TARAHUMARAS
Después de una reunión con ochocientos indígenas en las montañas de la Sierra Madre en el suroeste de Chihuahua, el primer misionero en hacer contacto con los tarahumaras, dijo: "Me encuentro feliz y entusiasmado viendo la puerta abierta para muchas conversiones, especialmente porque pueden llevarse a cabo sin la ayuda de soldados y capitanes". El nombre del joven misionero era Juan Fonte y la reunión que tanto lo entusiasmó fue llevada a cabo en 1607. Fonte se encontraba feliz por el prospecto que su propia iniciativa había abierto. Antes del avance jesuita, líderes tarahumaras lo habían invitado a venir sinceramente interesados en las enseñanzas jesuitas. Fonte respondió con gran vigor y comenzó a trabajar en armonía con la visión indígena del desarrollo pacífico de una nueva forma de vida. Sin embargo este idílico inicio dio entrada a algo muy diferente y se necesitó un siglo para que los españoles pudieran proclamar que el territorio Tarahumara se encontraba efectivamente bajo su control y más de diez años después de haber cimentado el avance jesuita, el padre Fonte fue sacrificado por indígenas que se consideraban ya cristianizados.
El lugar donde Fonte se reunió con el grupo de tarahumaras era un valle que los españoles habían llamado San Pablo, a cerca de cuarenta kilómetros al oeste del poblado de Santa Bárbara. Fue aquí donde Fonte y un compañero establecieron un número de comunidades indígenas alrededor de una iglesia que fue cristianizada como San Pablo Ballesa. La región había sido una tierra sin dueño entre dos tribus -los tepehuanes al sur y los tarahumaras al norte. La tradicional hostilidad los llevó a pelear hasta el extremo de interferir con la sedentarización de la vida comunitaria. Fonte se acercó a mediar la situación con su experiencia de diez años en las misiones tepehuanes y con el apoyo de ambas tribus. Mientras que la guerra inter-tribal continuaba, sus esfuerzos no se detuvieron y trajeron como resultado la colonización del valle por ambas tribus y el crecimiento de una próspera misión. La empresa de Fonte se adelantaba al avance de la frontera minera de los españoles. Cuarenta años antes de su llegada a San Pablo, vetas de plata fueron descubiertas en un lugar llamado Santa Bárbara. Los mineros, prontamente penetraron ochocientos kilómetros al norte de Durango; pero la frontera de misiones avanzó mas lentamente. En la última década de 1500, los jesuitas iniciaron sus trabajos entre los indígenas tepehuanes que ocupaban una vasta región de la Sierra Madre en el noroeste de Durango. Habían completado la cristianización de los tepehuanes cuando Fonte se presentó entre los tarahumaras. Al mismo tiempo, los misioneros franciscanos se encontraban trabajando al este de las montañas, ampliando sus misiones hacia el interior del territorio de los conchos al norte de Santa Bárbara. Algunos conchos, al igual que tepehuanes y tarahumaras, se sintieron atraídos por las comunidades y por la misión del valle de San Pablo y la región se mezcló de tribus.
Los esfuerzos de los misioneros estaban dirigidos a la "reducción" de los indígenas, esto es: su concentración a asentamientos compactos centrados por las iglesias de las misiones. Los tarahumaras, al igual que los tepehuanes, no estaban acostumbrados a vivir en comunidades compactas. Cultivaban maíz, frijol, y calabaza y dependían principalmente de alimentos cultivados, pero sus viviendas se encontraban ampliamente diseminadas, las casas de una misma comunidad estaba frecuentemente separada hasta por un kilómetro. Aún, más, muchos grupos tarahumaras cambiaban su morada en invierno, de las partes altas de la sierra al cálido fondo de las barrancas. El patrón básico de comunidad que los españoles llamaron "ranchería" ofrecía un gran obstáculo para el enfoque de reducción. Si los tarahumaras iban a aceptar completamente el liderazgo del misionero, significaba no solamente el reemplazo de creencias acerca del mundo espiritual, sino también una reorganización familiar, vecinal y comunal. El éxito inicial de la actividad de Fonte parece haber estado relacionado al hecho de que se encontraba trabajando en una área donde el tradicional estilo de vida había sido alterado por las constantes guerras inter-tribales. Parecer ser que cientos de indígenas de las tres tribus vecindantes recibieron con agrado la oportunidad de asentarse pacíficamente en un lugar donde pudieran cultivar la tierra con más intensidad, aprender el nuevo arte de criar ganado vacuno y lanar, y escuchar a los predicadores hablar acerca de un nuevo estilo de vida.
En 1616, el firme crecimiento de los asentamientos de San Pablo fue interrumpido. Desde antes había señales de descontento. Estas fueron reportadas por Fonte como el tipo de hostilidades frecuentes que los misioneros a veces enfrentaban, la oposición de los "brujos". Los misioneros, quienes creían en la magia negra tanto como los indígenas, consistentemente se referían a todo tipo de prácticas religiosas que no fueran cristianas, como inspiradas por el diablo y eran por ello consideradas como magia negra. En San Pablo hubo varias instancias de oposición inspiradas por los "brujos" contra el trabajo de Fonte y su asistente. La timidez de esta oposición no era una alarma adecuada para la tormenta que inició en 1616: la gran Rebelión Tepehuana. Por dos años, la guerra arrasó el territorio tepehuán trayendo como resultado la muerte de varios cientos de españoles y por lo menos mil indígenas. Entre los que perdieron la vida estaban Juan Fonte y su ayudante el Padre Moranta. Ambos murieron mientras se dirigían a una celebración religiosa en una misión tepehuana en el momento que estalló la rebelión.
La Rebelión Tepehuana fue una de las tres rebeliones más sangrientas y destructivas en los intentos de expulsar a los españoles del noroeste de Nueva España. Las otras dos rebeliones ocurrieron mucho después entro los pueblo y los yaquis. La Rebelión Tepehuana le dio a los tarahumaras experiencia directa en resistencia organizada y probablemente influyó directamente en los posteriores hechos en el territorio tarahumara. Fue esencialmente una cruzada religiosa en la que los líderes tepehuanes intentaron, aunque sin éxito, asociar a las otras tribus a lo largo de la Sierra Madre y hasta la costa del Pacífico. El líder principal era un tepehuán llamado Quautlatas. Promovió a una figura de piedra que hablaba como un profeta de esperanza. La voz proclamaba que la gente no debería aceptar a los dioses del misionero, que deberían regresar a la creencia de sus antiguos dioses y que deberían expulsar a todos los españoles del territorio tepehuán. La voz garantizaba que no habría regreso de los españoles ya que tenía el poder de hundir todos los barcos que intentaran traer más de ellos. La figura de piedra también prometió que cualquiera que muriera peleando contra los españoles regresaría a la vida. Quautlatas y la imagen de piedra inspiraron a los tepehuanes a lo largo de su territorio. Se planeó un levantamiento y se llevó a cabo en noviembre de 1616. Esto trajo como resultado el exterminio casi inmediata de más de cuatrocientos españoles que residían entre las minas y las comunidades tepehuanes, incluyendo a seis de siete misioneros. Una bien conocida imagen de la Virgen María de la iglesia de la misión de Zape fue rota y desfigurada. La reprimenda fue inmediata pero no efectiva. Se necesitaron tres expediciones de soldados de Durango. Quautlatas, el líder religioso, y Cogoxito, el último de los líderes militares fueron eliminados y no quedó quien organizara la resistencia. Aunque la resistencia militar fue eliminada en 1618 por las crueles ejecuciones de los españoles, no fue sino hasta 1623 que la situación regresó al estado que se encontraba antes de la rebelión. Al mismo tiempo que se restablecían siete misioneros entre los tepehuanes, se reinstalaba en Zape la imagen de la Virgen María ya restaurada.
Mientras tanto, el trabajo misionero se había detenido en el valle de San Pablo. Dos líderes tarahumaras habían tomado ventaja de las inestables condiciones de la Rebelión Tepehuana para saquear a los españoles en Santa Bárbara. Mas allá de esto, la rebelión no se generalizó en territorio tarahumara y los asentamientos alrededor de la misión de San Pablo Ballesa permanecieron ocupados. La situación comenzó a cambiar profundamente cuando una gran veta de plata fue descubierta en Parral en 1631 y se cambió la frontera al norte de Santa Bárbara. Las minas de Parral rivalizaron con las de Durango en riqueza. El resultado fue un gran flujo de españoles hacia el margen sureste de territorio tarahumara. Con el desarrollo de las minas de Parral aumentó la necesidad de mano de obra para el trabajo en las minas y para alimentos que apoyaran la creciente población. Los indígenas del vecindario fueron reclutados ya que los negros y los españoles no podían llenar la demanda. El reclutamiento forzado, o esclavitud de indígenas no cristianizados estaba permitido por la ley española. De esta forma, los indígenas no cristianizados -que formaban una mayoría ya que el trabajo de Fonte había afectado a sólo una pequeña parte de la tribu-, los tobosos y otros del este, fueron presas fáciles. Mientras las haciendas y los ranchos crecían en el vecindario de Parral, los tarahumaras "salvajes" eran atrapados en las montañas y reclutados como esclavos. Las condiciones pacíficas que habían dominado el periodo de crecimiento de San Pablo Ballesa cerca Santa Bárbara, fueron cambiadas por tiempos de problemas. Muchos tarahumaras vinieron voluntariamente a trabajar con otros indígenas cristianizados de la costa oeste en las minas de Parral, al tiempo que los españoles saqueaban las comunidades y algunas veces, bajo el pretexto de llevarlos a las escuelas de las misiones, secuestraban niños para ser llevados como sirvientes. También había abusos por parte de los dueños de las minas, quienes frecuentemente exigían que los indígenas trabajaran por dos meses sin recibir pago, luego trabajar dos meses más para recibir el pago total.
Las presiones sobre los indígenas para ajustarse a las instituciones de los invasores se fueron acumulando. Los jesuitas renovaron su programa de misiones en la década de 1630, poco después del descubrimiento de las minas de Parral y lo intensificaron en las dos décadas posteriores bajo el liderazgo de los padres Pascual y Figueroa. Los misioneros frecuentemente sirvieron como intermediarios entre los indígenas en materia de trabajos forzados, secuestros, y el maltrato de los españoles. Sin embargo los líderes indígenas sentían que los misioneros ejercían presiones sobre cambios y una nueva disciplina de trabajo. Figueroa se involucró en el desarrollo de sistemas de irrigación en los valles en los cuales la vieja y la nueva misión estaban establecidas. Los jesuitas extendieron sus misiones hacia el norte hasta el río Conchos, llegando más lejos que los centros mineros. Hacia mediados de la década de 1640 habían establecido cuatro nuevas y prósperas misiones a ochenta kilómetros más allá de San Pablo --Las Bocas, Huejotitlán, San Felipe y Satevó. Cientos de tarahumaras fueron reunidos en las misiones y fueron puestos a trabajar en la elaboración de canales y presas para los nuevos sistemas de riego y para atender los hatos de ganado. Casi cuatro mil tarahumaras habían sido bautizados. Esta extensión de misiones estaba confinada a la parte baja del territorio tarahumara y paralela a la Sierra Madre Occidental. Las misiones junto con sus comunidades se establecieron formalmente como una nueva unidad de misiones de la cadena jesuita y se dio a conocer como la Baja Tarahumara. En 1646 había cinco misiones activas en esta nueva unidad. Al mismo tiempo, la actividad minera se estaba expandiendo firmemente en Parral, en donde cientos de indígenas fueron empleados, no sólo de la región circundante sino también de Sinaloa.
Las tensiones se estaban acumulando, se acercaban a su clímax y a una nueva rebelión. Los misioneros protestaron en vano contra los trabajos forzados en las minas y en poblados españoles. La población de las misiones comenzó a declinar, en parte debido a epidemias, pero mayormente para escapar de las condiciones de trabajo impuestas por misioneros y seculares por igual. Los tarahumaras abandonaron la comunidad y se regresaron, o se fueron como nuevos residentes, al territorio montañoso. Los tarahumaras apóstatas se opusieron con rencor a todo lo que los españoles habían introducido. Ofrecieron liderazgo entre los aún aislados indígenas para resistirse al establecimiento de minas y misiones en su territorio. Los tobosos al este, quienes no habían sido cristianizados con éxito por los franciscanos, arrasaron y amagaron a las misiones y ranchos. Se incrementaron las acusaciones por parte de los misioneros por un lado y por otro de los colonos españoles en contra del gobernador de la Nueva Vizcaya por permitir los maltratos a los indígenas en los centros mineros, y por su deficiente esfuerzo por controlar a los tobosos en rebeldía.
En 1648, indígenas de varias tribus incluyendo a cien de Sinaloa organizaron una rebelión en la comunidad tarahumara de Fariagic, al sudoeste de Parral. Bajo el liderazgo de cuatro hombres, probablemente de diferentes tribus, cientos de indígenas se movilizaron al norte pero poco pudieron conseguir. Soldados de Durango entraron en acción inmediatamente, capturaron y ejecutaron a dos de los cuatro líderes dispersando a los rebeldes. Aparentemente, la rebelión fue pobremente organizada sin el apoyo general de los tarahumaras. Fajardo, el nuevo gobernador, tenía la intención de extender la provincia de Nueva Vizcaya al norte como una unidad política funcional y aparentemente no se le había advertido de la insatisfacción y hostilidad que se había estado acumulando entre los tarahumaras inmediatamente después de su discreta rebelión de 1648 y proporcionó los medios para el establecimiento de una nueva villa o poblado español, casi en el corazón de la parte alta del territorio tarahumara que aún no había sido cristianizado. En un lugar que él llamó Villa de Aguilar, en el nacimiento del río Yaqui, estableció una pequeña guarnición de soldados y un número de colonos españoles. Se esperaba que crecería para convertirse en un importante centro en el norte de la Nueva Vizcaya. La frontera secular había de nuevo sobrepasado a la frontera de misiones, pero éstos respondieron rápidamente y llevaron a acabo las provisiones para establecer un misionero en un lugar llamado Papigochi, cerca de Villa de Aguilar. Ni el gobernador ni el padre Pascual, responsable de la unidad de misiones de la Baja Tarahumara, se habían percatado que habían penetrado al corazón de los sentimientos anti-españoles. Así, la fundación de Villa de Aguilar inició otra rebelión casi inmediatamente.
La naturaleza del liderazgo de esta revuelta es un fuerte indicativo de las presiones que se habían acumulado sobre los tarahumaras. Los españoles identificaron a tres hombres como los líderes de las tempranas erupciones: Don Diego, Yagunaque, y Tepórame. No se dice mucho acerca de Don Diego, pero está claro que era el producto de las comunidades misionales; en realidad se le había dado como apodo, el nombre del capitán español quien tomara el campo en contra de los tarahumaras en las primeras revueltas; Juan de Barrasa. Yagunaque era bien conocido por los españoles, pero en este punto de su vida, muy infavorablemente como un apóstata. Había sido un devoto cristiano pero llegó a odiar a los misioneros y se sabía que había jurado matarlos y había renunciado al dios cristiano. Era representante de un creciente grupo de indígenas, aquellos que habían sido arrastrados a las misiones de la Baja Tarahumara, pero quienes por una variedad de razones se habían convertido en rencorosos antagonistas. En algunos casos fue la disciplina aplicada por no acudir a misa o por romper alguna otra regla. A veces era por alguna injusticia sufrida a manos de algún patrón. Con frecuencia era la influencia de parientes que se retiraron del contacto misional. Tales apóstatas se habían mudado fuera del alcance del control español del territorio bajo a la parte alta. El tercer líder de la revuelta se llamaba Tepórame, o Tepóraca (las autoridades civiles y religiosas estaban en desacuerdo respecto a su nombre). Él había adquirido un nombre cristiano, Gabriel, y era bien conocido por los españoles con quienes hizo tratos en muchas ocasiones. No se les describía como un apóstata, lo que probablemente significa que en contraste con Yagunaque, nunca se había declarado públicamente como opositor de las creencias cristianas y de los misioneros. Las autoridades civiles españolas habían desarrollado un considerable respeto hacia él como hombre razonable, orador y por la alta estima en que los tarahumaras le tenían. Fue una sorpresa para los españoles encontrarlo entre los rebeldes. Pero al intensificarse la rebelión quedo claro que era el líder. El liderazgo no era el de viejos líderes tribales ignorantes de lo que los españoles podían ofrecer. El liderazgo actual consistía de hombres que conocían en detalle los aspectos de la vida española; la secular y la vida en misión. Tepórame tenía cierto grado de educación escolar. No debería concluirse que todos los hombres tarahumaras eran hostiles hacia los españoles, al contrario, había muchos en las comunidades misionales que se negaron a apoyar a Tepórame. Las dos comunidades en las misiones de San Gerónimo (Huejotitán) y San Felipe se mantuvieron firmemente en contra de los rebeldes y se negaron a unírseles. En el bando contrario estaba Don Pablo ayudando a los misioneros, un hombre influyente de Papigochi.
En breve, uno de los resultados comunes de la diseminación de la civilización española era completamente evidente entre los tarahumaras a menos de cincuenta años después del primer contacto. El faccionalismo dentro de la tribu estaba muy desarrollado. Una considerable porción de la gente sentía que la dominación española era una disputa y que estaban siendo persuadidos a pelear en contra o a favor de ella. También está claro que el liderazgo anti-español tenía la capacidad de crear no más de una breve unidad entre los tarahumaras. Todos los líderes anti-españoles se enfrentaban frecuentemente con la división de pensamiento entre los indígenas y tarde o temprano también a la traición de alguno de sus seguidores bajo presión militar española.
A menos de un año de la fundación de Villa de Aguilar, las relaciones entre los colonos y soldados españoles y tarahumaras del vecindario entraron en conflicto. Los españoles se apropiaron de las tierras cultivables, asumieron actitudes de dominación sobre los indígenas e intentaron forzarlos a trabajar para ellos. El establecimiento de la misión jesuita aumentó las tensiones en vez de disminuirlas. El nuevo misionero se identificaba con los otros españoles al ser arrastrado al interior de las disputas locales e igualmente que los colonos, se convirtió en un objeto de hostilidad y desconfianza de los indígenas. Un soldado vivía con él con el propósito de defenderlo. En 1650 se dio la explosión. El misionero y su soldado fueron crucificados, sus cuerpos mutilados y se incendió la iglesia. Luego mataron a todos los españoles que encontraron. La mutilación extrema del cuerpo del jesuita era un indicativo de la intensidad de sentimiento que había sido generada por su intrusión al territorio tarahumara. Soldados de Parral bajo el mando de un nuevo gobernador detuvieron las hostilidades en unos cuantos meses no sin antes haber perseguido las bandas de tarahumaras hacia el oeste, haber peleado rencorosamente con algunas y haber destruido un sinnúmero de rancherías. El gobernador de la Nueva Vizcaya hizo con algunos tarahumaras lo que él pensó que era un tratado de paz. Villa de Aguilar fue reocupada y un nuevo misionero fue asignado para reconstruir la misión de Papigochi. Sin embargo, la pelea había diseminado el sentimiento de hostilidad y la invasión de territorio tarahumara había estimulado en vez de romper la resistencia al control español. Mientras los españoles se establecían en Villa de Aguilar de nuevo, el sentimiento anti-español ardió de nuevo. Tepórame no había sido capturado y se dispuso a organizar otro intento de eliminar a los españoles del territorio.
No hay duda que la punta de lanza de la intrusión española-Villa de Aguilar y su misión satélite de Papigochi-habían sido el enfoque de sentimientos anti-españoles entre los tarahumaras. Ya sin difusión ni incertidumbre en sus objetivos, los seguidores de Tepórame vieron a Aguilar, sus soldados y a los ambiciosos colonos como una amenaza a su independencia y a su forma de vida. Comenzaron a ver la posibilidad de eliminar el establecimiento español ahí y a proceder con la destrucción de la cadena de misiones de Baja Tarahumara. En 1652, apenas un año después del restablecimiento del misionero en Papigochi se hizo un intento. De nuevo, el nuevo misionero fue eliminado inmediatamente y quemaron la nueva capilla. Aún más, los indígenas conversos que fueron encontrados en Papigochi también fueron eliminados. Esta vez estaban mejor organizados y se lanzaron a eliminar a los colonos de la región de Villa de Aguilar. Continuaron su campaña hacia el este, atacaron Satevó e intentaron desesperadamente persuadir a los tarahumaras de las misiones del sur a unírseles. Fallaron completamente en conseguir su apoyo, fue así como fracasó su intento de eliminar las misiones de la Baja Tarahumara. Un contingente de guerreros bajo el mando de Tepórame obligó a que el gobernador Fajardo saliera de Parral a darle batalla. La rebelión continuó por casi un año mientras que los soldados españoles y sus aliados indígenas los perseguían hacia el oeste. Eventualmente los dos mil guerreros que apoyaban a Tepórame fueron reducidos y se aceptaron los términos de paz de Fajardo: la rendición de Tepórame para su ejecución. La tercera revuelta tarahumara había llegado a su fin y se había destruido el liderazgo. De nuevo los españoles la región bajo control pero el plan de construir un poblado en el corazón del territorio tarahumara y la misión de Papigochi fueron abandonados.
La rebelión de 1652 disminuyó la velocidad del avance civil y misionero hacia el interior del territorio tarahumara. Por veinte años, los jesuitas se contentaron con la edificación de las misiones de la Baja Tarahumara. Los hatos de ovejas, cabras, vacas, y caballos se incrementaron y los excesos de producción fueron vendidos a la creciente población de Parral y de los otros centros mineros. La población de las cinco misiones no se incrementó. En 1666 y en 1668 hubo epidemias. Hubo algunos daños por los continuos ataques de los indígenas nómadas del este. Mientras que los franciscanos se asentaban al norte del territorio tarahumara y fundaban una misión en Casas Grandes, los jesuitas exploraron un poco el territorio de la Alta Tarahumara.
No fue sino hasta 1673 que una nueva y vigorosa acción se llevó a cabo. En ese año, una conferencia de jesuitas, de tarahumaras, y de las más altas autoridades civiles en Parral, consideraron los logros obtenidos hasta esa fecha y planearon el avance del programa jesuita hacia el interior. En menos de una año, dos misioneros habían sido asegurados y habían establecido una nueva misión en el margen este de la Alta Tarahumara; la misión de San Bernabé cerca de la ranchería de Cusihuiriachi. Durante los 1670's más jesuitas llegaron a la región. Hacia 1681 había siete trabajando en la nueva unidad de misiones de la Alta Tarahumara. Cuando los misioneros avanzaron hacia al oeste y mas allá de Cusihuiriachi, se encontraron con una profunda hostilidad especialmente en Carichí y Papigochi, donde las dos últimas dos rebeliones se habían centrado. Mientras avanzaban sin escolta Tardá y Guadalajara hablaban con la gente y predicaban ganándose su aceptación poco a poco. También utilizaron un guía e intérprete tarahumara, Don Pablo, un fuerte coolaborador de los jesuitas en las conferencias de Parral en 1673. Los padres Tardá y Guadalajara exploraron todo el territorio tarahumara y fueron recibidos con ceremonias amistosas y realizaron algunos bautizos en 1676 en regiones tan remotas como Tutuaca en el margen oeste del territorio tarahumara. Pronto hubo solicitudes para que los Jesuitas vinieran al territorio jova y eventualmente se estableció un corredor que atravesaba la Sierra Madre de este a oeste uniendo a Chihuahua con Sonora donde los misioneros trabajaband con los ópatas. En menos de quince años se establecieron ocho iglesias y más de catorce mil indígenas fueron bautizados en el territorio de la Alta Tarahumara. Esta región se había convertido una área de éxitos mayores a los de la Baja Tarahumara.
Hubo un tiempo de paz desde 1653, cuando Tepórame fue ejecutado en 1653. Un periodo de más de cincuenta años en comparación con la rebelión tepehuana y la primera rebelión tarahumara. Pero todo el ciclo se repetiría una vez más. En los 1670's en tiempos de la inauguración del nuevo avance jesuita, algunos tarahumaras descontentos se comenzaban a reunir en la parte no-cristianizada, del territorio tarahumara. Este era un terreno agreste localizado en el nacimiento del río Yaqui. Los apóstatas tarahumaras y otros líderes anti-españoles y sus familias se reunieron con conchos e indígenas del norte quienes también habían adoptado una actitud similar hacia los españoles como resultado de sus contactos en las misiones franciscanas. En 1685 la frontera minera fue cambiada de nuevo a la región de las nuevas misiones cuando se encontró plata en Cusihuiriachi y se repitió el viejo fenómeno de la fiebre minera. Renacieron los viejos conflictos entre los indígenas y los españoles cuando estos últimos se establecieron en el interior del territorio de la Alta Tarahumara. El sentimiento anti-español comenzó a centrarse en la misión de Yapórema y para 1690 una nueva rebelión se encontraba en su apogeo. Comenzó, como era usual, con la eliminación de los jesuitas y creció rápidamente al tiempo que los jova eliminaban al misionero de Tutuaca. Como en los días de la rebelión tepehuana, se había dispersado la creencia de que los líderes tenían el poder de hacer inofensivas a las armas de los españoles y cada indígena muerto en la batalla resucitaría al tercer día. En ese mismo año, una tropa de doscientos soldados llegó desde Parral y se enfrentaron a los indígenas en una batalla abierta, mataron a su más prominente líder y la rebelión fue aplastada.
Los próximos años fueron aparentemente pacíficos, pero las batallas de 1690 fueron el preludio de las más serias rebeliones tarahumaras. Las misiones fueron restablecidas en todas partes incluyendo la de Tutuaca donde seguían las hostilidades. Un vigoroso misionero tomó bajo su cargo las misiones de la Alta Tarahumara, y se estableció en Sisoguichi: el Padre Neumann. La década de 1690 estaba destinada a ser un periodo de inquietud. Los tobosos atacaron casi continuamente las misiones tarahumaras y el vecindario de Parral. Epidemias de sarampión y de viruela brotaron en 1693 y 1695 y los ánimos de rebelión se atizaron de nuevo después de la última epidemia. Comenzó a desarrollarse una abierta oposición a los misioneros y sus enseñanzas en Yepórema y en Cocomórachi, no lejos de las fronteras de la Pimería Alta con los jovas y los tarahumaras. Los tarahumaras que habían adoptado la vida en la comunidad misional comenzaron a revivir las viejas ceremonias. Era común la creencia que las campanas de la iglesia propagaban sarampión y la viruela. Varios ancianos, usualmente llamados brujos por los misioneros, comenzaron a predicar la oposición abierta a los misioneros. Abogaban por abandonar las misiones y regresarse a su viejo estilo de vida en las diseminadas rancherías. Un fuerte movimiento de nativismo se había estimulado, evidentemente relacionado muy de cerca con los cientos de muertes provocados por las enfermedades europeas. La principal fuerza de movimiento parecía centrarse en las misiones del norte, principalmente en Cocomórachi y Yepórema. En el último establecimiento hubo dos hermanos cuyos discursos anti-misioneros tenían mucha influencia. Sin embargo el movimiento no estaba confinado a esta area norteña. También era fuerte en el vecindario de Sisoguichi y Papigochi, en otras palabras, sobre casi toda la extensión de la región de misiones.
En 1696 los misioneros se enteraron de la existencia de preparativos de guerra en Sirupa, al oeste de Yepómera: almacenamiento de maíz y flechas envenenadas en un peñasco donde la gente también se estaba reuniendo. El Capitán Retana, fue enviado desde Parral a provocar la batalla. Los indígenas de la región no querían pelear pero Retana estaba convencido de que querían encabezar una revuelta. Consecuentemente reunió por lo menos a sesenta de entre el vecindario del peñasco, que había sido interpretado como fortificado, los mató a todos, decapitó a treinta, puso sus cabezas en estacas y la mandó poner a lo largo del camino desde Cocomórachi hasta Yepómera. En vez de provocar el miedo de los indígenas, la acción de Retana precipitó una revuelta generalizada que abarcaba todo el territorio de la Alta Tarahumara, desde Sisoguichi en el sur hasta el norte de Yepómera. Por dos años hubo encuentros de guerra con exhibiciones de extremo salvajismo por ambas partes, especialmente en las acciones de Retana quien distinguió el vecindario de Sisoguichi de igual forma que lo había hecho en Cocomórachi, con treinta cabezas tarahumaras. Un aspecto de las peleas en ésta última rebelión fue la negativa de todos los grupos de rendirse, prefiriendo en su lugar la muerte en la batalla. La resistencia a los españoles era para algunos una forma definitiva de vivir, aunque se indicó mas claramente en la aceptación de la muerte.
La exhibición del poder militar en manos del Capitán Retana fue finalmente efectivo. La rebelión que finalizó en 1698 fue la última muestra de resistencia militar por parte de los tarahumaras (aunque doscientos años después en esta misma región, centrada en Tomochi, hubo otra rebelión). La conquista armada por fin se había completado; había tardado casi cien años. Desde este punto en adelante, aunque una nueva fiebre de plata se llevó a cabo en 1709 como resultado de la fundación de la ciudad de Chihuahua, y los colonos presionaron con insistencia a todo lo largo del extremo este del territorio tarahumara, la resistencia organizada indígena había llegado a su fin. La reacción dominante de los tarahumaras que se negaban a ser asimilados en el interior de la sociedad española, fue la retirada al oeste hacia el altiplano de la Sierra Madre y al sur en las profundas y agrestes barrancas en el nacimiento de los ríos Mayo y Fuerte.
Los siguientes cincuenta años, después del establecimiento de las condiciones pacíficas, vieron dos tendencias definitivas en la región de la Alta Tarahumara. Una de éstas fue el constante aumento de la ganadería en las comunidades misionales y entre los tarahumaras fuera de las misiones. Mientras que el ganado caballar y vacuno estaban bien establecidos en la vida de las comunidades misionales desde antes de 1725, aparentemente solo las cabras y ovejas fueron de importancia a partir de esa fecha y aumentaron rápidamente una vez que los jesuitas las introdujeron. Esta tendencia era un indicativo de una nueva dimensión económica en la vida tarahumara. La incorporación de ganado en sus actividades de subsistencia significó un importante elemento nuevo para su alimentación, como ninguna otra de las introducciones jesuitas (ya que los tarahumaras no habían permitido ninguna introducción europea que remplazara el maíz, frijol, y calabaza, elementos que habían adaptado bastante bien el medio ambiente). Además las ovejas proporcionaban lana para el tejido de ropa, cobijas, y cinturones. Esta última ocupación era importante entre los tarahumaras, y la cría de sus fuentes de lana les aseguró su independencia, mientras que se interesaran en mantenerla, del sistema económico español. Hubo entonces una tendencia hacia la integración de elementos de los españoles -ganado y tejido- al interior de la economía nativa.
La otra tendencia discernible durante este medio siglo fue la cristalización del sentimiento anti-español en la Alta Tarahumara acompañado por un patrón de retirada como una defensa contra las varias formas de invasión española. Esto se desarrolló al mismo tiempo que la tendencia hacia la asimilación de la cultura española por parte de la región de la Baja Tarahumara. La cristalización de la retirada y de la hostilidad entre los indígenas de la Alta Tarahumara constituyó la respuesta a los continuos esfuerzos de los españoles para forzar a los indígenas a llenar sus necesidades de mano de obra. La ciudad de Chihuahua creció rápidamente asumiendo una posición como la metrópolis del norte. Las minas eran más grandes que las de Durango. Ranchos y Haciendas crecieron alrededor de la ciudad. Los españoles atacaban constantemente los poblados indígenas en busca de sirvientes y trabajadores. Se les permitía forzar a trabajar para ellos al cuatro por ciento de los indígenas de cada poblado cristianizado siempre y cuando respetaran las reglas en lo referente al pago, la provisión de comida durante el viaje al centro de trabajo y condiciones humanas de trabajo. La cuota del cuatro por ciento era regularmente excedida y los estándares de trato humano fueron frecuentemente ignorados. Hasta el gobernador de la Nueva Vizcaya se escandalizó y buscó ayuda con el virrey en la ciudad de México, aunque las condiciones nunca fueron mejoradas a pesar de la preocupación del gobernador. La requisición de trabajo continuó a través del siglo XVIII y los tarahumaras simplemente tuvieron que aprender como vivir para evitar este aspecto de la civilización española. La población de las comunidades misionales fue disminuida constantemente como resultado de los saqueos españoles que se llevaban a mujeres, hombres, y niños o la exitosa huida de parte de los indígenas cristianizados que se enteraban a tiempo de la llegada de los reclutadores españoles. Los jesuitas protestaron en vano, aunque algunas veces tenían éxito en rescatar a unos pocos de indígenas de los trabajos forzados en las minas o haciendas del este. La situación trajo como consecuencia una profunda desconfianza hacia los españoles y convirtieron a las comunidades misionales en lugares de incertidumbre y de residencia temporal. En general, hubo un lento declive en la población de las misiones a partir de 1700 y especialmente después de 1725. El total de la población tarahumara en 1759 fue reportada en dieciocho mil, probablemente un cálculo conservador.
Aún así, las actividades de los misioneros continuaron con considerable vigor. Toda la región de la Alta Tarahumara estaba cubierta de misiones y para 1763 había diecinueve misiones funcionando. Aunque la retirada temporal o permanente de los indígenas en las comunidades misionales era crónica, hubo una aceptación amable de los misioneros. Muchos eran devotos e industriosos y alcanzaron buenas relaciones de trabajo. Uno de éstos era tan capaz y energético que se convirtió en una leyenda en su tiempo: el Padre Hermann Glandorf, quien tenía la reputación de haber superado empresas como el atravesar a pie grandes extensiones de terreno agreste y ayudar a enfermos y moribundos al grado que los indígenas pensaban que tenía poderes sobrenaturales y sus colegas jesuitas a preguntarse si en efecto contaba con algún tipo de ayuda divina. Glandorf fue asignado a Tomochi y por más de cuarenta años trabajó infatigablemente entre los indígenas. Hubo dificultades con pequeños movimiento de nativismo en la década de 1730 y con tarahumaras unidos a apaches en sus saqueos en el norte de Chihuahua. También hubo choques entre los tarahumaras y los misioneros acerca de estos últimos apropiándose de los campos de pastoreo de los indígenas. Pero en su mayoría las condiciones eran de calma, y los misioneros continuaron con sus obligaciones, con la ayuda de sus conversos, en la construcción de iglesias tan grandes y bonitas como fuera posible.
Mientras tanto, las iglesias de la unidad de misiones de la Baja Tarahumara fueron secularizadas, esto es, fueron entregadas por los misioneros a los sacerdotes regulares para su administración como iglesias parroquiales. Este proceso fue completado en 1753. Significaba que de acuerdo al juicio de la iglesia y de las autoridades civiles, los indígenas habían aceptado completamente el cristianismo, ya no requerían de los esfuerzos del misionero y que deberían ser fusionados con la población española.
En 1767 los misioneros jesuitas fueron expulsados de todo el nuevo mundo por orden del rey de España. Los cientos de establecimientos misionales, escuelas, y colegios, como los fundados en Parral y Chihuahua, deberían ser turnados a otra orden de misioneros o ser utilizados para otros propósitos. En el territorio de la Alta Tarahumara no había clérigos regulares para continuar la administración de las misiones. Los franciscanos no tenían los recursos o la inclinación para hacerlo. La expulsión de los jesuitas significó la desaparición de un programa de misiones. Las diecinueve iglesias en las misiones se quedaron de pronto en las manos de aquellos tarahumaras que constituían el personal del misionero; los hombres y mujeres a quienes les habían enseñado el ritual cristiano y el cuidado de las pertenencias de la iglesia. Por ciento treinta años muchas de las iglesias continuaron sirviendo como centro comunitario para los indígenas y los españoles, y después para los mexicanos que llegaron a la región. Algunas veces recibían los servicios de algún sacerdote regular del margen este del territorio tarahumara, pero para la mayoría de los indígenas estaban en libertad de integrar estos elementos en la forma que mejor se acomodara a sus ideas.
En primer lugar, gran parte los tarahumara y su territorio permanecieron en la periferia de los españoles y del interés de sus desarrollos. Oro y plata fueron descubiertos en territorio tarahumara pero los grandes hallazgos de plata en su territorio fueron marginales. La más profunda penetración fue en Cusihuiriachi donde las minas fueron menos ricas que aquellas de Durango, Santa Bárbara, Parral, y Chihuahua. Aunque había minas y mineros en el territorio de la Alta Tarahumara, estas fueron relativamente pocas y diseminadas. Podemos estar seguros que si las cantidades de plata encontradas en Parral hubieran sido descubiertas en Papigochi, los indígenas hubieran sido prontamente abrumados en su propia tierra. En realidad esto sucedió con la minoría tarahumara que habitaba en la región de la Baja Tarahumara en Santa Bárbara, Parral, y Chihuahua. Pero la mayoría pudieron conservarse a distancia de los españoles.
En lo que los españoles estaban interesados era en el poder de trabajo de los indígenas. Los indígenas tenían pocos recursos de valor y eran muy pobres para pagar tributo, pero tenían brazos y piernas. Esto era lo que los españoles necesitaban para minas, haciendas y ranchos. Este interés fue de mayor importancia en las relaciones entre españoles e indígenas. Fue un factor principal en acarrear malas condiciones de trabajo entre ambos, cien años de serios conflictos que los llevaron a un periodo de desconfianza y distanciamiento. Los tarahumaras estaban lo suficientemente cerca de los centros de actividad española como para ser muy afectados por el programa de trabajo forzado pero no lo suficientemente cercanos para ser completamente absorbidos dentro de la sociedad española.
En gran parte los misioneros estaban libres de tratar a su propia manera con los indígenas y traerlos al interior de la esfera española de influencias. Con seguridad esta libertad por parte de los misioneros era intermitente. Hemos descrito tres revoluciones de un ciclo recurrente caracterizado por las tres fases: actividad misionera pacífica; conflictos con colonos y mineros; y acción militar. Sin embargo, dentro del territorio tarahumara durante los primeros cien años hubo dos periodos de más de treinta años cada uno en que la relación misionero y neófito tuvo la tendencia a ser dominante. Los objetivos de los misioneros no fueron alcanzados. Las razones para esto no pueden ser encontradas meramente en la "interferencia" en su actividad por parte de los colonos y soldados. Jugaron un papel obviamente, pero hubo otros factores igualmente importantes. Uno parece haber sido el motivo principal del avance de la conquista. A través de todo el periodo jesuita hubo dos ambientes sociales diferentes de que los indígenas podían escoger. El territorio tribal nunca pudo ser conquistado en su totalidad por los españoles. Desde el principio los indígenas pudieron mudarse al exterior de la esfera española, al principio del territorio de la Baja al territorio de la Alta Tarahumara y posteriormente de las diseminadas comunidades misionales a las relativamente inaccesibles barrancas y altiplano. Los misioneros se encontraban constantemente con regiones de gente no sometida. Tenían pleno conocimiento de la situación y sufrieron frustraciones en reconocer el siempre presente anillo de "oscuridad pagana" alrededor de sus misiones.
Este anillo contra el cual los misioneros intentaron prevalecer debe ser visualizado como un aspecto distintivo de la situación tarahumara. Al parecer se desarrolló en otras partes pero el patrón que se estableció en territorio tarahumara era único. No era sólo el avance de los misioneros paso a paso lo que contribuyó a su formación, sino también la oposición directa entre el objetivo de "reducción" del misionero y el patrón tradicional de comunidades diseminadas de los tarahumaras. El tipo de comunidad que los jesuitas habían introducido se estableció bien en la Baja Tarahumara pero nunca en la Alta. Ahí, la comunidad compacta alrededor de la iglesia era una comunidad inestable. Los jesuitas intentaron desesperadamente estabilizarla, pero las incursiones españolas y el conservadurismo cultural de los tarahumaras eran demasiado para ellos. El movimiento de los individuos y las familias entre las misiones y las rancherías era constante. Los lazos de identificación de los indígenas conversos los llevaban repetidamente al "anillo exterior" por una gran variedad de razones. Para cuando los jesuitas fueron expulsados, la mayoría de las misiones funcionaban como centros ceremoniales para grupos de familias que vivían ahí durante las temporadas de ceremonias importantes, o tal vez por un año o dos a la vez, pero aquellos lazos eran generalmente fuertes para aquellos tarahumaras que aparecían solo ocasionalmente en el centro de la misión. En breve, el punto de vista de los misioneros de lo que era una comunidad apropiada para vivir no había sido establecida para 1767 en la mayor parte del territorio tarahumara. Los tarahumaras de la parte alta habían adaptado la idea del jesuita de una comunidad centrada en la misión pero de acuerdo a su propio estilo de vida comunal.
Este proceso de readaptación era lo que aprendieron del cristianismo, del gobierno colonial español y de la tecnología española que procedió en la Alta Tarahumara después de la expulsión de los jesuitas. El proceso continuó en una atmósfera general de retirada de los colonos españoles que estaba basada en una profunda y enraizada desconfianza. Los colonos y mineros españoles continuaron su lento avance al interior del territorio tarahumara. Al declinar el poder militar los ataques apaches aumentaron en frecuencia e intensidad mientras los tarahumaras recibían menos y menos atención del gobierno. No fue sino hasta después de la Guerra de Independencia que el interés oficial volvió a centrarse en los tarahumaras.
Al tomar forma el estado de Chihuahua bajo el gobierno mexicano de los 1820's, las nuevas autoridades estaban más preocupadás con los indígenas del norte que con los tarahumaras. Los conchos, los tobosos, y los jumanos de los valles de los ríos habían sido exterminados o absorbidos culturalmente para el año 1800. Por otro lado los apaches habían amenazado el norte de Chihuahua continuamente a través del siglo XVIII. Hacían lo mismo pero con una creciente intensidad en la primera mitad del siglo XIX, atacando tan lejos al sur como la ciudad de Chihuahua y tan lejos como el interior de Durango. Se ofrecieron recompensas por cabelleras por parte del gobierno y se hicieron grandes esfuerzos de venganza contra de los apaches con muy poco éxito. La parte norte del estado permaneció inhabitable para los colonos mexicanos. Mientras tanto, alguna atención fue prestada, por parte del nuevo gobierno a la promoción de la colonización en el sur y esto incluía el territorio tarahumara.
En 1825 se promulgó una Ley de Colonización diseñada a promover la población del estado. Proporcionaba, entre otras cosas, la distribución de tierra cultivable alrededor de "pueblos despoblados" en parcelas individuales a los indígenas residentes sin necesidad de pagar por el título. Esto era aplicable a porciones del territorio de la Baja Tarahumara, pero también a las comunidades misionales de la Alta Tarahumara de las cuales los indígenas se habían estado retirando. Pocos tarahumaras estaban interesados en aprovechar la nueva ley. Esta ley también promovía la venta de tierras que los indígenas no reclamaran y los ingresos debían ser depositados en fondos comunes de la comunidad. Una propuesta más de esta nueva Ley de Colonización era que las tierras públicas no cultivadas deberían ser abiertas a la colonización a cualquiera que quisiera trabajarla. Esta propuesta tenía un doble propósito; primero, estimular el desarrollo económico del estado, y segundo, como lo especificaba la ley, traer con ellos la "instrucción y civilización de los indígenas". Se asumía que los vecinos mexicanos serían los portadores de la civilización, propósito para el cual ahora no había misioneros. El efecto de la Ley de Colonización fue el de animar a los mexicanos a penetrar territorio tarahumara, a empujar a los indígenas más al oeste y sur en las montañas, e intensificar el viejo conflicto indígena-colono.
Para 1833 era evidente que la expansión de la población mexicana
estaba absorbiendo constantemente la tierra que había sido adquirida
por los indígenas. Se pensó necesario por parte del gobierno estatal,
en una ley aprobada ese año, en reiterar los derechos de los indígenas
a sus tierras y a afirmar que sus posesiones actuales deberían ser respetadas.
La misma ley promovía la distribución de parcelas de tierra a
familias, indígenas o no, nacidas en el poblado o región donde
se encontraba la tierra a distribuir. El resultado fue la legalización
de todos los títulos de propiedad que los indígenas habían
sido forzados a aceptar y la consolidación de la posición de los
colonos mexicanos donde fuera que ellos hubieran tomado residencia dentro del
territorio tarahumara. Desde este punto y a través del siglo XIX, el
proceso de aislamiento voluntario por parte de la gran mayoría de los
tarahumaras se intensificó. Algunos indígenas abandonaron las
rancherías y fueron absorbidos por la población de los poblados
mexicanos, pero la mayoría se retiró hasta donde pudieron.
Al estabilizarse el gobierno del estado de Chihuahua, bajo los gobernadores
Terrazas y Creel, durante las últimas décadas de la administración
nacional de Porfirio Díaz, se desarrolló un nuevo interés
en los asuntos tarahumaras a nivel oficial. Después de un lapso de más
de un siglo, dos programas para cambiar las costumbres tarahumaras tomaron forma.
Por un lado la orden jesuita y por otro lado el gobierno estatal hicieron planes
para reducir el aislamiento de los indígenas y traerlos al interior de
la esfera de influencia cultural mexicana. Las actividades del estado se adelantaban
ligeramente a las de la iglesia. Durante los 1890's el gobernador de Chihuahua
planeó establecer seis escuelas entre los tarahumaras. En 1899 se estableció
una escuela en Tónachi; cuatro años después dos escuelas
se establecieron en Rochéachi. La influencia de, o la reacción
tarahumara a, estas escuelas no fue archivada. Pero está claro que representaban
una creciente preocupación en los más altos niveles del gobierno
sobre lo que ellos consideraban las impactantes condiciones de retraso de los
indígenas.
El avance de la frontera de poblados mexicanos al interior del territorio tarahumara había sido constante, particularmente en conexión con la minería. Se había construido un ferrocarril a la profundidad de la sierra conectando la ciudad de Chihuahua con Yepómera y se encontraba en expansión al sur, al vecindario de Sisoguichi. Esto trajo como resultado un conocimiento más profundo de la situación de los tarahumaras. En 1906, Enrique C. Creel, un banquero y economista que se había convertido en el gobernador del estado, dijo: Difícilmente pasa un mes, una semana, o un día sin que llegue a este gobierno una comisión de indígenas quejándose de la desposesión de sus pequeñas y deterioradas tierras... que están siendo ocupadas por la raza superior... y en la actualidad sólo son dueños de tierra de insignificante valor situada en el más alto de los picos o en el más profundo de los cañones. Así que el problema de estar siendo empujados fuera de sus tierras era central en las relaciones con los mexicanos desde el punto de vista de los indígenas, y tenían la esperanza de que un gobierno amigable pudiera ayudarles. El gobernador Creel reconoció el problema como básico, pero vio la situación en términos más amplios y desde el punto de vista particular de cambiar la vida indígena para acomodarse con la de los invasores colonos.
En 1906, el gobierno propuso una "Ley para el Mejoramiento y Cultivación de los Tarahumaras". Esta proponía el establecimiento en la capital de un buró para la protección de los intereses indígenas y para el establecimiento de comités en cada uno de los siete municipios donde la población tarahumara era más grande. El trabajo del buró era el de enfocarse en la ruptura y medición de las tierras comunes de las comunidades indígenas, congregando a los indígenas en ellas, distribuyendo semillas, construyendo escuelas, desarrollando el gobierno comunitario, y difundiendo "entre los indígenas sentimientos de amistad y gratitud hacia la raza blanca" para que ellos mandaran a sus hijos a la escuela. El punto de vista desde el que trabajaba el gobierno se indica en el siguiente comentario: "Es gratificante ver como esta raza, a quienes se les negó la ventaja por el peso de la ignorancia, comienza a emerger de su letargo de tantos siglos y toma los primeros pasos del camino a la civilización". Tal vez estaba expresando las esperanzas que tenía para una transformación de la vida tarahumara en conexión con la fundación de una "colonia" en Creel, un nuevo poblado en el extremo sur de la línea del ferrocarril cerca de Sisoguichi. Esta fue la creación de un poblado mixto de indígenas y mexicanos, una colonia de agricultura, en línea con el pensamiento original de levantar el estándar de la vida de los indígenas y acarreando con ello la asimilación cultural. La colonia de Creel debería consistir de setenta y cinco por ciento tarahumaras y veinticinco por ciento mexicanos, cada familia debería ocupar diez hectáreas de suelo. Para 1907 no se había alcanzado lo esperado. Consistía de treinta familias tarahumaras y veinticinco mexicanas, un total de 191 personas. Era sin embargo, el más concreto de los logros del gobierno de Creel a favor de los indígenas. Su ley para el mejoramiento de los indígenas permaneció en el papel y todos los otros planes fueron irrealizados cuando la Revolución comenzó en 1910. Mientras tanto, los jesuitas llevaron a cabo planes para reinstituir su trabajo entre los tarahumaras. En 1903 prepararon un catecismo en lenguaje tarahumara e hicieron preparativos para una mayor actividad. El siguiente año, el Instituto de las Siervas del Sagrado Corazón y de los Pobres estableció una casa para el cuidado de los huérfanos. En 1905, los jesuitas establecieron cuatro escuelas albergues en el área de sus últimos trabajos de misioneros cerca de un siglo y medio antes: en Sisoguichi, Nonoava, Tónachi, Carichí. Su trabajo, principalmente con huérfanos y otros niños, continuó con poca interrupción a través del periodo revolucionario.
El aumento de interés en los tarahumaras por parte de la iglesia y el estado en la renovación de los esfuerzos para cambiar a los indígenas continuó después de la Revolución de 1910. Los esfuerzos del gobierno mexicanos no fueron bien enfocados en los veinte años posteriores a la lucha armada, pero está claro que el interés estaba presente en la década de 1920. Las nuevas autoridades encargadas de la educación tenían la impresión de que los tarahumaras eran gente que sufrió grandes atrasos culturales como resultado de la crueldad de la conquista española, el ignorante punto de vista de los primeros misioneros, y la explotación sin control de los colonos españoles. Se pensó que su capacidad de civilización era igual a la de cualquier otro grupo indígena de los que conformaban la mayoría de la población de México. Estas autoridades consideraron que la solución al problema radicaba en traer a estos indígenas las ventajas de la cultura urbana de México y que la adoptaran voluntariamente; principalmente la escritura y los libros, prácticas médicas modernas, conocimiento moderno de la agricultura, formas en cooperativa de organización económica, y un sentido de participación ciudadana en la República Mexicana. Además se agregó el programa de Misión Cultural para los tarahumaras. Las misiones eran equipos de seis hombres y mujeres entrenados en especialidades como la agricultura, medicina y salud pública, enseñanza de escritura y lectura, administración de cooperativas, etc. Tres de estos equipos penetraron territorio tarahumara en 1926 y vivieron por un tiempo en Sisoguichi y otras dos comunidades tarahumaras. Dos misiones culturales más vinieron en 1937. Sus efectos nunca han sido evaluados con efectividad. En 1963 el Departamento Federal del Trabajo hizo un estudio de la base económica de la vida tarahumara. Estos esfuerzos afectaron a los mexicanos más que a los tarahumaras, y trajeron como resultado solamente la difusión de conocimientos entre los estilos de vida de los tarahumaras y los mexicanos de la misma región. Los nuevos contactos también les hicieron saber a las autoridades mexicanas acerca de la existente hostilidad entre los tarahumaras y los "chabochis" (el término con el cual los tarahumaras designaban a los colonos mexicanos asentados en su territorio). Por ejemplo, una junta en Creel en 1934, en la que representantes del gobierno federal se reunieron con los líderes de las comunidades tarahumaras (llamados "gobernadorcillos" por los mexicanos), quienes denunciaron una vez más el básico y nunca resuelto problema de la posesión de la tierra. Era la invasión a sus tierras lo que los "gobernadorcillos" vieron como el aspecto fundamental en sus relaciones con los "chabochis". En lugar de escuelas o una mejor salud, era esto lo que ellos proponían como el punto primario de discusión entre ellos y lo que parecía ser un gobierno respetable de sus intereses. Estaba claro que lo que los indígenas consideraban como lo más importante no coincidía con el punto de vista de los mexicanos. Para éstos últimos la educación era la principal preocupación. Lis líderes tarahumaras también veían la importancia de lo que se podía aprender en las escuelas pero para ellos el control de la tierra era básico. Los oficiales mexicanos también se dieron cuenta, como lo había hecho Creel, del significado del problema de la tierra pero su acercamiento puso un mayor énfasis en enseñar a los tarahumaras a comportarse como mexicanos para poder defenderse contra las invasiones de los "chabochis".
El programa mexicano pudo ser enfocado de manera apropiada en los últimos años de la administración de Lázaro Cárdenas. Se llevaron a cabo dos principales desarrollos. Por un lado el recientemente creado Departamento de Asuntos Indígenas estableció una escuela normal en Guachochi e inmediatamente después de establecieron cuatro escuelas albergues en la parte sur del territorio tarahumara. El énfasis en la educación por parte del gobierno federal en su acercamiento al problema indígena era claro. Este acercamiento contenía un nuevo elemento que indicaba la diferencia en el punto de vista de las escuelas rurales estatales y las federales que pasaban de doce desde la década de 1920. El nuevo programa demandaba la enseñanza de la escritura y la lectura en el lenguaje tarahumara, un esfuerzo que ni siquiera los jesuitas con su énfasis en el conocimiento de la lengua indígena habían podido llevar a cabo. No solamente se habían preparado diccionarios y estudios de gramática, como lengua escrita para jóvenes y viejos. Esto fue parte de un programa general federal para el establecimiento de las lenguas indígenas con un alfabeto propio.
Otro importante desarrollo que tomó forma del régimen de Cárdenas fue la inauguración de los Congresos Tarahumaras. Estas eran conferencias en territorio tarahumara diseñadas para reunir a los representantes indígenas y mexicanos para la discusión de problemas comunes y la formulación de programas para su solución. El primero se llevó a cabo en 1939, el segundo en 1942, el tercero en 1945. Todos tuvieron una gran audiencia y trajeron como resultado un mejor entendimiento entre los indígenas y los otros, pero muy poco se llevó a la práctica. Posiblemente el mejor resultado fue la estimulación de la participación de los tarahumaras en las presidencias municipales por cierto dominadas completamente por mexicanos. En 1939, por primera vez, dos representantes tarahumaras ocuparon lugares en el cabildo de Batopilas, un municipio en el cual los tarahumaras constituyen la mayoría de los residentes.
Con la fundación del Centro Coordinador del Instituto Nacional Indigenista en 1952 en Guachochi, un nuevo factor entró en juego entre las relaciones tarahumara-mexicanos. Enfocados en la estimulación de la organización social y económica de la comunidad y diseñado para enfrentar con efectividad los problemas de la invasión de terrenos y con el desarrollo económico del bosque y otros recursos que permanecían en manos de los tarahumaras, el Centro dio inicio a un nuevo acercamiento auspiciado por el gobierno. Aunque este nuevo acercamiento del gobierno enfatizó el entrenamiento técnico de los tarahumaras, estaba dirigido a algo más amplio que escuelas y educación formal. Intentó estimular a los indígenas maduros a readaptar la organización de su comunidad a las inescapables condiciones de la integración hacia el interior de la vida nacional.
La población tarahumara había aumentado, si es que podemos confiar en los censos y cálculos, de poco más de dieciocho mil al final del periodo colonial a treinta y cinco mil en 1930 y a cincuenta mil en 1950.
En general la fase mexicana de la historia tarahumara por el re-aislamiento de los indígenas. Los contactos organizados de la fase española fueron inesperadamente quebrantados. Al cesar la actividad del programa de misiones y de la conquista política española, dejaron en la frontera de los poblados españoles en la parte este de la Sierra Madre Occidental, a cerca de veinte mil indígenas cuya orientación era agudamente antagónica hacia los europeos. Lo que habían aprendido y aceptado de los españoles -animales domésticos, árboles frutales, elementos de organización urbana y militar, un calendario ceremonial adicional, nuevos conceptos de poder sobrenatural- lo conservaron y procedieron por varias generaciones a remoldear y adaptar estas nuevas creaciones dentro de las propias. Ya desasociados de las organizadas presiones para cambiar durante el periodo español, la mayoría de los tarahumaras cambiaron considerablemente durante el siguiente siglo en sus aisladas rancherías. Como resultado de las nuevas redes de comunicaciones y de relaciones que las fiestas de la iglesia y los intentos contra la resistencia a los españoles que se habían estimulado entre ellos, había probablemente un nuevo nivel de integración de vida tarahumara. Sin embargo, durante el siglo XIX los mexicanos conocían tan superficialmente a los tarahumaras que probablemente nunca sabremos mucho acerca de los nuevos lineamientos, los conflictos y cooperaciones de liderazgo, y las crisis internas en la vida tarahumara durante esta fase.
La naturaleza del contacto cambió del controlado centralmente programa español al intermitente contacto a nivel individual entre el colono mexicano y el indígena. Poco después de la retirada de los jesuitas, el territorio tarahumara se encontraba sin mineros ni colonos. Estos no tenían un plan concertado. Se mudaron al interior del territorio tarahumara y de adaptaron lo mejor que pudieron. Aunque los colonos masculinos frecuentemente tomaron esposas indígenas, un gran abismo creció y fue fijado entre ambos grupos. En general, las relaciones eran sin cooperación y en general el avance de los mexicanos mantuvo de una manera u otra la dominación sobre los indígenas. Era la vieja historia del avance europeo en el siglo XIX; guerra de fronteras a pequeña escala y la creación de odio entre los nativos subordinados.
Un siglo después, cuando los contactos centrales y organizados fueron renovados, les faltaba la unidad del programa español. Parecían estar en competencia y sus defensores así lo dijeron durante una hambruna en el territorio tarahumara en la década de 1950. El interés mexicano en los tarahumaras tomó forma en un programa estatal para la educación con escuelas rurales nacionales con una orientación "socialista", un programa de entrenamiento y educación para maestros del Departamento de Asuntos Indígenas, el programa del Instituto Nacional Indigenista, y el programa jesuita. En el tiempo que éstos estuvieron bien establecidos habían pasado por una serie de metamórfosis como resultado el choque entre la iglesia y el estado, incertidumbre en la educación indígena por parte del gobierno antes y después de la Revolución de 1910, variando el énfasis antes y después de la administración de Cárdenas, etc. En breve, hubo una serie de falsos inicios que desembocaron en la discontinuidad y para 1960 había una gran variedad de aquellos programas que estaban establecidos. En esto había un gran contraste con el periodo español y había una reflexión expectativa en toda la heterogeneidad de la civilización mexicana.
Los misioneros del siglo XVII habían sido trabajadores entusiastas en
el remplazo de conceptos y prácticas religiosas y en el mejoramiento
de la agricultura. Los trabajadores del gobierno de la educación secular
en la década de 1950, ya fueran del Departamento de Asuntos Indígenas
o del Instituto Nacional Indigenista, eran tan dedicados como lo fueron los
primeros o los últimos jesuitas. El valor de la ciencia, la democracia
política, el nacionalismo, y la organización política de
cooperativas dominó las clases en la enseñanza. Corriendo a través
de la variedad de organizaciones y actividades, había un dominante tema
de progreso a través de las escuelas, pero tanto en la organización
como en las actividades había la fe común en el maestro profesional
del exterior de la familia impartiendo la llave de la educación para
la participación en la vasta miscelánea de la palabra escrita.