla que duró todo un día con su noche donde fue herido y casi capturado. Se reportó que los yaquis habían puesto en el campo de batalla a siete mil soldados que pelearon con gran tenacidad y valentía. Dispersaron completamente al ejército de Hurdaide y el capitán apenas pudo escapar en compañía de unos cuantos de sus hombres. Por casi un año las cosas permanecieron inmóviles, los españoles eran incapaces de renovar la pelea y los yaquis no hicieron ningún esfuerzo por llevar la pelea más al sur.

Luego, para sorpresa de los españoles, los yaquis solicitaron la paz. Este era un hecho sin precedentes en sus crónicas de historia militar. El motivo de la reacción yaqui es incierto aunque hubo dos versiones; una sostenía que Hurdaide había hecho circular historias acerca de la llegada de refuerzos por vía marítima; la otra era de que los yaquis estaban tan impresionados por la valentía de los españoles y por el milagroso escape de Hurdaide, que consideraron que una alianza era mejor a continuar con la lucha.

Hechos posteriores indican que los yaquis estaban ansiosos de hacer la paz con españoles e indígenas vecinos, y sobretodo querían que los misioneros jesuitas vinieran y trabajaran entre ellos. Tal vez sus decisión haya sido influenciada por los reportes de los mayos acerca del trabajo de los misioneros en territorio tehueco y ahome. Por la forma de trabajar de los jesuitas estaban ganando gran prestigio entre los indígenas. En algún momento los yaquis comenzaron a negociar con Hurdaide a través de los líderes mayos -Osameai y Botisuame. El líder yaqui que manejaba las negociaciones era un hombre llamado Conibemai, un hombre influyente en el posterior periodo de la entrada de los jesuitas. Conibemai tuvo que sobreponerse a la resistencia de jóvenes yaquis para poder lograr un tratado de paz.

Las fuentes españolas describen el tratado como una alianza de defensiva y ofensiva que exigía que los yaquis entregaran a Babilomo y a Lautaro junto con las armas y caballos que les habían arrebatado a los españoles y estar de acuerdo a permanecer en paz con los indígenas de la región. Hurdaide invitó a un grupo de líderes yaquis a venir a San Felipe y Santiago para completar las negociaciones y donde pudieran arreglar una ceremonia. Las fuentes españolas no indican que los españoles hubieran tenido que aceptar condiciones pero es un hecho que no intentaron instalar personal civil o militar en territorio yaqui dentro de la década siguiente y cuando finalmente enviaron misioneros, estos llegaron sin escolta militar. En otras palabras, parecía ser que los yaquis habían logrado imponer el punto de vista de que se consideraban autónomos y no bajo la dominación que las demás tribus de la región habían aceptado.

Tuvieron que pasar siete años antes de que los requerimientos yaquis por misioneros pudieran ser satisfechos. Mientras tanto, en 1614 los jesuitas comenzaron a trabajar entre los mayos. Un solo misionero, Pedro Méndez en compañía de Hurdaide y de un grupo de soldados, fueron a Camoa donde los esperaban los mayos. La entrada fue triunfal. En las dos semanas que Méndez viajó a lo largo del río, de ranchería en ranchería, bautizó a más de tres mil seiscientos niños y adultos. En un lapso de cuatro años había bautizado a dieciséis mil y los mayos estaban trabajando duro en la construcción de las iglesias donde Méndez planeaba reducirlos en siete poblados. Para 1620, habían bautizado a treinta mil y llegaron tres misioneros y el territorio mayo fue organizado en tres partidos con misiones en Camoa, Navojoa, y Etchojoa. Además, los dos grupos cahitas que habitaban río arriba - dos mil quinientos tepahues y conicaris- fueron puestos bajo disciplina misional. La aceptación del sistema misional por parte de los mayos se había completado en seis años y la reducción a la vida en pueblos iba por buen camino.

La aceptación yaqui del sistema misional fue aun más rápida. En 1617, los misioneros Pérez de Rivas y Tomás Basilio, acompañados de dos líderes yaquis y sin soldados, llegaron a la parte este del territorio yaqui. Además de los acompañantes yaquis, iban con ellos unos tehuecos cristianos para servir como padrinos en las ceremonias de bautizo. Fueron recibidos por miles de yaquis que llevaban en sus manos pequeñas cruces de madera. Habían colocado arcos de caña para que los misioneros pasaran a través de ellos al frente de las procesiones. En el primer día bautizaron a doscientos. Dentro de dos años se había bautizado a casi treinta mil y habían sometido a los líderes a ceremonias de matrimonio. Se construyeron edificios sencillos para los servicios religiosos. Desde el mar y toda la parte baja del río Yaqui, vinieron yaquis a ser bautizados y a ayudar en la construcción de las iglesias. Siete misioneros trabajaban diseminados en las ochenta rancherías a lo largo del río Yaqui, para concentrarlos a vivir en los ocho pueblos donde se habían construido iglesias. Seis años después de la llegada de los misioneros se construyó una capilla de piedra en el más céntrico de los nuevos pueblos -Torim- y los yaquis le dieron permiso a Hurdaide que les hiciera una visita y que cabalgara con unos pocos de soldados desde Los Hornos hasta Belén, a todo lo largo de su territorio. En 1623 le permitieron que asignara autoridades -gobernadores, jueces, y policías- en los nuevos pueblos. Todos los oficiales eran indígenas. Torim se convirtió en la base del rectorado de una nueva misión en Sonora y de un periodo de ciento veinte años de desarrollo religioso y económico en el río Yaqui.

Los próximos sesenta años fueron de una inusual tranquilidad para un puesto de avanzada de la civilización española. No llegaron colonos a Ostimuri, el nombre que se le había dado a esta región entre los ríos Mayo y Yaqui. Ningún pueblo creció al norte del río Fuerte, donde el Fuerte de Montesclaros fue construido en 1610 y esto estaba a más de ciento sesenta kilómetros al sur de los yaquis. No había minas a lo largo de los ríos Yaqui y Mayo y no fue sino hasta tiempo después que se abrieron minas en la parte montañosa al este de su territorio. Tanto los mayos como los yaquis acudían a misa y aprendían el ritual católico con un interés que era excepcional dentro de cualquier experiencia jesuita. Aparentemente no existía la tendencia a la rebelión y tan solo una dificultad ocasional con personas que los jesuitas llamaron brujas. La nueva religión estaba logrando una pacífica integración con las creencias y prácticas indígenas. Algunos misioneros como Andrés Egidiano de Bacum, aprendieron el lenguaje y lo utilizaron para enseñar y predicar. Egidiano pasó veintisiete años en Bacum y llegó a ser muy querido por los yaquis. El gobierno de los pueblos, excepto por el capitán general, estaba en manos de los mismos indígenas. Trabajaban sin fricciones con los misioneros en la construcción de iglesias y de la vida religiosa que se centraba en ellas, y en el aumento de la producción agrícola. Siete pueblos misionales sobre el río Mayo y ocho sobre el Yaqui se habían convertido en prósperas comunidades. Los únicos problemas serios eran las apariciones de epidemias, particularmente una que en 1641 que azotó a las comunidades del río Mayo. Estas perdieron a la mitad de su población en los siguientes cincuenta años de su conversión, aunque los pueblos yaquis no fueron azotados con tanta fuerza y pocos indígenas murieron. Por dos generaciones hubo una pacífica integración de las culturas española y cahita.

En 1684 la situación comenzó a cambiar. Una de las minas de plata más ricas del noroeste de México fue descubierta en Alamos. Esto atrajo a españoles y a indígenas de las misiones. Los españoles comenzaron a tomar tierras y a construir haciendas en la región mayo que fue azotada por la epidemia. Las invasiones continuaron lentamente. Las tierras del río Yaqui estaban relativamente lejos de Alamos y la población yaqui era aun muy densa como para permitir la invasión de tierra. Los misioneros introdujeron trigo, vacas y caballos a las prósperas comunidades yaquis. Se construyó un puerto en Médano, en la desembocadura del río Yaqui y graneros en Bacum, Torim y Huirivis, al tiempo que la gente de Huirivis comenzó a aumentar sus hatos ganaderos. A partir de 1680 los jesuitas comenzaron a surtirse de granos y ganado de los excedentes yaquis para continuar el trabajo misionero en la Baja California y norte de Sonora. El tributo todavía no era requerido y gracias a ello las misiones fueron fuente de prosperidad para yaquis y mayos.

Para la década de 1730 las típicas dificultades de la frontera española comenzaron a desarrollarse. Al aumentar la minería en Alamos y el norte de Sonora, más colonos españoles entraron a la región. Con la llegada de estos se inició la invasión de tierras y comenzaron las fricciones entre indígenas y españoles. Se formaron haciendas cerca de Navojoa y a lo largo del río Mayo en las mejores tierras, era obvio que la combinación del trabajo del misionero y la obra de mano indígena habían desarrollado excelentes tierras de pastoreo y de agricultura. Pronto creció el resentimiento contra los misioneros por su control de tan valiosas tierras. Las fricciones aumentaron cuando el coronel Huidobro fue nombrado gobernador de la Provincia de Sinaloa, adoptó una postura de antagonismo al programa misionero y se alió con hacendados de la región de Etchojoa sobre el río Mayo. Las serias señales de descontento indígena aumentaron en la década de 1730 y culminaron con la primer rebelión mayo-yaqui en 1740.


Las causas precisas de la rebelión permanecen en la oscuridad. Era obvio que la causa general era la enemistad entre autoridades religiosas y civiles, pero solo podemos especular acerca de la naturaleza de la situación entre los indígenas. Como siempre, los jesuitas tenían una versión y las autoridades civiles otra. Parece ser que un yaqui de nombre Juan Ignacio Muni tuvo diferencias con el misionero de Huirivis -tal vez provocada por el injusto azotamiento de un pariente. Muni buscó el apoyo del gobernador Huidobro y este lo apoyó contra los misioneros. La pequeña dificultad se salió de proporciones cuando Huidobro no tomo acción contra nadie. Parecía ser que Muni tenía influencias y tuvo el apoyo de mayos y yaquis. Pero el problema siguió sin aclararse y Huidobro era tan incapaz que perdió el apoyo general y nadie confiaba en él -ni misioneros ni indígenas. Esto se prueba con el hecho de que en 1738, Muni y otro líder -Bartolomé, se sintieron obligados a ir a la Ciudad de México a poner una queja. Estuvieron ausentes por dos años y cundió el rumor de que lo habían encarcelado o asesinado.

Al crecer el rumor, un indígena llamado Juan Calixto comenzó una rebelión. La lucha comenzó en 1740 con la muerte de un gobernador de un pueblo mayo. Esto sugiere que el foco de fricción estaba en la asignación de los gobernadores, un campo de influencia de los misioneros. La rebelión creció bajo el grito de "¡Viva el Rey, Viva la Bendita María, Abajo con el mal Gobierno!". Calixto reunió un ejército de seis mil hombres y en poco tiempo tomó posesión de todos los pueblos de los dos ríos. Los españoles huyeron al sur, lejos de territorio yaqui, con la excepción de unos pocos que se quedaron con Huidobro en Alamos.

Con Huidobro fuera de combate, la pelea se dirigió a territorio de la pimería baja en Tecoripa donde se encontraba el teniente Vildósola. La pimería baja, yaquis y mayos se unieron en la pelea contra los españoles, la mayor parte de ellos eran yaquis, comandados un yaqui llamado Baltazar, lanzaron un furioso ataque que fue rechazado por Vildósola y cerca de ahí otro grupo de indígenas fue derrotado. Vildósola le dio seguimiento a su ventaja con continuos ataques a lo largo del río Yaqui. Derrotó a un gran número de indígenas en Cerro del Tambor en las afueras de territorio yaqui para luego enfrentarse con el grueso del ejército en Otamcahui (Cerro de los Huesos). Vildósola reportó la muerte de cinco mil indígenas en el curso de las dos batallas con que se rompió la rebelión. Mientras tanto Muni y Bernabé habían regresado de la Ciudad de México. Muni inició el proceso de paz y al finalizar el año de 1740 la pelea había llegado a su fin. Huidobro nombró a Muni capitán general de la región mayo y yaqui.

La rebelión fue tan costosa para los españoles como para los indígenas. Murieron más de mil españoles y más de cinco mil indígenas. Con la excepción de Alamos, cada mina y hacienda en los territorios de la pimería baja, mayo y yaqui habían sido abandonadas y todos los misioneros expulsados. Grandes cantidades de ganado murieron o huyeron. Se había creado una atmósfera de sospecha y desconfianza. Huidobro fue reemplazado por Vildósola quien intentó gobernar con mano de hierro. Acusó a Muni, a Bernabé, a Calixto y a Esteban, un mayo de Etchojoa, de haber intentado eliminar o expulsar a los españoles de la región y nombrar a Muni "Rey" de yaquis y mayos. Se ejecutó a los cuatro líderes y se deportó a todos los sospechosos. Vildósola instituyó toda una serie de medidas restrictivas. Para que un indígena pudiera salir de su pueblo tenía que tener el permiso de su misionero, se obligó a un enorme número de indígenas a trabajar en minas y haciendas donde se les obligaba a rezar y se construyó un presidio en Buenavista, en la frontera de los territorios yaqui y pima. Después de ciento veinte años se había desarrollado la típica situación fronteriza en el territorio mayo-yaqui - y también de manera típica Vildósola fue obligado a renunciar por mal manejo de fondos después de seis años en el cargo.

Después de la rebelión, los misioneros regresaron a sus misiones y hasta su expulsión en 1767, se pasaron los próximos veintiséis años recuperando el terreno perdido. Aunque las misiones no habían sido destruidas, la actitud de los indígenas era diferente y el antiguo nivel de prosperidad nunca fue recuperado. Continuó el declinamiento de la población mayo al grado que para la expulsión de los jesuitas había tan solo una cuarta o quinta parte de ellos; menos de seis mil. También la población de los yaquis mostró un declinamiento con una población estimada en veintitrés mil. Sin embargo gran parte de este declinamiento puede ser más ficticio que real, dado que tanto mayos como yaquis habían comenzado a emigrar. El inspector y visitador eclesiástico reportó en 1760 que "miles" de yaquis vivían temporal o permanentemente lejos de los pueblos del río. Se decía que hasta dos mil de ellos estaban trabajando en las minas de Soyopa. Muchos más estaban diseminados en otros distritos mineros de Sonora, Sinaloa, Durango y Chihuahua. También hubo yaquis que cruzaron las montañas para trabajar en los sistemas de riego en haciendas de Durango y Chihuahua. Parral, Santa Bárbara y otros poblados del altiplano reportaron grandes colonias de indígenas de Sonora. Esta emigración provocó el desánimo de los misioneros y las autoridades civiles se dieron cuenta que las anteriormente prósperas misiones de Sonora habían entrado en declinación.

La reacción de los jesuitas fue de intensificar su trabajo entre los mayos y yaquis que aun permanecían con ellos. Además de continuar dando ánimos para el desarrollo de la agricultura, fundaron escuelas -una en Navojoa y otra en Racum. Cada año traían a dos niños de cada pueblo y los vestían con uniformes en azul y rojo y les daban clases de escritura y lectura así como de instrucción cristiana.

Las autoridades estaban preocupadas por el estancamiento y pensaron en formas y maneras para aumentar las actividades económicas. Era necesario establecer vías marítimas para estimular el comercio dadas las malas condiciones de los caminos que los aislaba del resto de Nueva España. También era necesario aumentar la circulación de moneda y estimular dos formas de colonización. En ese momento se consideraba que la poca colonización española era la causa de las malas condiciones de la economía. Se propuso que se trajeran más españoles a la región de los presidios para protegerlos de los indígenas con este tipo de "pared humana" y dar un ejemplo de buen trabajo a los indígenas. Al mismo tiempo se proponía que se seleccionaran españoles para ser introducidos en los mismos pueblos indígenas. Las autoridades civiles pensaban que solo españoles con "cierto carácter" sería la base para el desarrollo de la región.

Al tiempo que los jesuitas fueron expulsados, había diez misioneros en territorio mayo-yaqui, una quinta parte de todos los que estaban en Sonora. Su obligada salida trajo como inmediata consecuencia la desintegración de las comunidades misionales mayo-yaqui. Los cuatro franciscanos llegaron a sustituirlos fueron incapaces de ejercer control. Los Comisionados Reales que fueron enviados a manejar las propiedades de los jesuitas hicieron muy mal su trabajo. Gran parte de los recursos de los jesuitas fue utilizada para una campaña contra los seris del norte y todas las propiedades de la misión entraron en un estado de improductividad. La mala administración local que se debía a la falta de confianza de los indígenas en los nuevos misioneros junto con la corrupción de las autoridades civiles, provocó una gran desorganización. Se reportó que ya no existía el gobierno de los pueblos y que muchas familias indígenas se mudaron de los pueblos y se diseminaron. El estado de declinación aumentó con las inundaciones del río Mayo en 1770.

El abandono de las misiones y el creciente interés de la población española sobre los recursos indígenas trajo como resultado un programa de secularización de misiones en 1771. El nuevo personal era inadecuado en cantidad y en capacidad. Los curas seculares diferían con mucha frecuencia así que de hecho no existía un programa estable que ocupara el lugar del programa jesuita. Poco a poco se hizo obvio que el nuevo régimen estaba destinado a servir a los intereses del gobierno civil. El programa fue administrado de manera deficiente y se creó todo un nuevo clima de relaciones entre indígenas y españoles, el mismo que creció en la época de Huidobro y Vildósola. Las ideas clave del nuevo programa eran los impuestos y la asignación de lotes. El primero significaba recursos el gobierno a expensas de los indígenas y la oportunidad de explotar su mano de obra bajo la protección oficial. El segundo significaba una oportunidad para que los españoles obtuvieran tierras por medio de la compra o de la asignación después de que se les hubiera asignado a los indígenas.

Nunca se había requerido que los mayos y yaquis pagaran tributo dado que se creía que no estaban listos para la ciudadanía. Ahora, en 1772 el gobernador de la provincia ordenaba la asignación de lotes y trabajaba en un plan para que pagaran impuestos. Las autoridades creían que el pago forzado era peligroso. Tenían miedo de la fuerza de los yaquis, por lo que se usó la persuasión y esta no fue efectiva. El gobierno evitó llevar a cabo la división de tierras aunque se elaboraron planes y se dio un pequeño inicio. Parecía ser que la resistencia indígena era los suficientemente fuerte como para que las autoridades tuvieran miedo de llevar a cabo el programa. De nuevo se ordenó la división de tierras en 1778, pero solo una pequeña proporción de tierra fue asignada.

Los yaquis tuvieron suerte con un cura que fue asignado a la iglesia de Torim -Don Francisco Joaquín Valdez. Pasó veintitrés años de base en Torim y obtuvo gran prestigio entre los yaquis. Era un hombre con una educación inusual; tenía un grado universitario. Su principal interés radicaba en la elaboración de productos para obtener un balance con la economía de agricultura de subsistencia. Instituyó un programa de asistencia técnica y fundó una escuela en Potam. Impulsó la crianza de ovejas y la producción de índigo y algodón. En 1774 consiguió un técnico y un telar para la manufactura de textiles y consiguió que los yaquis tejieran para la producción comercial. Se fundó una fábrica de calcetines en Potam y se introdujo la elaboración de sombreros. También se reportó que había entrenado indígenas en carpintería, albañilería, y fundición de metales. No se sabe cuanto de esto había sido iniciado por los jesuitas, pero parece ser que la industria de la manufactura tuvo un gran empuje como resultado de sus esfuerzos.

A partir de la salida de Valdez para tomar otra iglesia, regresó declinación económica. Hay reportes que indican una disminución del respeto por las autoridades, un declinamiento de su industriosidad y de la gente de los pueblos mudándose a las lomas y áreas rurales. Esto convenció a los españoles de que los yaquis estaban regresando a su estado pre-misional. Hubo disputas por la invasión de españoles a tierras en territorio yaqui en Los Hornos. Se sintieron problemas entre el gobierno del pueblo y el capitán general asignado por el gobierno. No se conoce la cantidad de infiltración española en las comunidades pero crecía con firmeza. Los descontentos y las fricciones provocadas obligaron al gobernador a ordenar la desaparición de la Compañía Arco Yaqui. Esto indicaba el miedo de las autoridades ya que esta era una medida de persuasión para no enemistarse con los yaquis.

Los contactos mayo-yaqui con los españoles presentan una cantidad de agudos contrastes en comparación de los contactos entre tarahumaras y españoles. Sobresale la falta de rebelión y conflicto armado en los primeros cien años. Se puede señalar que la causa principal era la falta de conflicto entre los mismos españoles durante el primer siglo de contacto. Los conflictos de interés entre reclutadores de trabajadores para la industria minera y los misioneros fueron un aspecto de la vida tarahumara desde el inicio de los contactos pero estos conflictos no se desarrollaron en territorio mayo-yaqui antes de la década de 1730. Solo se les exigió que se ajustaran a los programas misionales. Eventualmente los conflictos entre los intereses de los misioneros y la población civil afectaron el sistema de misiones, pero esto tuvo lugar solo después de un largo periodo de que la disciplina misional y la reducción hubiera alterado sus vidas.

A diferencia de los tarahumaras, los yaquis y los mayos estaban concentrados en áreas relativamente pequeñas cuando los españoles irrumpieron en la escena. Cada tribu tenía una población de alrededor de treinta mil (de acuerdo a los registros jesuitas) que vivía en las riberas de los ríos Mayo y Yaqui. La extensión dentro de la cual vivían era en cada caso de noventa kilómetros de largo y de entre quince y veinte kilómetros de ancho. Ribas reportó en 1617 que los yaquis vivían en ochenta rancherías. Esto quería decir que posiblemente el promedio de población de cada ranchería era de trescientos cincuenta individuos. Además, las rancherías de mayos y yaquis eran de diferente tipo a las de los tarahumaras. Mientras que cada hogar tarahumara estaba separado de su vecino, las rancherías de los mayos y los yaquis eran más compactas con distancias que variaban desde unos cuantos metros hasta cien metros entre una casa y otra. No se sabe cuanto tiempo tomó la reducción de la población. Parece ser que fue una tarea que se completó rápidamente basada en la devoción de un particular grupo de imágenes católicas que los misioneros trajeron para cada una de las ocho iglesias. El punto es que los yaquis y mayos eran una población que ya estaba concentrada cuando los jesuitas iniciaron su trabajo. Así que el programa de reducción de los misioneros no entraba en conflicto con una forma de vida ya desarrollada, sino que estaba en harmonía con los desarrollos culturales que ya estaban en camino.

Tanto los mayos como los yaquis ya tenían un alto grado de conciencia tribal que fue estimulado por la concentración de población. Las guerras que existían entre mayos y yaquis desde antes de la llegada de los españoles también fueron un factor para la cohesión tribal. Los misioneros mencionaron que ambos grupos estuvieron aislados de los demás grupos durante los primeros años de contacto. Los misioneros tal vez se referían a la exclusividad tribal que separaba a los mayos y a los yaquis de otros grupos de lengua cahita.

Evidentemente que esta conciencia tribal traía consigo un considerable grado de organización que unía las rancherías en unidades tribales capaces de hacer la guerra o la paz con otros grupos. Esto se indica no solamente en los primeros contactos sino a través de la historia yaqui y hasta cierto punto también de la historia mayo. Era obvio que los españoles estaban tratando con una tribu organizada. Cuando los mayos hicieron un tratado, lo mantuvieron y no existen evidencias de que un pueblo o grupo de pueblos lo haya violado. Lo mismo se aplica para los yaquis, como lo prueba su unión frente a la oposición a Hurdaide cuando pelearon unidos en un intento de proteger todo el territorio y sus ochenta rancherías. Aun frente a la resistencia dentro de la tribu, fue posible que los yaquis hicieran un tratado y lo mantuvieran. No existen evidencias de separación aun después de que llegaron los misioneros. Los problemas que tuvo el jesuita Basilio fue con individuos que nunca ganaron importancia. El tipo de fraccionalismo que se hizo obvio en territorio tarahumara fue un fenómeno tardío entre los yaquis aun durante la rebelión de 1740. Todo esto después del primer siglo de contacto.

El programa jesuita fue muy afortunado por el alto grado de organización que existía en ambos grupos. Entre los tarahumaras tuvieron que trabajar casi individuo por individuo. Además, al trabajar desde la periferia del territorio tarahumara crearon divisiones entre la gente al establecer comunidades misionales en las áreas periféricas, mientras que otras comunidades totalmente conservadoras en el interior permanecían sin contacto español. En contraste, en las orillas de los ríos Mayo y Yaqui ambos grupos fueron traídos en su totalidad al sistema misional de manera que no hubo divisiones entre comunidades cristianas y no-cristianas. En cada caso, el programa fue aceptado por la tribu aunque hubo casos de individuos y familias que rechazaron el bautismo y el contacto cercano con los misioneros. Tal vez hubo rancherías completas que continuaron fuera del sistema de misiones por algún tiempo, o posiblemente durante todo el periodo jesuita, pero esta eran una pequeña minoría que no era motivo de preocupación para los misioneros. Definitivamente que el liderazgo era capaz de trabajar de manera efectiva en unión de todas las comunidades como lo prueba su responsabilidad en los tratados con los españoles y en su invitación a los misioneros. Existen suficientes datos para comprobar que este liderazgo nunca dependió de características personales, sino que tenía bases democráticas a través de las que se podía expresar el deseo popular. A pesar de que los misioneros adquirieron profundos conocimientos de la vida indígena, no mencionan el nombre de los líderes con frecuencia. Por ello es que se duda que la organización fuera el resultado de cualidades individuales en un líder en particular.

Había una considerable compatibilidad entre lo que querían de sus líderes y lo que los misioneros querían de ellos. Esto se indica por su disponibilidad para aceptar la organización religiosa, gobierno comunitario, y el sistema educativo introducidos por los españoles. Uno de los más constantes comentarios de los misioneros era el celo con el que seguían el calendario de ceremonias. También se sorprendieron por la rapidez con que mayos y yaquis aprendieron himnos y oraciones, y de las ansias de los que aprendían por enseñar a otros. Aun así, tenemos muy poca información sólida sobre la cual tener una mejor comprensión acerca de los puntos de harmonía y conflicto en las dos formas de pensamiento religioso. Tan solo podemos inferir que se encontraron algunos puntos de congruencia y que las técnicas utilizadas por los misioneros, en vez de interferir, favorecieron la mezcla de ambos formas de pensamiento.

Es una desgracia que no podamos reconstruir algo confiable acerca de las condiciones que llevaron a los indígenas a estar tan deseosos de nuevos rituales y creencias como para invitar los jesuitas a venir. Está muy claro que los jesuitas gozaban de gran prestigio en toda la región. También queda claro que después de sus primeras visitas de inspección a El Fuerte, los mayos sabían bastante acerca del trabajo de los misioneros y lo aprobaban, aunque no sabemos exactamente que fue lo que los impresionó. No existen evidencias de la existencia de cambios religiosos dentro de los que los misioneros pudieran encajar, ni la necesidad de algún tipo de técnicas de sanación. Esta falta de información nos lleva de regreso a la hipótesis de que existía un gran nivel de compatibilidad entre lo que los indígenas tenían y lo que los misioneros ofrecían.

Por supuesto, existe la posibilidad de que el gran prestigio de los jesuitas descansara más sobre sus habilidades en la organización económica y no tanto en el aspecto religioso. Cada jesuita era un trabajador agrícola por extensión, con nuevas cosechas y técnicas que ofrecer y la misión era el centro de difusión para el mejoramiento agrícola. Sabemos que los jesuitas fueron muy exitosos en el desarrollo de la agricultura en los ríos Mayo y Yaqui. También sabemos que introdujeron vacas, ovejas y cabras, aves de corral, trigo, frutas y vegetales, al mismo tiempo que arados y carretas, burros y bueyes. Las ventajas de todo esto fueron más obvias para mayos y yaquis que para los tarahumaras, debido a que los primeros ya practicaban la agricultura intensiva. Su hábitat se prestaba para la agricultura a gran escala y para el crecimiento de los hatos de ganado. Las grandes extensiones de terreno arable con el agua del río y sus recursos pronto fueron tomadas en cuenta por los jesuitas. Las fuentes jesuitas indican que pronto se estabilizó la alimentación y en menos de sesenta años comenzaron a producir excesos para una exportación a la que no se opusieron los indígenas. No es posible sobre enfatizar esta revolución económica. Es incuestionable que la iniciativa del misionero elevó los niveles de vida y que esto fue apreciado por los indígenas ya que estos esfuerzos estaban bien integrados a la vida religiosa y social. Una vez que la disciplina misional era aceptada por todos los miembros, esta era seguida por el desarrollo agrícola.

La rebelión de 1740 puso a los indígenas cara a cara con el profundo conflicto entre el sistema misional jesuita y los intereses económicos y políticos de los españoles. Es significativo considerar que durante el conflicto armado, los misioneros parecieron estar del lado de los indígenas y contra los otros españoles. También es significante el hecho de que algunos indígenas que entendían la naturaleza de los poderes centrales de la cultura española, intentaran utilizar el poder político a su favor. Juan Ignacio Muni era uno de ellos. Para entonces ya se había dado suficiente emigración hacia las haciendas y los centros mineros y tanto los yaquis como los mayos conocían aspectos de la cultura española que eran diferentes a los que habían sido introducidos por los misioneros. Ya existía la alfabetización, conocían uso y valor del dinero, entendían en parte la organización política de los españoles, y sabían algo de los conflictos culturales por experiencias directas con diferentes españoles. Ya habían recibido el impacto total de la civilización española.

Sin embargo, es interesante notar que en la historia mayo y yaqui no se mencionan brotes de facciones de la población indígena en ninguno de los dos ríos. Definitivamente Muni utilizó el poder político español en un esfuerzo por aumentar su propio poder frente al de los misioneros y tuvo éxito hasta cierto punto. Pero las fuentes no indican que haya habido separación alguna dentro de una sola de las tribus -una facción apoyando a Muni y otra apoyando a los misioneros. Al contrario, la tendencia fue de que ambas tribus se opusieran a todos los españoles de manera unida -misioneros y autoridades por igual. Es cierto que los misioneros fueron tratados como amigos y no hubo algo que indicara lo contrario. Aunque eran considerados como españoles, seguían siendo populares y con una excepción, no se les pidió tomar partido. Cuando la pelea se volvió contra todos los españoles de la región, en el último momento se acordó que tenían que irse y se les entregaron alimentos y ayuda para dejar las misiones.

Hasta ese punto estaba claro que los mayos y yaquis habían sido llevados al camino de la civilización occidental dentro de la unidad tribal. No se separaron ni en momentos de gran impacto como sucedió en repetidas ocasiones con los tarahumaras. Tanto su sociedad como su cultura permaneció unida e integrada en su totalidad. Muni, el líder que sabía como hacer uso de la separación de los políticos y los clérigos de la sociedad española, permaneció como su líder.

Los indígenas deben haberse dado cuenta de la desintegración de la organización española a principios del siglo XIX. Las actividades de los misioneros que habían estado enfocadas a hacerles sentir el impacto de una nueva y maravillosa vida, habían sido reducidas a la nada. Todos los indígenas de Sonora, incluyendo a los seris, habían experimentado las enseñanzas cristianas por más de cien años y las habían vivido en un escenario de explotación económica, invasión de tierras y conflicto político y militar. Casi todos, incluyendo a la mayoría de los apaches y a un considerable número de seris, habían aceptado las ideas y rituales cristianos, pero aquel hombre con nuevas promesas y grandes esperanzas yo no estaba presente y las comunidades misionales ya no eran el centro de una nueva forma de vida donde se ofrecían beneficios materiales y espirituales. Ahora eran comunidades transformadas donde fue descubierto y se seguía practicando el verdadero y correcto modo de vida. La transformación de las rancherías era un hecho. La mezcla de la teocracia católica y la democracia indígena trajeron como resultado comunidades estables y muy organizadas. Pero estas comunidades no se consideraban parte de una nación europea, se veían a sí mismas como tribus independientes que conservaban sus tierras desde tiempos inmemoriales y no por la generosidad española. Cada vez era más obvio que los españoles no se atrevían a retar ese punto de vista.

El conflicto por la disparidad de puntos de vista fue pospuesto por una Guerra de Independencia de la que los indígenas permanecieron al margen. Fue hasta que el gobierno mexicano intentó integrar a los mayos y yaquis dentro del patrón cultural dominante que se iniciaron las hostilidades. La debilidad de los españoles y su vulnerabilidad ante un grupo tan pequeño como los seris, eran hechos bien conocidos por los indígenas de Sonora y era tal vez un indicativo de que no había razón de temerles más que a cualquier otro grupo de la región. Desde 1810 hasta 1821, mientras que un español peleaba contra otro español, los indígenas ribereños consideraron que esta lucha no les concernía. El esperar a que terminara, era una de las más claras evidencias de que la independencia nacional y la lucha por el poder entre gachupines y criollos no significaba nada para ellos. Una vez que se ganó la independencia y que la necesidad de tratar con el estado de Occidente era un hecho, los mayos y los yaquis salieron de su pasividad. Se hizo notorio que por lo menos algunos líderes conocían los hechos de la Guerra de Independencia y que tenían la suficiente comunicación como para conocer hasta la naturaleza de los símbolos que los mexicanos utilizaban.

Sonora comenzó como un estado autónomo con capital en Ures, pero fue unido a Sinaloa para formar el estado de Occidente cuando se promulgó la constitución de 1824. Se instaló un gobierno provisional en El Fuerte y en 1825 se promulgó la constitución del estado de Occidente. Quienes elaboraron la constitución estaban conscientes de que al norte existía un problema que había sido considerado y reconsiderado. Se preguntaban como hacerle para traer a la población indígena dentro de la vida económica, política y social. El punto de vista que prevaleció era que los indígenas eran ciudadanos y que al igual que los demás deberían participar en los asuntos políticos. La constitución del estado era clara en este aspecto. En primer lugar incluía un artículo que prohibía el "comercio o venta de indígenas de las naciones bárbaras" y exigía la "libertad de aquellos esclavos que en el presente prestaran servidumbre". Esto se aplicaba principalmente a los apaches, aunque de vez en cuando se les había dado el mismo trato a otros grupos. También estableció las bases para la plena ciudadanía de la gente "menos bárbara". La constitución estipulaba que eran ciudadanos "todos los residentes y los nacidos en el estado que hayan alcanzado la edad de veintiún años y dieciocho si están casados". Esto estaba en línea con el Plan de Iguala que en 1821 declaró ciudadanos de la monarquía a "todos los habitantes de Nueva España sin distinción de europeos, africanos e indígenas".

Esto significaba que a los indígenas se les podía cobrar impuestos como a todo ciudadano. El gobierno de Occidente ordenó el pago de impuestos a mayos y yaquis junto a los demás ciudadanos. En 1825, el gobierno envió soldados para hacer cumplir la ley cuando se enteró que los yaquis se negaban a pagar impuestos argumentando que nunca antes lo habían hecho. En Rahum, hubo un enfrentamiento con los soldados y el sacerdote Pedro Leyva de Cocorit les pidió a los yaquis a resistir y por un tiempo hubo una rebelión general. Además del padre Pedro Leyva, un hombre de Tepic de apellido Casillas y otros mexicanos participaron en la organización de tropas para pelear contra el gobierno. Con el yaqui Juan Banderas como líder, se reunió un grupo de dos mil hombres armados, la mayoría con arcos y flechas.
Banderas y sus consejeros elaboraron un programa. Adoptaron a la Virgen de Guadalupe como símbolo. Este era el símbolo de independencia indígena de España y esta era la idea que conservó Banderas hasta el punto de planear un estado indígena totalmente independiente en el norte de México. Al continuar la lucha dentro de territorio yaqui, Banderas tuvo éxito en reclutar a pimas, ópatas y mayos. En menos de un año fueron expulsados todo los colonos blancos. Cerca de doscientos yaquis se unieron a los mexicanos que peleaban contra Banderas, pero la mayor parte de los indígenas permanecieron unidos a él. A principios de 1826 Banderas controlaba los asentamientos yaquis y mayos y comenzó a organizar su nueva confederación. El temor obligó a los mexicanos a mover la capital del estado de Occidente del Fuerte a Cosalá, pero Banderas no estaba interesado en expander su control más allá del área mayo y yaqui y el territorio de sus aliados pimas y ópatas. Una vez que consiguió esto, dejó de atacar.

A pesar de su debilidad, el gobierno de Occidente hizo un esfuerzo para asegurarse a sí mismo. Reunió un ejército, pequeño pero mucho mejor armado que el de Banderas, y los enfrentó al sur de Hermosillo. Los hombres de Banderas sufrieron una fuerte derrota pero los mexicanos no eran lo suficientemente fuertes como para invadir el territorio yaqui o para exigir la rendición. Banderas continuó consolidando su influencia en la región que controlaba y ofreció la paz al ver que Occidente continuaría la guerra. En 1827 estuvo de acuerdo a someterse al poder del estado mexicano con la creencia de que el gobierno yaqui permanecería autónomo. Al tiempo que fue perdonado por Occidente junto con otros líderes, se le reconoció como capitán general de los pueblos yaquis y recibió sueldo del estado.

En 1828 el gobierno de Occidente, aun preocupado con el problema de "integrar a los indígenas" al estado, aprobó tres leyes que tenían que ver con asuntos indígenas. Uno de ellos era de que los ocho pueblos del río Yaqui y el puesto militar de Buenavista que separaba a los territorios yaqui y pimas, eran un distrito político separado. Esta ley convertía a Buenavista en cabecera de distrito y le daba jurisdicción sobre los pueblos mayos. Esto ponía el gobierno local de la región mayo y yaqui en manos de la población no-indígena de Buenavista. Se asentaban los cimientos para el sistema estatal de municipios en el interior de las comunidades indígenas.

Una segunda ley afectaba a los poblados indígenas. Además de afirmar los privilegios de la ciudadanía para ellos, también les exigía su participación en la elección de autoridades locales, que prestaran servicio militar, y educación obligatoria. Canceló el cargo colonial de capitán general y teniente general aunque permitió que las personas que tuvieran estos cargos siguieran recibiendo su sueldo del erario público. La tercer ley tenía que ver con la administración de la tierra. Indicaba que los pueblos deberían administrar sus tierras públicas y exigía que cada pueblo asignara toda la tierra a sus individuos y que se les diera un título. Debería de establecerse un comité de tres indígenas en cada pueblo para manejar estos asuntos. La tierra que fuera asignada no podía ser alienable por un término de seis años y se tomaron varias medidas para asegurar una distribución justa. Este era un esfuerzo más para la distribución de tierra que había sido ordenada por el gobernador de la provincia en 1769 después de la expulsión de los jesuitas y que había sido propuesta para los yaquis y mayos desde mucho antes.

Las tres leyes mostraban con claridad la naturaleza del programa estatal para la integración de los indígenas. Eran de particular relevancia para los yaquis, quienes nunca habían pagado impuestos, se habían opuesto a la división de sus tierras para convertirlas en propiedad privada y habían mantenido su propio gobierno local de manera independiente a los gobiernos estatales. Al mismo tiempo golpearon directamente a Juan Banderas y a su cargo como capitán general. La ley de distribución de tierra fue puesta en práctica un año después de su promulgación, en septiembre de 1829.

Banderas comenzó a hacer preparativos para la resistencia. Fabricó pólvora, consiguió armas, y consolidó la alianza con los ópatas a través del líder Dolores Gutiérrez. En 1832, Banderas y Gutiérrez a la cabeza de varios centenares de hombres tomaron el control de los pueblos yaquis e intentaron ampliar su dominio hacia el territorio ópata en el centro de Sonora. Después de un año las fuerzas de Banderas fueron derrotadas cerca de Buenavista, donde Banderas y Gutiérrez fueron capturados y ejecutados en Arispe en 1833.

Ignacio Zúñiga, contemporáneo de Banderas y comandante de las fuerzas mexicanas en Pitic, escribió acerca de él en 1835: El jefe de estas dos últimas [rebeliones] era el indio Banderas, general de la nación, un genio para dirigir y entusiasmar a sus seguidores, dotado de un imaginativo espíritu, con elocuencia y con un raro talento, con lo que hubiera obtenido muchos éxitos si sus malévolos planes hubieran sido favorecidos... Concibió la idea de coronarse rey y de traer una reconciliación general entre todas las tribus para establecer su monarquía y sostener su causa contra los blancos. Para esto envió mensajeros a las otras tribus, atacándolos con mensajes de elogios e invitarlos a unirse a su causa, el asunto de las tierras: pintó nuestra raza como ambiciosa y dominante e hizo uso de [existentes] odios, querellas y [del deseo] de venganza, pasiones comunes en todos los indios, para animarlos a consolidar sus movimientos militares... Este caudillo, valiente y ambicioso, fue fusilado en Arispe, dejando una memoria entre su gente que tal vez contribuya mucho al desarrollo de sus doctrinas, que un día puedan ser lamentables. Han sido plantadas; si se les deja germinar, propagar y crecer, ¿No producirán sus frutos?... las doctrinas de este bandido, y las grandes riquezas de todo tipo que distribuyó entre los indios por mucho tiempo serán alimento de frecuentes rebeliones y saqueos; ya que tuvo éxito en convencerlos de que son los legítimos propietarios de todo lo que hay; y les enseñó a vivir robando, algo que no olvidarán fácilmente, si el castigo no es ejemplar y rápido inmediatamente después del crimen.

Zúñiga también describió algunos de los resultados de las campañas de Banderas: Antes de la rebelión del año de 1825 había una considerable población de razón diseminada en el interior de los pueblos mayos y yaquis y un mayor número habitaba una multitud de ranchos y haciendas en la región inmediata. La mayor parte de esta población emigró, dejando desiertas y en una desolación que da miedo muchas leguas alrededor que habían sido asoladas y los bienes transportados a los pantanos e islas de los yaquis. Se debería tomar en cuenta que este miedo fue inspirado y que existe muy poca seguridad para la paz y para la buena razón y cada día se teme que los indios se rebelen de nuevo. Por esta razón los campos permanecen desiertos, los mexicanos que los tenían en los pueblos de un río u otro, han sido privados de su propiedad y todo el estado está alarmado y en espera de más calamidades que tal vez lleguen a empeorar los males públicos tan pesados e insoportables.

Zúñiga vio la situación como lo hicieron sus contemporáneos, desde el punto de vista de que los yaquis se habían sometido al poder del gobierno mexicano en todos los aspectos. Para él Banderas era un bandido, aunque uno muy capaz, porque les había arrebatado las tierras y sus bienes a los mexicanos. Era un rebelde porque había formado su propio gobierno dentro del estado de Sonora y había peleado contra las tropas estatales. Pensando en términos del caudillismo que ya se había desarrollado en Sonora, vio a Banderas solamente como un hombre ambicioso que intentaba obtener el poder para sí y hacerse "rey". Los españoles habían interpretado las acciones de Muni de manera similar en 1740. Tal interpretación reflejaba el comportamiento de las figuras políticas españoles y mexicanas en Nueva España.

Parecía ser que Banderas y la mayoría de los yaquis habían partido desde un punto de vista diferente, que ellos nunca se habían sometido a España ni a México. Habían conservado sus tierras casi intactas durante el periodo español y habían conservado la autonomía en su gobierno local. El nuevo gobierno del estado de Sonora y las nuevas leyes de 1828, proponían establecer un nuevo régimen que no tomaba en cuenta los añejos problemas de la tierra ni de la política. Los yaquis intentaban mantener ese status quo y con el liderazgo de Banderas formar una institución que los protegiera de las invasiones a sus tierras y mantener la autonomía política que estaba siendo amenazada por el gobierno de Occidente. Para ellos, los colonos mexicanos eran los bandidos que tomaban la tierra violando la ley que los yaquis reconocían. Para ellos los soldados mexicanos eran invasores. Le habían dado difusión a la imagen de la Virgen de Guadalupe, la misma con la que los mexicanos habían alcanzado su autonomía. Por desgracia las fuentes disponibles no nos dan el punto de vista de los yaquis con la claridad que Zúñiga nos da el punto de vista de los mexicanos, pero podemos asegurar, que las actividades de Banderas no eran las de un ambicioso jefe tras el poder personal. Sus ambiciones estaban fuertemente unidas a las de la mayoría de los yaquis, mismas que habían sido nutridas por dos siglos durante el sistema político-religioso del periodo colonial y basadas en las creencias sagradas de la tribu. La debilidad militar de los mexicanos cuando intentaron forzar los cambios en la propiedad privada y en el gobierno local, habían dado la oportunidad para unificar la expresión política de la tribu. Los presentimientos de Zúñiga acerca de los efectos del liderazgo de Banderas estaban bien fundados.

Se inició la lucha a menos de un año de la ejecución de Banderas. Los yaquis se rebelaron en Torim en un intento por expulsar a los mexicanos que habían regresado. Ahora quedaba claro que las demostraciones del poder mexicano y el liderazgo de Banderas habían dividido a los yaquis. Juan Ignacio Jusacamea de Torim y quien en su ocasión se había opuesto a Banderas y fuera asignado como alcalde mayor del distrito yaqui, combatió a los rebeldes y los obligó a hacer la paz. Jusacamea había aceptado la dominación mexicana y estaba a favor de la distribución de tierra y permaneció en su puesto hasta que murió en una rebelión cerca de Horcasitas seis años después. Hasta entonces había sido un importante líder que había trabajado en busca de soluciones pacíficas entre yaquis y mexicanos.

Como un reflejo de la desorganización política generalizada en México, el estado de Sonora se convirtió en escenario de competencia de políticos. Los principios políticos estaban subordinados a las lealtades personales hacia los diferentes caudillos que buscaban el poder. Los planes para el desarrollo de la agricultura de yaquis y mayos fueron olvidados por el paso del poder de mano en mano. La educación obligatoria no tuvo fondos para ser llevada a cabo. Hasta la distribución de tierras fue detenida, excepto cuando se hacía de manera ilegal. Los pueblos yaquis y mayos fueron dejados en paz con tan solo un sacerdote secular de residencia y los administradores estaban demasiado ocupados cambiando de alianzas políticas como para hacer efectivas las leyes de 1828. Durante las décadas de 1830 y 1840 se desarrollaron ideas del federalismo contra el centralismo y de las Leyes de Reforma en la década de 1850. Desde la década de 1830 hasta 1860 Manuel Gándara fue una figura política en el estado, cuyos principios políticos son difíciles de determinar. Buscó el poder político como gobernador y lo alcanzó en diferentes épocas por medio de elecciones más o menos legítimas, por medio de la designación central, o por medio de la usurpación.

Por medio de maniobras políticas y militares, Gándara encontró el apoyo de algunos grupos de yaquis, pero es difícil saber si lo hacían por su agenda política o por su interés de mantener la inestabilidad en el estado. Cuando era de su interés Gándara logró que se rebelaran. En su lucha por la gubernatura en las décadas de 1830 y 1840, Gándara los armó y los incitó a enfrentarse a las tropas estatales en tres ocasiones: en 1833, 1840 y 1842. El primero de estos brotes provocó la invasión de su territorio tomando para el estado y para sí mismo sus depósitos de sal. Gándara no tuvo un programa para trabajar con mayos y yaquis, los dejaba en paz excepto cuando le eran útiles en tiempos de elección o en algún intento de armar una revolución. Gándara estaba consciente de la necesidad de un programa ya que planeó traer a seis mil colonos para asentarse entre los indígenas y ayudar a construir el estado.

Desde 1857 hasta 1862 los yaquis estaban en constante estado rebelión que coincidió con un periodo de lucha por el poder después de que Gándara fue forzado a abandonar la gubernatura en 1857. La revolución de Gándara duró desde 1857 hasta 1859 y durante este periodo recibió apoyo del líder yaqui Mateo Marquín (o José María Marquín). La lucha se centró en el valle de Guaymas y en 1858 se extendió hasta Cocorit. En ese mismo año, mientras la revolución de Gándara fallaba en todo el estado, los mayos unieron fuerzas con los yaquis y mientras estos atacaban el valle de Guaymas los mayos saqueaban Santa Cruz. A finales de 1858 las tropas del general Pesqueira volvieron su atención contra sus territorios. Las facciones de ambas tribus sufrieron derrotas pero se mantuvieron en pie y aunque fueron derrotados el siguiente año organizaron una expedición conjunta a Hermosillo donde de nuevo fueron derrotados y obligados a regresar a sus territorios. En 1862 Pesqueira invadió el territorio de ambos y derrotó a los mayos en Santa Cruz y aceptó las ofertas yaquis de paz en Torim. Después de perdonar a los líderes por su participación construyó un fuerte en Agua Caliente.

Los diecinueve años de la familia Pesqueira en el gobierno fueron marcados en primer lugar por los intentos de establecer la paz por medio de las armas y en segundo lugar por la invasión francesa en Sonora. Las invasiones a los territorios indígenas por las fuerzas del coronel García Morales durante la revolución de Gándara provocaron la enemistad de los pueblos mayos y yaquis. Su hostilidad hacia Pesqueira continuó a través de su mandato y alcanzó su máxima expresión durante la invasión francesa. En 1865 los franceses derrotaron a Pesqueira en Guaymas y comenzaron a hacer planes para apoderarse del estado. Este plan incluía el aprovechar la enemistad de mayos y yaquis contra el gobierno de Sonora. Inmediatamente después de la derrota de Pesqueira el líder Mateo Marquín declaró su apoyo a los imperialistas y se llevó consigo a un considerable número de yaquis. Los simpatizantes de los franceses ya habían estado trabajando con los mayos y estaban dispuestos a colaborar en un ataque a Alamos. En el centro del estado un líder ópata llamado Refugio Tanori declaró su apoyo a los franceses y organizó un ejército de varios miles de ópatas, yaquis y pimas. Alamos fue tomado rápidamente y la fuerza de Tanori sacó a Pesqueira de su cuartel general en Ures. Pero los franceses fueron derrotados y expulsados de Sonora en 1866 y Pesqueira comenzó la pacificación de mayos y yaquis.

Después de algunas campañas y de aceptar ofertas de paz Pesqueira designó miembros entre los que buscaron la paz para mantener el orden y manejar los asuntos locales. Dos de ellos fueron asesinados; en Bacum por los yaquis y en Santa Cruz por los mayos y Pesqueira ordenó campañas constantes. Los mayos se rindieron en 1867 pero el siguiente año atacaron Santa Cruz, Etchojoa, y San Pedro. Después de este brote las tropas de Pesqueira forzaron a los mayos a aceptar la paz a principios de 1868.

La pacificación de los yaquis fue más difícil. Pesqueira puso al general García Morales a cargo de una campaña. Después de establecer varios puestos militares alrededor de todo el territorio, las tropas entraron a Médano, el cuartel de los yaquis. Desde aquí llevaron una guerra sin cuartel. Capturaron y ejecutaron a docenas de líderes, confiscaron el ganado y la comida, arrasaron con los campos, y tomaron prisioneros a mujeres y niños. En 1868 sucedió algo que se convirtió en el símbolo de la crueldad contra los yaquis. Uno de los coroneles de García Morales aceptó la súplica de paz de seiscientos hombres, mujeres y niños. Les pidió que entregaran sus armas, soltó a ciento cincuenta y a los restantes cuatrocientos cincuenta los mantuvo prisioneros en la iglesia de Bacum. Tomó diez líderes como rehenes y aseguró que los mataría si había un intento de fuga. Hubo disturbios esa noche, el coronel ejecutó a los diez líderes y al comenzar los disparos la artillería disparó contra la puerta de la iglesia. Ciento veinte personas fueron masacradas. Por medio de estos medios García Morales obtuvo la paz en los pueblos yaquis. Luego ordenó la distribución de tierras y preparó la fundación de tres colonias de mexicanos que serían protegidas por las tropas. En octubre ocurrió la más fuerte inundación en la historia de los pueblos mayos destruyendo Navojoa, Etchojoa, Tesia, Cuirimpo, y Camoa. Los constantes disturbios en el sur y los saqueos apaches al centro del estado habían provocado la emigración de miles de personas. Se decía que los mayos y yaquis eran un obstáculo para la civilización.Los métodos de Pesqueira trajeron un breve periodo de paz y fueron bienvenidos por los mexicanos. Pero también intensificaron la resistencia para el programa de civilización. Los sonorenses comenzaban a darse cuenta de que el programa de integración de 1828 nunca fue a cabo como se había previsto. El régimen de Pesqueira escribió una nueva constitución que incluía las Leyes de Reforma y entró en vigor a partir de septiembre de 1873. Contenía el siguiente artículo:

Artículo IV.- Privar a las tribus mayo y yaqui de los derechos de la ciudadanía mientras que mantengan la organización anómala que conservan en sus poblados y rancherías, pero permitiéndoles gozar de estos privilegios a los individuos de las mismas tribus que residan en los pueblos organizados del estado.

En 1874 Pesqueira designó José María Leyva, llamado Cajeme por lo yaquis, alcalde mayor de los pueblos mayos y yaquis. Cajeme había peleado con Pesqueira contra los franceses. El siguiente año era de elecciones y se enfrentaba una fuerte oposición contra su largo periodo de sucesiones. La rebelión contra la familia del dictador estaba en efervescencia y cuando José J. Pesqueira fue anunciado como el sucesor, explotó la rebelión. También había señales de disturbios en los ríos Mayo y Yaqui como en los viejos tiempos de Gándara. Los yaquis quemaron Cocorit y los mayos a Santa Cruz. Los blancos que habían colonizado la parte baja del río Yaqui durante los recientes años de Pesqueira comenzaron a huir. Cajeme fue visto haciendo constantes viajes a los pueblos mayos donde mantenía largas conferencias. El que su cargo incluía a los pueblos mayos no era considerado como una razón suficiente para estas reuniones y se rumoró que había ordenado la ejecución de los líderes mayos que no eran de su agrado. Dos pueblos habían sido atacados y se debían tomar medidas. Pesqueira ignoró la rebelión de Serna por el momento y se dirigió al corazón de territorio yaqui y en el camino derrotó a Cajeme y su tropa de mil quinientos hombres. Repitiendo el procedimiento de su padre estableció su cuartel en Médano y comenzó a pacificar a los yaquis de manera implacable. Los soldados de Pesqueira mataban indiscriminadamente, saqueaban ranchos y robaban pueblos creyendo que los métodos utilizados en el pasado traerían el mismo resultado. La rebelión de Serna alcanzó tan serias proporciones que Pesqueira fue obligado a acudir a su encuentro.

Durante 1876 las fuerzas del coronel Torres y de Pesqueira hicieron un alto y el presidente Díaz envió un intermediario para arreglar los problemas de Sonora. Se terminó la rebelión pero el siguiente año Felipe Valenzuela y Miguel Totolitogui atacaron la región de Navojoa y aunque fueron derrotados la mayoría de los colonos huyeron de la región.

Mientras que la región mayo-yaqui se mantenía a la espera de la guerra devastadora de Cajeme y sus lugartenientes mayos, el gobierno de Sonora favoreció a la familia Torres y contra la familia Pesqueira. En 1879 el general Luis E. Torres fue electo gobernador y comenzó una dinastía política que duró hasta que la revolución de 1910 expulsó a su familia y amigos junto con el presidente Porfirio Díaz. Torres era un terrateniente interesado en desarrollar la agricultura en territorio yaqui y su primera administración fue un periodo de rumores y alarmas constantes de que mayos y yaquis estaban a punto de una gran rebelión. Los colonos en territorio indígena estaban convencidos que Cajeme la estaba planeando. No había recursos para una campaña además de que estaban convencidos de que las campañas de Pesqueira no habían resuelto el problema. La idea del antiguo programa de colonización tomaba fuerza como una solución.

En 1880 la legislatura estatal, el gobernador Torres y el general Bernardo Reyes, comandante militar de las fuerzas federales, formularon un plan y pidieron la ayuda del gobierno federal para llevarlo a cabo. En una enorme declaración relataban como fue que los pápagos, ópatas y seris se habían vuelto pacíficos y trabajadores: así, poco a poco, y con el paso del tiempo, los dominios de tales tribus que poblan Sonora se han reducido para dar lugar a la civilización y a formar una gente que aunque no es la más educada en la República tampoco es la última. Solamente los yaquis y mayos han podido mantenerse obstinados en su vida salvaje ocupando una gran extensión de tierra sobre dos de los mejores ríos que posee el estado, amos de las más fértiles tierras, sin organización, sin obediencia a cualquier autoridad o ley, totalmente fuera de la obediencia a todo gobierno, y lo que es peor, constantemente juntando materiales de guerra como preparándose para una lucha armada y cometiendo continuos robos y asesinatos contra los intereses y las personas de quienes entran en su alcance.

Explicaban que una "guerra sin cuartel" no funcionaba y una "guerra de castas" tampoco. Mencionaron la "horrible anomalía" de gobiernos controlados por los indígenas y que algunos de los pueblos mayos, principalmente Macoyaqui, Conicorit, Camoa, Tesia y Navojoa, se "habían liberado del dominio de los salvajes" y que vivían en conformidad con la organización municipal. Incluyeron una pregunta al gobierno federal: "¿Será que el gobierno mexicano es tan débil que no puede reducir al orden a estos salvajes, de exigirles vivir como todos los demás habitantes y de hacerlos comenzar a vivir una vida de civilización?"

Luego procedieron a explicar su plan. Solicitaron mil soldados para ser enviados a permanecer en territorio mayo y yaqui. Los soldados podían tomar tierra para sí mismos y dar un ejemplo como agricultores. Al mismo tiempo servirían como protectores de los colonos y gradualmente los indígenas llegarían e entender lo inútil de la resistencia y considerarían los beneficios de la vida civilizada como algo deseable. Este plan era el menos costoso y traería paz y prosperidad casi inmediatamente. El gobernador Torres enfatizaba que las tierras mayos y yaquis eran las más fértiles de Sonora y podían convertirse en la base del desarrollo si se pusieran en manos de gente civilizada. El plan fue enviado al Secretario de Guerra y Marina. El general Reyes mencionó que Cajeme podía reunir hasta dos mil guerreros de una población de catorce mil y que una fuerza permanente de mil soldados federales recibiría el apoyo de la Guardia Nacional y de tropas estatales cuando fuera necesario. El Secretario de Guerra contestó que no tenía mil soldados disponibles pero que ayudaría con gusto en caso de emergencia. Entonces el gobernador Torres comenzó los preparativos para distribuir la tierra alrededor de los pueblos mayos y yaquis y a iniciar la construcción de un canal de riego la región yaqui. Intentó organizar a los pueblos indígenas como colonias de agricultores pero los indígenas se resistían y se logró muy poco durante su administración.

El siguiente gobernador era el dueño de una gran hacienda cerca de Navojoa. Después de ocupar su cargo y como respuesta a los rumores de que los mayos estaban preparando una rebelión designó a su hermano Agustín como comandante de las tropas estatales y construyó un enorme cuartel en Navojoa. Esto trajo dos resultados inmediatos. Uno fue el descontento popular por estar utilizando al estado para proteger sus intereses personales. El otro fue un brote de violencia en el río Mayo. En 1882 Agustín Ortiz escuchó que Cajeme había ido a los pueblos mayos para planear una rebelión y reunió una fuerza para atacar Capetemaya donde se llevaba a cabo la reunión. La batalla de Capetemaya provocó la dispersión y Cajeme resultó herido. Por dos años los mayos continuaron los saqueos a las propiedades mexicanas alrededor de Navojoa. Una pequeña fuerza de tropas federales vino en ayuda mientras que la gente de Navojoa y Alamos se organizaron para protegerse El famoso "Jefe de la Tribu Mayo" José Zarapero fue tomado prisionero y asesinado. El mismo trato se les dio a varios jefes más. Cajeme designó a Jesús Moroyoqui como sucesor de Zarapero pero no trajo ayuda de los yaquis para ayudar a los rebeldes. La lucha continuó hasta 1884. Había mucha desunión entre los mayos y los pequeños grupos que seguían con los saqueos pidieron la paz y reconocieron a la autoridad mexicana.

Mientras tanto se obligó a Carlos Ortiz a renunciar como gobernador y un miembro de la familia Torres se convirtió en gobernador interino. En territorio yaqui había señales de insatisfacción por el liderazgo de Cajeme. Había intentado instituir un control de gobierno más centralizado del que los yaquis estaban acostumbrados. Se presentaba a sí mismo como capitán general, el título que había sido abolido por la ley estatal, pero que los yaquis habían reconocido y considerado como necesario en caso de guerra. Cajeme también se había nombrado a sí mismo como juez de todos los pueblos yaquis adjudicándose la tarea de la más alta autoridad judicial. Aceptaba la organización del pueblo tal como la había encontrado y animaba a los consejos del pueblo a actuar como cuerpos democráticos; como siempre lo habían hecho. Se consideraba a sí mismo como la más alta autoridad por encima de los ocho gobernadores de los ocho pueblos.

En el intento de concentrar el poder en sus propias manos Cajeme encontró apoyo y oposición. En cuanto a las relaciones con los no-indígenas a Cajeme se le permitió ejercitar el poder que deseara. En medio de las preparaciones para la guerra por las invasiones a las tierras, la mayoría de los yaquis aceptaron su liderazgo en la construcción de una fortificación en un lugar llamado Añil y en el entrenamiento de caballería. Como antiguo capitán en el ejército estaba reconocido por los yaquis como un jefe militar. También cobraba impuestos para el uso del puerto de Médano como un medio para conseguir fondos para los preparativos militares. Pero cuando asumió la autoridad judicial tomando decisiones relacionadas con la tierra y disputas interfamiliares provocó a muchos yaquis. Se le comenzó a considerar como arbitrario y su posición de juez como una usurpación. Durante 1884 comenzó la oposición en su contra y familias que rechazaban sus actividades abandonaron la región. Muchas de estas familias se oponían a Cajeme por el uso del poder judicial en su contra, otros se oponían a acciones que aumentarían la enemistad de los mexicanos y traerían la guerra. Entre estos últimos estaba Loreto Molina, un antiguo lugarteniente de Cajeme, a quien había depuesto y obligado a abandonar el territorio por razones desconocidas. Molina comenzó a cooperar con los mexicanos y en 1885 elaboró un plan para deshacerse de Cajeme con conocimiento de las autoridades de Guaymas.

Molina se embarcó desde Guaymas hasta Médano con unos cuantos yaquis. Quemó la casa de Cajeme y al no encontrarlo maltrató a su familia y se regresó con unos prisioneros. En ese momento Cajeme se encontraba con los mayos y cuando regresó exigió que las autoridades de Guaymas castigaran de inmediato a lo que cometieron el crimen. La forma en que lo hizo molestó a los oficiales que estaban a cargo. Sin esperar respuesta a sus demandas Cajeme tomó unos botes mexicanos que estaban en el puerto de Médano y solicitó rescate. Cuando se ignoró su petición entregar a Molina, en lugar de utilizar los medios sugeridos por el gobernador anunció que tomaría venganza. Se saquearon las haciendas cercanas al territorio yaqui y se incendiaban algunos ranchos en territorio mayo.

La respuesta fue la guerra. El general Carbo organizó a dos columnas dos mil doscientos soldados que avanzaron hacia ambos extremos del territorio yaqui. La columna occidental llegó hasta Médano después de algunas escaramuzas; la otra llegó a Torim después de serios enfrentamientos en la fortificación de Añil donde el general Topete sufrió una enorme derrota frente a una pequeña fuerza. Los yaquis fueron derrotados en la mayoría de los enfrentamientos, especialmente en Omteme, cerca de Torim. Luego Cajeme ofreció la paz con la condición de que las tropas salieran de territorio, una condición que repitió meses después, misma que no fue aceptada por los mexicanos. En diciembre de 1885 se iniciaron pláticas de paz en Potam, después de que muchas familias yaquis abandonaran la región. Durante la conferencia Cajeme permaneció fuera del pueblo y al margen. El punto central de las pláticas era de que los gobernadores de los ocho pueblos declararan que querían la paz sin estipular condiciones y que tenían que firmar un pacto. Cuando Cajeme fue llamado para firmar el pacto contestó que obedecería si firmar la paz era la voluntad de los ocho pueblos. Sin embargo dijo: "Mi palabra tiene tanto valor como mi firma y ellos [los ocho pueblos] siempre han tenido paz sin firmar ni un papel". El pacto no se firmó y se prepararon para la guerra.

El año de 1886 comenzó con una campaña de los mexicanos. No encontraron resistencia entre mayos, víctimas de una epidemia de sarampión. Entre los yaquis ganaron batalla tras batalla hasta que los derrotaron en Añil. Mientras tanto Cajeme había convencido al resto de las familias para retirarse a otro lugar fortificado en las montañas -Buatachive al norte de Torim. Desde ahí se propuso aguantar el ataque con una fuerza estimada en cuatro mil. La batalla de Buatachive se libró con odio de ambas partes y la masacre de hombres, mujeres y niños fue enorme. Por lo menos doscientos murieron, dos mil fueron tomados prisioneros y Cajeme junto con el resto y los heridos huyeron a las montañas. La derrota parecía final, el sarampión arrasaba y estaban presos los gobernadores de cinco pueblos. Hambrientos y sin ropa comenzaron a rendirse en pequeños grupos. Los gobernadores restantes se entregaron y se acordó la paz con todos ellos en Torim. El coronel Lorenzo Torres fue comisionado para reorganizar y administrar los pueblos y se establecieron tres destacamentos de soldados; en Cocorit, Médano, y Torim, con cuartel general en éste último.

Pero la pelea no había finalizado. No se habían rendido alrededor de ochocientos hombres y de la región de Bacum. Cajeme seguía atacando y saqueando a las tropas donde se las encontrara. Mientras que las fuerzas mexicanas seguían intentando pacificar el territorio yaqui, los mayos se lanzaron al campo de batalla y atacaron Santa Cruz. En otoño de 1886 Torres recibió una nota de Cajeme. En ella había escrito que toda "mi gente" estaba dispuesta a obedecer al gobierno siempre que en un plazo de quince días todas las fuerzas militares salieran de su territorio. Pero agregó que si no lo hacían consideraba que era deber sagrado defender las tierras hasta el final. Catalogando la nota como arrogante el comandante contestó que el río Yaqui no era independiente de la República Mexicana.

Cajeme estaba totalmente aislado de la mayoría y miles habían emigrado buscar trabajo en las haciendas. Otros habían sido enviados involuntariamente. De una población de catorce mil en ambos ríos, cerca de cuatro mil se habían rendido y se habían puesto en manos de las autoridades, lo mismo habían hecho mil seiscientos mayos. Los demás yaquis recibirían diez centavos diarios por persona hasta que pudieran sembrar de nuevo y se les dio semilla. Cuando llegaron las comunicaciones telegráficas los colonos comenzaron a llegar y a tomar tierras. Un comentarista se refirió a este periodo: "... este era el inicio de un gran trabajo humanitario: la incorporación [de los yaquis] a la masa común de ciudadanos de la República".

El obstáculo final parecía ser el liderazgo de Cajeme. Ninguna de las expediciones militares había podido capturarlo o localizarlo. A principio de 1887 intentó esconderse en San José de Guaymas donde fue capturado y varios líderes sonorenses vinieron a conocerlo. Entre éstos estaba Ramón Corral, quien después alternara como gobernador con el general Luis Torres y como empleado de la familia Torres para después convertirse en la mano derecha de Porfirio Díaz. Corral esperaba encontrar a un Cajeme taciturno y temible salvaje y se sorprendió de encontrar a un hombre cincuentón de buena naturaleza, suave, platicador, orgulloso de su nacionalidad y de haber peleado al lado de los liberales. Para ilustrar a Corral acerca de su patriotismo, le contó como le había negado el permiso a un norteamericano para cortar madera, diciéndole: "Nosotros los mexicanos no necesitamos que vengan extranjeros a sostenernos la mano para hacernos la señal de la cruz". Cajeme sostuvo que los "ocho pueblos" habían peleado de manera voluntaria y que había obedecido sus deseos de conservar la tierra. Corral aseguró que Cajeme dijo que ahora "comprendía la necesidad de una nueva existencia para los indios, basada en la sumisión al gobierno". Cajeme fue ejecutado en Cocorit en abril de 1887 y renació la esperanza de un final del problema. Ramón Corral dijo: "El sacrificio de Cajeme ha sido triste; pero traerá la paz en los ríos, la base del inicio de un periodo de civilización para las tribus".

La muerte de Cajeme no causó efectos en los guerrilleros de la última trinchera yaqui. En cuanto las tropas se retiraron a Cocorit los yaquis quemaron el pueblo, mataron a todos los mexicanos que pudieron alcanzar y saquearon los ranchos. Algunos mayos se levantaron en el río Mayo y fueron pacificados con la muerte de Jesús Moroyoqui. Anastasio Cuca un lugarteniente de Cajeme fue a Tucson a buscar ayuda para la causa. Se estimaba en cuatro mil guerrilleros bien armados la fuerza que asolaba la región desde las Montañas Bacatete. Operaban bajo el mando de Juan Maldonado llamado Tetabiate por los yaquis. En medio de la lucha, el general Torres salió a distribuir las tierras de los yaquis, tanto a los tres mil quinientos que seguían junto al río, como a los muchos colonos que se habían mudado, la familia Torres incluida.

En 1887 la Comisión Científica de Sonora procedió a la medición de las tierras en ambos lados del río Yaqui. Se fundó una colonia entre Torim y Potam y en 1889 se abrió un canal para regar sus campos. Los trescientos o cuatrocientos guerrilleros que operaban desde las Montañas Bacatete siguieron atacando dentro del territorio. Los destacamentos militares los enfrentaban y perseguían constantemente hasta las montañas. Cada semana morían algunos y unas pocas familias eran capturadas. En 1890 la Comisión Científica terminó la división y distribución de todas las tierras arables en el valle. Al mismo tiempo y en medio de los ataques de los guerrilleros continuaron trabajando en dos canales. La comisión también trabajó en la reorganización de los pueblos formando un patrón de cuadrícula con una plaza central y calles en ángulo recto. En 1890, las autoridades militares hicieron un esfuerzo para que los yaquis que habían abandonado Sonora regresaran y aprovecharan los trabajos de irrigación. Ni uno regresó y crecieron los rumores de que los yaquis del exterior del territorio estaban ayudando a los guerrilleros con armas y municiones. El general Carrillos amenazó con forzarlos regresar al río. Llegaron unos pocos pero la situación continuó igual sin un notorio debilitamiento de la guerrilla que seguía siendo de cuatrocientos hombres.

El espíritu de resistencia siguió expresándose por medio de la agresión armada y miles se negaron a regresar al territorio. Estos últimos ayudaban a los guerrilleros de las Montañas Bacatete. Mientras tanto los mayos daban un diferente tipo de reacción. Su territorio había sido ocupado por fuerzas armadas y la guerrilla había continuado hasta 1887 pero a partir de entonces desapareció totalmente. Habían matado a la mayoría de sus líderes sin dejar alguno capaz de continuar la resistencia. Entre 1887 y 1890 la mayoría de los mayos se habían ido a trabajar a los ranchos y haciendas que ahora ocupaban la parte de Navojoa que había sido despoblada por sarampión, inundaciones o por guerra. Se reportó que menos de mil seiscientos mayos se habían rendido los poblados de Etchojoa, San Pedro y Santa Cruz.

En 1890 los militares se enteraron de actividades que eran una amenaza para la paz. En las palabras de un historiador militar del periodo: Es notorio que desde 1888 los mayos han permanecido en paz y que mejor aconsejados o menos inclinados a la guerra [que los yaquis], se han dedicado a sembrar, bajando desde las montañas hasta el valle, aunque con la desconfianza común de estos indios. En el mes de septiembre [de 1890] casi toda la gente interrumpió sus labores y se reunieron a escuchar las profecías de hombres y mujeres a quienes habían llamado y que reconocieron como gente santa entre tales indios. Porque antes de las rebeliones se llevaron a cabo estas reuniones, el coronel Rincón, militar en jefe de los mayos, disolvió las grandes reuniones y trajo a algunos de los hombres y mujeres santas a los pueblos donde pudiera tenerlos bajo vigilancia.

Los mexicanos se enteraron de reuniones religiosas en Jambiobampo, cerca de Masiaca. Se habían reunido cerca de mil doscientos mayos para escuchar a un joven de dieciséis años a quien llamaban "santo". Damián Quijano no hablaba español y no representaba un culto nuevo sino un movimiento religioso dentro de su religión. Su prédica estaba basada en las enseñanzas de la "Santa de Cabora" Teresa Urrea una niña mayo que predicaba en el rancho de Cabora. El mensaje de la santa era de que deberían poner atención a las buenas relaciones con dios ya que se acercaba una gran inundación. Si lo hacían ella podía indicarles donde se podían salvar. Uno de estos lugares estaba cerca de Jambiobampo.

Pero las autoridades otros lugares de reunión de los mayos en septiembre de 1890. Había seis lugares más donde había "santos" hablaban de la nueva doctrina en las tierras que consideraban sagradas entre la costa y Navojoa. De los otros predicadores tres eran mujeres y tres eran hombres: Santa Camila, Santa Isabel, Santa Agustina, San Juan, San Luis (también llamado La Luz), y San Irineo. Cada uno de estos lugares fue investigado y en cada uno encontraron gente desarmada excepto por los arcos que la gente depositaba en los altares. Los militares llegaron a la conclusión de que estas juntas no eran más que un ejemplo de "fanatismo" pero se tomaron medidas para evitar que se volvieran peligrosas. Muchas haciendas y ranchos se habían quedado sin trabajadores. San Damián junto con quince personas que parecían ser líderes fueron tomados bajo custodia en Jambiobampo por las autoridades de Masiaca. Después la mayoría de los santos fueron llevados a Torim y sentenciados a trabajar en las minas de Santa Rosalía en Baja California, pero la Santa de Cabora no había sido incluida con los demás.

Los mexicanos respondieron con una escuela en Santa Cruz. El programa de colonización indígena continuaba en el río Yaqui con el establecimiento de cincuenta familias en Bacum y se hacía lo mismo con tierra de riego e implementos agrícolas en Torim y Potam. La línea de ferrocarril que atravesaba el territorio fue terminada en 1891. Ese mismo año se abrieron escuelas en Etchojoa, San Pedro y Huatabampo. Pero aun así hubo un aumento de actividad guerrillera en el valle de Guaymas y los destacamentos seguían ocupados persiguiendo yaquis hasta las Bacatete. En mayo de 1892, doscientos mayos atacaron Navojoa y mataron a las autoridades municipales. En toda la parte baja del territorio los mayos se habían levantado en armas de nuevo atacando a los colonos bajo el grito de "Viva Dios y la Santa de Cabora". Al ser diseminados los grupos huyeron a Cabora a recibir la bendición de la santa. Un grupo no identificado bajó de las montañas de Chihuahua y atacó Cabora. La lucha fue aplastada y Teresa Urrea de Cabora y su padre Tomás fueron transportados a Guaymas. Desde ahí Teresa se fue a Arizona y el territorio volvió a la tranquilidad.

La lucha de la guerrilla en las Montañas Bacatete continuó y en 1893 se notó un aumento en el número de yaquis involucrados en la guerra. Desde 1891 se hacían intentos para hacer efectivo el registro de trabajadores yaquis en las haciendas de Sonora. Era notorio que muchos trabajadores se abastecían de comida y armas durante un periodo de trabajo en las haciendas y regresaban a unirse a la guerrilla o enviaban sus provisiones para ayudar. Fue hasta 1897 que hubo un cambio notorio mientras continuaba la construcción de canales para la agricultura de colonos y yaquis.

En 1896 el coronel Peinado entabló correspondencia con Tetabiate. Lo logró por medio de una familia de apellido Buitimea que capturó en una de las incursiones a las montañas. La correspondencia duró varios meses y en ella se hizo obvio el motivo de la lucha de Tetabiate. Quería lo mismo que Cajeme el retiro de tropas y que su gente mantuviera en su poder las armas de igual manera que los apaches lo habían hecho en los Estados Unidos. En una de sus cartas Peinado prometió el retiro de sus tropas: "He ordenado que los destacamentos no salgan del cuartel y cuando la paz se haya logrado serán retirados poco a poco y no volveremos a perseguirle". A juzgar por lo hechos posteriores Tetabiate y sus lugartenientes entendieron que esto no se aplicaba solamente al periodo de establecimiento de la paz sino como una promesa del retiro de tropas inmediatamente después de firmada la paz. En una carta a Peinado, escribió: "He aceptado sus sagradas promesas; en el nombre de la Santísima Trinidad". Dijo que había hecho sus promesas sobre esta misma base. Tetabiate mencionaba en sus cartas constantemente a la "Santa Paz".

El resultado de la correspondencia fue la aparición de todas las fuerzas de Tetabiate -alrededor de cuatrocientos hombres, mujeres y niños- en la estación de Ortiz. Vinieron a firmar un tratado de paz con el gobernador Ramón Corral y el general Torres, comandante militar de Sonora. Los mexicanos organizaron una elaborada ceremonia en la que los tambores yaquis se unieron a la banda de guerra y soldados y yaquis intercambiaron sombreros. Los mexicanos trataron a Tetabiate como "Jefe de la Tribu Yaqui" y así lo llamaron en el tratado de paz, un título que no fue reconocido por ninguno de los gobiernos de los ocho pueblos. El tratado de paz que Tetabiate no comprendió totalmente decía simplemente que el "Jefe de la Tribu Yaqui reconoce la soberanía del supremo Gobierno de la Nación y del Estado" y que se "somete a su obediencia". También se indicaba que el gobierno les entregaría dos meses de provisiones y que se les daría tierra que había sido dejada a un lado para uso de los yaquis. El tratado no decía nada acerca del retiro de las tropas, de los colonos mexicanos ni de la organización política de los pueblos. El tratado fue firmado por Tetabiate, su principal lugarteniente Loreto Villa, y su intérprete Julián Espinosa. Ningún otro representante de los yaquis fue invitado a la reunión.

El gobierno mexicano se dedicó a cumplir el acuerdo, a hacer todo lo posible para ganarse a los yaquis y establecer la paz sobre una base firme. Tetabiate y sus hombres fueron incluidos en la nómina estatal como auxiliares de las tropas. A Tetabiate se le dio el mando de los auxiliares y se distribuyó tierra para sus seguidores y demás yaquis que las solicitaran. Se entregaron seis mil títulos de propiedad pero no se sabe cuantos de éstos fueron a dar a manos de sus dueños. Por lo siguientes dos años se entregó comida, semilla e implementos agrícolas. Miles regresaron y Tetabiate recibió cartas de felicitación del Visitador Apostólico y de Porfirio Díaz. Además de las tierras de riego el general Torres entregó tierras de pastoreo a los que la solicitaron y declaró que los depósitos de sal deberían ser explotados por yaquis exclusivamente. Loreto Villa e Hilario Amarillas fueron enviados a la Ciudad de México para tener una mejor comprensión de los beneficios de la paz y de la inutilidad de la rebelión. El presidente Díaz le escribió al general Torres que "no deberíamos estar tranquilos hasta no ver a cada indio con su arado en la mano detrás de una yunta de bueyes cultivando la tierra". Un escritor dijo: "En breve, cualquier recurso humanamente posible para cambiar y convencer a los indios, se ha llegado hasta los extremos para domesticar a la bestia salvaje".

Como comandante militar del estado el general Luis Torres se convirtió en el patriarca de los yaquis entregando tierra y justicia. Su enfoque se deja ver en la siguiente declaración: No crean que las parcelas de tierra que se les han entregado es todo lo que recibirán del Supremo Gobierno. Si uno de ustedes viene y me dice: 'Señor, tengo hijos, no tenemos tierra que sembrar' -recibirán lo que necesitan; pero ahora, viendo que escasamente la décima parte de la que tienen está cultivada, estarán de acuerdo de que tienen más que lo suficiente para cubrir sus necesidades. Torres sintió que se había alcanzado una paz justa, que se necesitaba una mano firme para mantenerla y que verían una clara demostración del poder de la nación para entregar tierra y ayuda para la agricultura. Era la máxima autoridad y cada individuo debería tener acceso directo y no a través de intermediarios del viejo sistema de gobierno de los ocho pueblos.
El general Torres invitó a un grupo de Hermanas Josefinas para que vinieran a vivir en Bacum. Con la ayuda del padre Juan N. Beltrán, las hermanas iniciaron un programa para vestir a las imágenes de las iglesias y junto con el padre Beltrán predicaron a favor de los beneficios del trabajo y de la paz.

Sin embargo Torres sentía que no todo estaba funcionando bien. Sentía una profunda desconfianza. Después de un año de paz el coronel Manuel Gil escribió: Un curioso fenómeno: de los indios que regresan a ocupar el río, noventa por ciento habían pasado años practicando la vida civilizada en los pueblos del estado. Al llegar, reemplazaron con placer su delicioso café con pinole; sus zapatos por huaraches; y las mujeres mantuvieron sus sedas, encajes y medias en el fondo del baúl, y regresaron con gusto a andar con los pies descalzos y ropas primitivas. La ropa de los niños estaba reducida a su más simple expresión. Gil reportó que en Bacum donde trabajaban las hermanas Josefinas constantemente habían hablado con las mujeres yaquis y éstas no estaban felices. En vez de responder rápidamente a las sugerencias de cambiar sus costumbres personales y religiosas, se veían temerosas y decían que si lo que las hermanas decían acerca de las antiguas costumbres era verdad, entonces a los yaquis les esperaba un terrible castigo. El padre Beltrán también sintió que no era bienvenido. Los temastis (líderes religiosos) de Bacum le dijeron que estaban bastante bien sin un padre y que cuando era necesario llevaban a sus hijos a ser bautizados a alguna otra parte. Los ancianos le dijeron que no había mexicanos en el pueblo cuando ellos eran jóvenes. Cuando un grupo de ancianos se reunía con el general Torres en las sesiones generales que se llevaban a cabo para atender quejas, aseguraban que no había quejas. Luego de pronto algún anciano le preguntaba: "¿Cuándo se van los mexicanos?". A Torres le parecía que eran unos fanáticos.

Loreto Villa había hecho muchos esfuerzos para suavizar las relaciones después de su visita a la Ciudad de México y su lealtad fue recompensada por Torres con el mando de los auxiliares. Manifestó haber hecho muchos esfuerzos para explicarle a los ancianos acerca de la necesidad de someterse al gobierno de Sonora y de intentar llevar una vida pacífica. Villa dijo que había una respuesta recurrente a la afirmación de que todo había cambiado: "El viejo me dijo: 'Nada ha cambiado. Nos hacemos la señal de la cruz con la misma mano que lo hacíamos antes". A dos años de la paz de Ortiz los líderes de Bacum estaban inquietos. El Jopo y Pluma Blanca eran enemigos del régimen de Torres y el general respondió, puso a Tetabiate temporalmente al frente de los auxiliares y le ordenó desarmar a los disidentes de Bacum. Junto con Villa y Espinosa fue a Bacum y cumplió la orden. Al día siguiente Tetabiate y los auxiliares se rebelaron y huyeron a Cocorit y dejaron a Villa para que reportara el incidente a Torres. Luego el general recibió una carta desde Cocorit firmada "Los Ocho Pueblos Yaquis". Decía: "¿Qué va a hacer acerca de lo sucedido? No queremos pelear con los federales pero tuvimos que hacerlo porque Espinosa estaba con ellos". Espinosa y Villa eran considerados traidores por apoyar la administración mexicana.

La carta concluía: Lo que queremos es que todos los blancos y las tropas se vayan. Si se van de una vez, entonces habrá paz; si no declaramos la guerra. Porque la paz que firmamos en Ortiz era con la condición de que se fueran las tropas y los blancos y esto todavía no lo han hecho; al contrario, en lugar de cumplir se han llevado las [nuestras] armas. Claro que usted está detrás de todo este negocio y no tenemos la culpa por todas las desgracias que ocurran. Los rebeldes mataron a Hilario Amarillas y Villa escapó para retomar el mando de los auxiliares yaquis que no se habían rebelado. El general Torres contestó: Ustedes no son los ocho pueblos de los yaquis y se pueden considerar tan solo como una gavilla de malhechores que no quieren la paz o el trabajo honrado y no reconocen los beneficios que han recibido del Gobierno, se han juntado para cometer fechorías y asesinatos.

La guerra había comenzado de nuevo. Después de pelear con firmeza los mexicanos tomaron Bacum y Cocorit. Sin embargo todo el bando sur, donde el general Torres le había dado una concesión a la Conant Development Company, estaba en manos de los yaquis. La lucha se centró entre Potam y Vicam y poco a poco los yaquis fueron empujados a las fortificaciones de las Montañas Bacatete. Las autoridades se sintieron víctimas de un complot y que Tetabiate era un traidor incapaz de cumplir la palabra que había dado en la Paz de Ortiz. Estaba claro que esta era una indicación de que estaban listos para tomar las armas y sacarlos de su territorio. Nunca sabremos si esto fue una conspiración de Tetabiate. Parece ser que los yaquis seguían comportándose de acuerdo a los patrones desarrollados en el siglo XIX y manteniendo una organización que les permitía rebelarse rápidamente. Simplemente habían conservado la antigua organización que Torres se negaba a reconocer y que continuó operando sin su conocimiento.

El ejército planeó una campaña para terminar la pelea de manera definitiva. Quienes elaboraban los programas habían abandonado desde hacía mucho tiempo cualquier idea de la exterminación de los yaquis. Desde hacía muchos años los reportes enfatizaban que los yaquis eran los mejores trabajadores del estado y que eran el quince por ciento de la población estatal. Las propuestas de exterminio aparecían de vez en cuando y eran enfrentadas con el hecho de que el estado sufriría económicamente si se utilizara este método. Parecía ser que el mejor método seguía siendo la colonización con el apoyo de la ocupación militar. Esta ocupación debía ser precedida por un estado de sitio a las Montañas Bacatete. Además de esta medida se debía establecer un servicio de "espionaje", constantes reportes de actitudes y comportamientos de yaquis trabajando en el estado fuera de su territorio, además de constantes inspecciones de los pueblos. Los rebeldes serían deportados a haciendas fuera de su territorio y se aprovecharían mejor las cualidades de los yaquis dentro de una población mezclada. También se pensaba que los yaquis que fueran deportados podían ser educados apropiadamente. Estas medidas se empezaron a tomar a partir de 1900. Para entonces una tercera parte de la población era de colonos mexicanos y americanos con 7,606 yaquis y a 3,639 colonos. Torim se había convertido en un pueblo mexicano de importancia y lugar de asentamiento de la familia Torres. Al iniciar la campaña, el coronel Penna mencionó el punto de vista de las autoridades:

Convencidos de que la cuestión de justicia no incluye el dar pedazos de tierra a los indios, ha sido muy debatido y perfectamente comprobado que no era lo que los indios querían, ya que han abandonado sus tierras a seguir la rebelión y sus títulos han servido como alimento para las armas, está claro que su único deseo está en sacar a todos los mexicanos; la forma en que han recibido la tierra no les interesa. Su razonamiento en lo particular es de la siguiente manera: "Dios le dio el río a los yaquis, no un pedazo a cada quién".

En 1900 los yaquis sufrieron una seria derrota en el corazón de las Montañas Bacatete: cuatrocientos cautivos y muchos muertos. Los capturados fueron enviados fuera de su territorio a trabajar en varias partes del estado. Mientras crecía la campaña con Loreto Villa como mayor una carta salió de las montañas dirigida al comandante. Estaba firmada por "Los Ocho Pueblos Yaquis" y decía que los yaquis estaban dispuestos a someterse a las autoridades estatales y federales siempre que colonos y tropas salieran inmediatamente. La lucha continuó y en 1901 el destacamento del mayor Loreto Villa sorprendió y mató a Tetabiate llevando a un grupo de mujeres y niños a un escondite. La siguió la lucha aunque el estado de sitio a las montañas fue tan efectivo que los grupos que regresaban de la pelea e intentaban entrar a su territorio eran interceptados. Gradualmente todos salieron de las Bacatete y la lucha se sintió en San Marcial, a cuarenta y cinco kilómetros al norte de las montañas. Los que habían salido a trabajar y a quienes que las tropas no les permitían regresar estaban peleando donde se encontraran. Su resistencia había sido alimentada por una serie de reglas establecidas por nuevo gobernador del estado; el general Torres. Las nuevas reglas exigían que los yaquis se podían mudar solo a regiones preestablecidas, que debían permanecer juntos en las haciendas, que serían revisados una vez al mes en el lugar que se encontraran, que cualquier yaqui sin papeles de permiso sería encarcelado y que todas las comunidades deberían estar en constante observación. Al mismo tiempo, grandes extensiones de terreno fueron entregadas a la familia Torres y a varias compañías agrícolas. Un grupo de yaquis en una región montañosa cerca de Ures envió un mensaje que decía que estaban dispuestos a parar de pelear siempre que las tropas abandonaran el territorio, que la tierra fuera entregada a la tribu, que les permitieran mantener su propio gobierno, y que el gobierno del estado prohibiera que los blancos cruzaran por su territorio.

Los ataques continuaron en lugares tan remotos como Magdalena a ochenta kilómetros al sur de la frontera con los Estados Unidos. La policía rural arrestaba yaquis donde los encontrara. La campaña contra había sido endurecida el gobernador Izábal quien tenía un nuevo programa, el de deportarlos a otros estados de la República Mexicana. Se regularizó un tráfico que alcanzó sus mayores proporciones en 1907. La exterminación, la ocupación militar y la colonización no habían resuelto el problema. El nuevo programa consistía en la venta de hombres y mujeres a sesenta pesos por persona a los dueños de las plantas de henequén y de plantíos de azúcar del Valle Nacional de Oaxaca. El gobierno federal y el estatal trabajaban en conjunto. Los que habían sido encarcelados en Hermosillo fueron enviados en bote hasta la costa del sur, luego cruzaron el Istmo para luego ser embarcados de nuevo hasta Yucatán. A cinco mil yaquis se les dio este trato en 1909 y las familias fueron destrozadas. Mayos, pápagos, y ópatas también cayeron en la red. El "obstáculo para la civilización" no pudo pelear más. Miles huyeron a esconderse evitando ser identificados como yaquis y se mezclaron con la población en ciudades y haciendas de Sonora. Cientos cruzaron la frontera a los Estados Unidos y se asentaron permanentemente. En 1909 los hacendados sintieron que las deportaciones habían lastimado sus fuentes de mano de obra. Protestaron contra el general Torres, de nuevo gobernador del estado, y disminuyó el tráfico. De nuevo se firmó la paz, esta vez con un yaqui llamado Bule. Cuando comenzó la Revolución en contra de Díaz los pelearon contra Madero al principio y también contra Obregón cuando las tropas revolucionarias tomaron el control del estado. Ofrecieron la paz siempre que se les diera soberanía sobre sus tierras y el derecho a expulsar a los no-yaquis. A Obregón le pareció que esta exigencia estaba fuera de orden y calculó que "perpetuaría el barbarismo" entre los yaquis. Envió al general Lázaro Cárdenas a exigirles la rendición. La resistencia fue derrotada después de una fuerte campaña que duró hasta 1917 y que los yaquis que vivían en Arizona hicieron un esfuerzo inútil para enviar armas y hombres al contingente que peleaba contra Cárdenas. Muchos yaquis que creían que Obregón había hecho un tipo de promesa de regresarles las tierras que habían sido entregadas a mexicanos y a norteamericanos, se unieron a sus fuerzas y marcharon con sus tropas a la Ciudad de México en su triunfo final.

Con el triunfo de la Revolución Adolfo de la Huerta se convirtió en gobernador de Sonora en 1919 y de nuevo comenzó a reconstruir el territorio yaqui. Pero ahora Bacum y Cocorit eran pueblos mexicanos. Belem, Rahum, y Huirivis estaban deshabitados por la falta de agua por cambios en el delta del río. Esto dejaba a solo tres de los pueblos yaquis originales -Torim, que se había convertido en ruinas después del periodo de prosperidad de la administración de Torres y Potam. Los conservadores un se llamaban a sí mismos los "ocho pueblos" y buscaron la ayuda del gobierno para reconstruir los pueblos perdidos. Con pocos recursos De la Huerta inició la confiscación de los grandes latifundios y ayudó en la reconstrucción de las iglesias. Recibió mucha cooperación de los yaquis que comenzaban a regresar pero se involucraron en una contrarrevolución y abandonaron el estado. Cuando el gobierno federal compró la tierra de la Richardson Development Company comenzó a repartirla entre no-yaquis y la vieja resistencia comenzó de nuevo. Al pasar por territorio yaqui el tren de Obregón fue detenido por el general Luis Matus para entablar conversaciones acerca del problema agrario de los yaquis. Comenzó el rumor de que Obregón había sido capturado y llegaron tropas a liberarlo. Hubo ataques en Potam y en Vicam donde se mantenía a Obregón. Los yaquis de la región comenzaron a huir a las montañas y se diseñó un campaña militar que duró casi un año y muchos huyeron a los Estados Unidos donde solicitaron asilo político. Los que caían prisioneros eran incorporados al ejército y enviados a Veracruz, Yucatán y al centro de México. Se ordenó la ocupación de territorio yaqui y se construyeron puestos militares en los principales pueblos y en todos los lugares acuíferos de las Montañas Bacatete. Más huyeron a los Estados Unidos a la media docena de pueblos que habían fundado en Arizona. Al mismo tiempo varias compañías de yaquis que pelearon contra las tropas en los disturbios de 1926 y 1927 recibieron tierras como parte de la ocupación del ejército en el río. "El Problema Yaqui" aun no estaba resuelto. Poco a poco regresaron más de los que habían sido incorporados al ejército y durante la década de 1930 la población aumentó pero se mantuvo confinada a la parte norte del río. Las enormes tierras de cultivo que ahora contaban con sistema de riego se mantuvieron en manos de mexicanos y norteamericanos. Ciudad Obregón era una nueva y enorme ciudad que prosperaba en medio del desarrollo agrícola en el antiguo vecindario de Cajeme.

El presidente Lázaro Cárdenas pensó en hacer algo acerca del "problema yaqui" en 1936 como parte de su programa de apoyo a los indígenas de México. Su gobierno bajo los auspicios del Departamento de Asuntos Indígenas construyó una escuela para jóvenes yaquis cerca de Vicam para el entrenamiento agrícola. El mismo Cárdenas entabló correspondencia con el gobernador de Vicam, que al igual que los otros pueblos mantenía su propio sistema colonial de organización separado de la organización estatal de municipios. Cárdenas elaboró un plan como respuesta a quejas de invasión de tierras y contra varios tipos de explotación de los recursos de los yaquis por parte de los mexicanos. El plan incluía la construcción de una enorme presa destinada en primer lugar para un sistema de riego de la ribera norte donde los yaquis se habían concentrado. Por decreto gubernamental ordenó que toda la ribera norte, parte de la ribera sur y las Montañas Bacatete quedaran bajo el control exclusivo de los yaquis. También prometió ayudar en la reconstrucción de los pueblos perdidos y de dar a la tribu ayuda gubernamental en el desarrollo agrícola. Rechazó la petición de ayuda para reconstruir las iglesias debido a la separación entre la iglesia y el estado. Se negó a hacer algo acerca de la tierra que ya se había perdido asegurando que no podía hacer nada en contra de compromisos de gobiernos anteriores. Estas promesas fueron hechas en una reunión con gobernadores de los pueblos en Potam en 1939 en la que hubo por lo menos reconocimiento tácito del existente sistema de gobierno ya que en el decreto y cartas de Cárdenas hablaban de la "Tribu Yaqui". Se estableció un sistema con similitudes al sistema de reservaciones de los Estados Unidos.

Tuvieron que pasar catorce años antes de que las aguas de la nueva presa comenzaran a ser usadas en la ribera norte. Mientras tanto continuó la ocupación militar, las invasiones de mexicanos no se detuvieron y la población disminuyó a diez mil. Los mayos habían desaparecido de la historia de Sonora como un grupo distinto. Mientras que la agresión armada de los yaquis continuó hasta 1927, no hubo luchas en territorio mayo después de 1893. Los mayos habían sido pacificados treinta y cinco años antes que los yaquis. Para 1950 la población mayo era superior en números a la de los yaquis. El cuarenta por ciento de los mayos hablaban solo su lengua mientras que tan solo un insignificante número de yaquis no hablaba español. Sin embargo, todavía en 1960 el uso de la lengua yaqui continuaba siendo utilizada en los asuntos de la comunidad y del hogar. El gobierno de los pueblos mayos ya no era el del sistema colonial, mientras que cada pueblo yaqui incluyendo a los nuevos como Torocoba (reemplazando a Cocorit), Bataconsica (reemplazando a Bacum), Rahum y Huirivis (en un nuevo lugar) conservaban el tipo de gobierno colonial y el consejo de los pueblos. Las organizaciones ceremoniales de los yaquis se establecieron también en cuatro de los asentamientos de Arizona, aunque sin las organizaciones políticas.

La historia de los mayos y los yaquis durante el periodo mexicano puede ser resumida como una lucha de las hispanizadas comunidades indígenas para mantener el control de sus tierras y los asuntos locales frente a un intento por forzarlos a cambiar. Los patrones que intentaban mantener eran los que se desarrollaron bajo la tutela de los jesuitas durante los dos siglos anteriores. Como dijera el historiador sonorense Eduardo Villa: "... él [Cajeme] quería firmar una paz más o menos idéntica a la que dos siglos antes habían firmado sus ancestros con el capitán español Martínez de Hurdaide..." Lo que Cajeme quería hacer está muy claro y era lo mismo que querían los líderes en la década de 1950; de manera repetitiva han demostrado que quieren un gobierno local independiente y a través del pueblo, jurisdicción sobre el manejo de las tierras que creen fueron recibidas por herencia supernatural. Los mayos estaban un poco menos determinados en esto. Los mexicanos no pudieron ver esto con claridad desde el principio sino que cuando se enteraban del motivo de la resistencia esto era considerado como barbarismo. La "horrible anomalía" del tipo de gobierno colonial no era compatible con el nacionalismo que los mexicanos identificaban como civilización. Una combinación de circunstancias, la más importante era la desorganización gubernamental entre ellos mismos, no les permitió imponer los sistemas políticos y de propiedad privada por más de ochenta años. Todavía no se ha logrado en la década de 1960 a pesar de la dispersión y deportación.